Cuando uno ha vivido en el exterior, se aprende a llegar a un lugar nuevo con la mente abierta y la mejor intención de que sea un buen lugar.
Muchos de ustedes saben que mi ciclo en Canadá terminó en marzo de 2021. Fue un regreso difícil y representó un momento de pausa y reflexión sobre muchas cosas de mi vida. Fue un regreso accidentado, forzándonos, a Delia y a mí, a regresar en diferentes tiempos, un poco como fue nuestra salida para allá seis años antes. Fue un regreso desordenado, caótico, con la incertidumbre del futuro incierto.
Pero sobrevivimos.
En el camino nos tocó ver partir a Rebeca y Diego de regreso a Windsor para terminar sus estudios y, tal vez, encontrar su camino en la vida, en un ambiente que consideramos más familiar para ellos que el que habría sido en México. La experiencia de 2011 a 2015 nos mostró que los chicos no tenían la conexión necesaria para vivir en nuestro país. En buena medida es culpa de los padres por no haber creado ese vínculo, pero con abuelos ya de edad avanzada o fallecidos, sin familia lateral que pudiera recibirlos y haberlos hecho más parte del entorno, resulta difícil crear esos vínculos, y esos años fueron difíciles para ellos por ser "los gringuitos" por no perder el acento del idioma inglés que han hablado toda su vida, y con el que se han desenvuelto desde que nacieron. Si bien tuvieron un ambiente seguro en casa, fuera de ella no siempre salían las cosas de la mejor manera. Al final pudieron hallar su modo y lograron amigos, pero con poco arraigo. Al irnos a Canadá, esos vínculos se fueron desvaneciendo a medida que nuevos amigos aparecieron en sus vidas. Los que dejamos atrás...
Y quedamos Delia y yo solos, como al principio de nuestra vida juntos.
Y emprendimos la vida de volver a ser sólo dos en la familia. Claro, con la magia de WhatsApp teníamos, y tenemos, contacto con los chicos (ahora ya no tan chicos). Las videollamadas han sido un bálsamo para la distancia. Verlos como iban evolucionando en su nueva vida, transformándose de adolescentes a jóvenes adultos, dueños de sus vidas, sus decisiones y su futuro.
En el trabajo, fue regresar a la realidad de que no siempre se es jefe y que, en algún momento, uno vuelve a ser uno de la tropa. Y que la experiencia anterior es algo bonito para el expediente, pero no es una regla que uno siga haciendo siempre lo mismo. Y fue que pasé a ser "apoyo" a una Dirección General en temas de organismos de América Latina. Considerando que mi experiencia en la región o en temas multilaterales era francamente inexistente, fue aterrizar en terra incognita. Lo que hizo que ese aterrizaje fuera relativamente suave fue que el equipo en el área era amable y respetuoso ("Sí, Ministro. No, Ministro. Un favor, Ministro…"; eso del rango a veces viene con algunos beneficios) y creaba un ambiente de trabajo muy agradable. Me fueron llevando en el proceso de aprendizaje y, además de participar en reuniones entre los estados miembros de un organismo en particular al que me asignaron para darle seguimiento, me hicieron empezar a entender una dinámica nueva y diferente para mí, ajena a los 30 años de cónsul que he tenido en mi carrera.
Ser moderador de una reunión de un comité de redacción lo hace más bien un réferi en una discusión que abarca desde temas de fondo ideológico o político hasta puntos y comas del texto. Y uno respetuoso pero con ganas de darles un par de buenos gritos para aplacarlos como a niños chiquitos... Y no falta el participante (o el país) que siempre pone un obstáculo al buen avance de la negociación.
Pero ese aprendizaje también fue conocer los países, sus gobiernos, perfiles políticos, puntos de vista ideológicos y problemáticas regionales, entre otros temas. Y encontrar una región compleja, con diferencias profundas en diversos temas pero unidos por la geografía, un poco por la historia, y por la necesidad de sobrevivir juntos en un entorno geopolítico global complejo, en donde no son tomados en serio, más allá de ser destino de cruceros, productores de café o frutas tropicales, destinos paradisíacos del turismo, algún beneficio estratégico o, simplemente, porque son votos en organismos globales, los que obtienen a cambio de algo de inversión para el desarrollo, algún voto importante en algún foro, ser parte de un esquema de defensa regional, o algún otro token of appreciation.
Y estuve en esta dinámica durante cuatro años.
Disfrutaba mi trabajo. Es un hecho. Y el ambiente en la oficina, como mencioné arriba, era cordial y agradable. Tuve buena aceptación por los que ya tenían mucho tiempo en el área y eran buenos colaboradores, con buen ánimo para compartir sus conocimientos, experiencia, contactos y todo lo que ayudara a hacer bien el trabajo. A veces no lograba lo que el Director General esperaba que hiciera, en parte, por cierto descuido de mi parte (debo admitirlo), y otras, por no tener esa sensibilidad a los temas de la región, que era más bien una falla por falta de la experiencia que todos, o casi todos, tenían ya por mucho tiempo.
Llegado el momento, decidí pedir mi salida. Considerando que sería posiblemente mi último traslado en servicio activo y que ya había cumplido los cuatro años que comúnmente se consideran idóneos para un regreso a México, vi que podría ser considerado para un traslado. Aspiraba a ser Jefe de Cancillería o Cónsul Adscrito (digamos, el segundo de a bordo en una embajada o en un consulado). Estaba claro que una titularidad sería más difícil de lograr por las circunstancias en otros niveles donde se toman ese tipo de decisiones. Así lo hice saber a mi Director General y a la Comisión encargada de estos temas del Servicio Exterior. Lo que quedaba era esperar.
Y calculaba que sería hasta 2026 cuando pudiera aspirar a un traslado. No había habido movimientos significativos por casi dos años, así que, lógicamente, al no ser yo un cambio urgente ni que alguien hubiera pedido mi apoyo, estaría en un lugar de los últimos en los turnos de traslado. Esto fue en julio de 2025.
En agosto, el Director General me llamó a su oficina y me hizo una oferta que no esperaba: ir a Guatemala como Jefe de la Sección Consular. Si bien no era en una región que conociera (lo que aprendí en esa área no me daba un conocimiento más profundo de los países de Centroamérica), sí era volver a mi zona natural, que es lo consular. Luego de una rápida pero indispensable consulta con Delia, acepté. Y era esperar de nuevo, ya que debían completarse todas las formalidades del caso.
El 19 de septiembre, viernes, de descanso en Morelos, revisé el correo en el teléfono y, entre los avisos de rutina de la oficina, llegó un mensaje del área de Servicio Exterior, notificándome de mi traslado, por necesidades del servicio, a la Embajada de México en Guatemala, donde fungiría como Jefe de la Sección Consular. Naturalmente, se me heló la sangre en las venas… ¡Ya nos vamos!!!
El 22 de septiembre, lunes, se completó la notificación formal de mi traslado a Guatemala. Y empezó a correr la cuenta regresiva para llegar. Tenía los sesenta días que da la ley y la orden de traslado para llegar, reportarme y tomar posesión del puesto. Y pensaba aprovechar al máximo ese plazo. Sin embargo, al hacerme ver que la nómina del exterior se cierra el día 5 del mes anterior, o sea, que la nómina de diciembre se cierra el 5 de noviembre, me vi en la urgente necesidad de adelantar mi salida, o no recibiría salario sino hasta enero y, si bien se nos da un equivalente a un mes de sueldo a la llegada, no es suficiente para sobrevivir dos meses pagando la renta, el teléfono y la luz (como diría Chava Flores). Y fue sacar pasaportes. Y fue ver lo que nos llevaríamos de menaje. Y fue ver a dónde llegar los primeros días (o semanas)... Las prisas de otros traslados, pero que siempre pasan y se viven como si fuera la primera vez.
Luego, este noble escritor quería llevarse su coche. Un flamante Nissan Versa 2022, sacado de agencia, con rayoncitos y cositas pequeñas, y al que en esos días le robaron los tapones de las llantas afuera de su casa... Pero que podría tener refacciones y servicio en Guatemala. Pero al momento de ver si podría llevarlo en el menaje, el experto de la empresa de mudanzas nos hizo ver que, en el contenedor que teníamos asigando, sólo quedaban como treinta centímetros de espacio entre el frente del coche y la pared del contenedor, y en ese espacio se podría poner lo que cupiera, pero nada arriba, ni abajo, ni dentro del coche. Resultado: vendí el coche.
Y Ágatha...
La decisión inamovible era llevarla con nosotros. Pero no olvidemos que es una perrita de 14 años, que en años perrunos son bastantes, prácticamente de la tercera edad. El veterinario nos dio luz verde para llevarla, y fue recuperar su transportadora, o su departamento, como siempre le he dado en decir. Actualizarle las vacunas y prepararla para el viaje. Y aquí otra peripecia de esta emocionante aventura.
Cuando se estaba abordando el tema de los pasajes, se nos propuso una ruta que, en mi opinión, era absurda: México-Panamá-Guatemala, con ocho horas de viaje. Además de que no se cumple el mandato de la ley de que la ruta sea la más directa, Ágatha no habría soportado un viaje así. Lo expliqué en esos términos y, al parecer, lo entendieron, ya que los pasajes que finalmente se nos asignaron fueron por la ruta más directa y lógica: México-Guatemala, sin escalas y con 1:40 horas de vuelo, muy acepatable en todos los términos.
La idea de no desmontar casa una vez más fue una decisión tomada desde antes del traslado a Guatemala. Ya estaba armada en nuestro departamento en Morelos, donde se fue a almacenar el menaje desde nuestro regreso de Canadá. Ha sido un proceso lento de desempaque, en el que nos dimos cuenta de que muchas cosas se perdieron, luego de catorce meses de congelamiento en aduana por no haber empresa que lo rescatara de ahí, donde estuvo retenido. Una historia muy compleja que dejo para otro día. De lo perdido, lo salvado. Con lo que se tuvo, se empezó a crear un espacio lindo y habitable para disfrutarlo cuando estuviéramos de visita en México. No había necesidad de desbaratarlo. Además, varios de los muebles que conseguimos desde China estaban sufriendo daños por las mudanzas a lo largo de más de veinte años. Resultado: sólo llevaríamos algunos muebles de la casa de los papás de Delia y otros enseres de cocina, libros, la cama de Diego, que estaba desarmada, ropa y mi modelismo (jejeje). Aparte, nos sirvió para rescatar cosas que teníamos desde antes de salir a China y que nos podrían ser de ayuda. Ya decidido, el empaque de este menaje reducido se hizo a fines de octubre, menos de una semana antes del despegue.
Y volamos a Guatemala.
Llegamos a un lugar de clima agradable, gente muy amable y atenta (es frecuente que lo saluden a uno en la calle o en tiendas y otros lugares), y que promete ser lindo y una experiencia interesante. Contrasta con la Ciudad de México al ser mucho más pequeña, menos infraestructura, y un marcado contraste entre lugares muy sofisticados y partes derruídas de la ciudad. Es un lugar que ha crecido y se ha desarrolado de forma desigual y poco planeada, pero que los guatemaltecos, o chapines como se dicen gustosamente, han sabido domar.
Lo que todo el mundo resiente es el tráfico. Un tráfico que puede hacer qu un trayecto de diez minutos se convierta en uno de una hora o más. Calles estrechas, pocos semáforos, y un parque vehicular superior a la capacidad del diseño urbano hacen de esta noble ciudad un lugar complicado para manejar. El servicio de Uber (no es inserción pagada, ni mucho menos) se vuelve la opción más viable para transportarse de un lugar a otro sin el problema de tener un coche. Aunque el planear paseos a los alrededores o a otras regiones el país, de las que nos han hablado maravillas, y que se ven preciosas en los videos de gente viviendo acá o por YouTubers que guían a quienes llegan, o llegamos, a estas tierras, hacen que el tener vehiculo propio se vuelva algo en que pensar muy seriamente.
Por diversas trabas administrativas en México y acá, se demoró nuestra salida del rB&B en que nos hospedamos a la llegada, y luego la llegada del menaje, que seguimos esperando. Pero ya tenemos un apartamento dónde vivir que, aunque está casi vacío, es muy agradable, cerca de plazas y centros comerciales para cubrir las necesidades generales y los gustitos, y cerca de la oficina, a la que me puedo ir caminando, con lo que ahorro en transporte, y aseguro el tiempo de trayecto, aparte del ejercicio y que me gusta caminar.
Guatemala, como cualquier lugar de la Tierra, no es perfecto, pero todo el mundo con quien platiqué antes de salir de México, ha coincidido que es un buen lugar para vivir, una experiencia interesante, y una plaza para disfrutar los años que me quede por acá. Hay quienes piensan que es Tercer Mundo, que es un lugar subdesarrollado con carencias y adversidades para vivir. Que es un sitio en que se va a sufrir la falta de cosas. Si bien es cierto que este país es de los más desarrollados de Centroamérica, todavía tiene camino por recorrer para llegar al desarrollo que tiene México. Produce poco, el plátano es de sus principales exportaciones, su industria está todavía en evolución, pero con aspiraciones. Sus impotaciones ocupan gran parte de su economía. Pero es un lugar en el que se puede vivir a gusto. La ciencia no es comparar, sino aprovechar lo que nos ofrece a los que recién llegamos, y que estamos encontrando nuestra ruta en esta ciudad, y este país, de marimbas, herencia maya de la que se enorgullecen, chuchitos (que son un tipo de tamales), túmulos (que son topes en las calles), pinchazos (que son vulcanizadoras donde reparan llantas), y tantas cosas que le dan sabor a este país, puerta de bienvenida a Centroamérica.
Paseando por la calle, encontré este letrero afuera de un restaurante:































