Mi problema no fue dejar los festejos encargados a mi esposa y a gente de mi confianza de la oficina, sino el encontrar un vuelo de regreso. Quería llegar lo más pronto posible... Y tuve la fortuna de lograrlo. Si bien no llegué en 10 minutos, pude llegar a velarlo. La odisea empezó en el aeropuerto en Los Angeles, tomar el avión, llegar a la ciudad de México, avisar por celular que ya había llegado (el roaming no era tan eficiente como ahora, pero mi teléfono de Estados Unidos sirvió lo suficiente antes de que se acabara la batería, y yo no había llevado el cargador por la prisa de salir), tomar el metro y llegar a casa, para ser recibido por el féretro de mi padre en la sala-comedor de la casa. Mamá había decidido que se velara en casa. Fue una tarde-noche larga y pesada... pero pude despedirme de mi padre.
Hay decenas de historias parecidas en este gremio, pero sin ese final afortunado... por vivir al otro lado del mundo o por no haber facilidad de vuelos, muchas veces llegaban dos o tres días después, meramente a recibir los pésames y conservando el dolor en el alma de no haber podido llegar a tiempo para el último adiós.
El regreso a la Patria también tiene sus bemoles.
Ya dijimos que es parte del ciclo de trabajar para el Servicio Exterior, que es una etapa que tiene que cubrirse en este nómada oficio, y que también es el momento en que uno tiene que lidiar con todo aquello que se busca evitar al vivir fuera. Ni modo... gajes de oficio.
Sin embargo, también permite que uno pueda cerrar sus círculos personales.
Cuando regresé a la Patria hace dos años y medio, de alguna manera me hice a la idea de que sería la época para enterrar a mis ancestros: mi madre y el padre de mi esposa. Y esa cierta premonición se cumplió: en 2012, mi suegro falleció y mi madre el 27 de diciembre de 2013.
La partida de mi suegro fue relativamente rápida (una semana desde su ingreso al hospital). En el caso de mi madre fueron 4 meses de intensos tratamientos, largas estadías en hospital, descubrir dolencias ocultas y ver como una mujer que desarrollaba una vida activa, con muchas amistades a su alrededor y con proyectos para el futuro, como poco a poco empezó a decaer hasta verla partir adormecida por la debilidad y con un suspiro como despedida.
El cáncer fue el malhechor que cobró la vida de mi madre, el enemigo que nunca se manifestó como tal y que usó un engaño para manifestar su presencia: lo que parecía un infarto cerebral, una embolia, en realidad resultó ser una metástasis de un cáncer en el pulmón, que nunca dió señales de estar ahí. Se le descubrió de una manera meramente casual: mi madre había tendio una bronquitis que le había durado varias semanas hacía poco, y cuando estaba en el hospital para lo que pensábamos era la embolia, tuvo un poco de tos... eso llamó la atención de los médicos, que ampliaron los estudios que le practicaban a mamá a su tórax... dejando ver una formación extraña en su pulmón izquierdo, lo que obligó a hacerle una biopsia. El resultado fue demoledor: cáncer. Eso obligó a revisar el primer diagnóstico en el cerebro y todos los estudios realizados, mostrando que era una metástasis que había generado un derrame, y no un infarto cerebral que había tenido un cuágulo... a causa de lo del pulmón...
De septeimbre que la internamos por primera vez, hasta diciembre en que falleció, mamá tuvo momentos de mejoría esperanzadora y de cirsis que hacían esperar lo peor. Se defendió con toda su capacidad y demostró que hacía honor a su apellido: Acero, era una mujer de fortaleza de acero y que hizo que luchara conrta los efectos del cáncer de manera singular. Lamentablemente, hasta el acero tiene un punto de quiebre, y mi madre encontró ese punto la noche del 27 de diciembre en que, adormecida por la debilidad que le había ocasionado la enfermedad, simplemente dejó de respirar, dió un leve suspiro y supimos que ya había dejado de estar con nosotros. Su partida fue pacífica, sin dolor ni sufrimiento. Eso nos resultó una bendición, dentro de lo doloroso de perderla.
Doy gracias porque mi ciclo en el Servicio Exterior permitió que pudiera cerrar este círculo al poder estar con mi madre al momento de dar su último suspiro y poder acompañarla para que sus amistades le pudieran dar una despedida como ella la hubiera deserado: rodeada de las personas que la habían querido a lo largo de muchas décadas, y con las que había desarrollado profundos lazos de amistad, en las buenas y en las malas. Mamá tivo la fortuna de ver a sus generaciones unidas: sus hijos y sus nietos pudieron acompañarla hasta el final, y pudo disfrutarlos con alegría.
Una compañía que me hará recordar mis raíces cuando las vea desde el exterior.
