04 enero, 2026

Guate no es mala

Cuando uno ha vivido en el exterior, se aprende a llegar a un lugar nuevo con la mente abierta y la mejor intención de que sea un buen lugar.

Muchos de ustedes saben que mi ciclo en Canadá terminó en marzo de 2021. Fue un regreso difícil y representó un momento de pausa y reflexión sobre muchas cosas de mi vida. Fue un regreso accidentado, forzándonos, a Delia y a mí, a regresar en diferentes tiempos, un poco como fue nuestra salida para allá seis años antes. Fue un regreso desordenado, caótico, con la incertidumbre del futuro incierto.

Pero sobrevivimos.

En el camino nos tocó ver partir a Rebeca y Diego de regreso a Windsor para terminar sus estudios y, tal vez, encontrar su camino en la vida, en un ambiente que consideramos más familiar para ellos que el que habría sido en México. La experiencia de 2011 a 2015 nos mostró que los chicos no tenían la conexión necesaria para vivir en nuestro país. En buena medida es culpa de los padres por no haber creado ese vínculo, pero con abuelos ya de edad avanzada o fallecidos, sin familia lateral que pudiera recibirlos y haberlos hecho más parte del entorno, resulta difícil crear esos vínculos, y esos años fueron difíciles para ellos por ser "los gringuitos" por no perder el acento del idioma inglés que han hablado toda su vida, y con el que se han desenvuelto desde que nacieron. Si bien tuvieron un ambiente seguro en casa, fuera de ella no siempre salían las cosas de la mejor manera. Al final pudieron hallar su modo y lograron amigos, pero con poco arraigo. Al irnos a Canadá, esos vínculos se fueron desvaneciendo a medida que nuevos amigos aparecieron en sus vidas. Los que dejamos atrás...

Y quedamos Delia y yo solos, como al principio de nuestra vida juntos.

Y emprendimos la vida de volver a ser sólo dos en la familia. Claro, con la magia de WhatsApp teníamos, y tenemos, contacto con los chicos (ahora ya no tan chicos). Las videollamadas han sido un bálsamo para la distancia. Verlos como iban evolucionando en su nueva vida, transformándose de adolescentes a jóvenes adultos, dueños de sus vidas, sus decisiones y su futuro.

En el trabajo, fue regresar a la realidad de que no siempre se es jefe y que, en algún momento, uno vuelve a ser uno de la tropa. Y que la experiencia anterior es algo bonito para el expediente, pero no es una regla que uno siga haciendo siempre lo mismo. Y fue que pasé a ser "apoyo" a una Dirección General en temas de organismos de América Latina. Considerando que mi experiencia en la región o en temas multilaterales era francamente inexistente, fue aterrizar en terra incognitaLo que hizo que ese aterrizaje fuera relativamente suave fue que el equipo en el área era amable y respetuoso ("Sí, Ministro. No, Ministro. Un favor, Ministro…"; eso del rango a veces viene con algunos beneficios) y creaba un ambiente de trabajo muy agradable. Me fueron llevando en el proceso de aprendizaje y, además de participar en reuniones entre los estados miembros de un organismo en particular al que me asignaron para darle seguimiento, me hicieron empezar a entender una dinámica nueva y diferente para mí, ajena a los 30 años de cónsul que he tenido en mi carrera.

Ser moderador de una reunión de un comité de redacción lo hace más bien un réferi en una discusión que abarca desde temas de fondo ideológico o político hasta puntos y comas del texto. Y uno respetuoso pero con ganas de darles un par de buenos gritos para aplacarlos como a niños chiquitos... Y no falta el participante (o el país) que siempre pone un obstáculo al buen avance de la negociación. 

Pero ese aprendizaje también fue conocer los países, sus gobiernos, perfiles políticos, puntos de vista ideológicos y problemáticas regionales, entre otros temas. Y encontrar una región compleja, con diferencias profundas en diversos temas pero unidos por la geografía, un poco por la historia, y por la necesidad de sobrevivir juntos en un entorno geopolítico global complejo, en donde no son tomados en serio, más allá de ser destino de cruceros, productores de café o frutas tropicales, destinos paradisíacos del turismo, algún beneficio estratégico o, simplemente, porque son votos en organismos globales, los que obtienen a cambio de algo de inversión para el desarrollo, algún voto importante en algún foro, ser parte de un esquema de defensa regional, o algún otro token of appreciation.

Y estuve en esta dinámica durante cuatro años. 

Disfrutaba mi trabajo. Es un hecho. Y el ambiente en la oficina, como mencioné arriba, era cordial y agradable. Tuve buena aceptación por los que ya tenían mucho tiempo en el área y eran buenos colaboradores, con buen ánimo para compartir sus conocimientos, experiencia, contactos y todo lo que ayudara a hacer bien el trabajo. A veces no lograba lo que el Director General esperaba que hiciera, en parte, por cierto descuido de mi parte (debo admitirlo), y otras, por no tener esa sensibilidad a los temas de la región, que era más bien una falla por falta de la experiencia que todos, o casi todos, tenían ya por mucho tiempo.

Llegado el momento, decidí pedir mi salida. Considerando que sería posiblemente mi último traslado en servicio activo y que ya había cumplido los cuatro años que comúnmente se consideran idóneos para un regreso a México, vi que podría ser considerado para un traslado. Aspiraba a ser Jefe de Cancillería o Cónsul Adscrito (digamos, el segundo de a bordo en una embajada o en un consulado). Estaba claro que una titularidad sería más difícil de lograr por las circunstancias en otros niveles donde se toman ese tipo de decisiones. Así lo hice saber a mi Director General y a la Comisión encargada de estos temas del Servicio Exterior. Lo que quedaba era esperar.

Y calculaba que sería hasta 2026 cuando pudiera aspirar a un traslado. No había habido movimientos  significativos por casi dos años, así que, lógicamente, al no ser yo un cambio urgente ni que alguien hubiera pedido mi apoyo, estaría en un lugar de los últimos en los turnos de traslado. Esto fue en julio de 2025.

En agosto, el Director General me llamó a su oficina y me hizo una oferta que no esperaba: ir a Guatemala como Jefe de la Sección Consular. Si bien no era en una región que conociera (lo que aprendí en esa área no me daba un conocimiento más profundo de los países de Centroamérica), sí era volver a mi zona natural, que es lo consular. Luego de una rápida pero indispensable consulta con Delia, acepté. Y era esperar de nuevo, ya que debían completarse todas las formalidades del caso.

El 19 de septiembre, viernes, de descanso en Morelos, revisé el correo en el teléfono y, entre los avisos de rutina de la oficina, llegó un mensaje del área de Servicio Exterior, notificándome de mi traslado, por necesidades del servicio, a la Embajada de México en Guatemala, donde fungiría como Jefe de la Sección Consular. Naturalmente, se me heló la sangre en las venas… ¡Ya nos vamos!!!

El 22 de septiembre, lunes, se completó la notificación formal de mi traslado a Guatemala. Y empezó a correr la cuenta regresiva para llegar. Tenía los sesenta días que da la ley y la orden de traslado para llegar, reportarme y tomar posesión del puesto. Y pensaba aprovechar al máximo ese plazo. Sin embargo, al hacerme ver que la nómina del exterior se cierra el día 5 del mes anterior, o sea, que la nómina de diciembre se cierra el 5 de noviembre, me vi en la urgente necesidad de adelantar mi salida, o no recibiría salario sino hasta enero y, si bien se nos da un equivalente a un mes de sueldo a la llegada, no es suficiente para sobrevivir dos meses pagando la renta, el teléfono y la luz (como diría Chava Flores). Y fue sacar pasaportes. Y fue ver lo que nos llevaríamos de menaje. Y fue ver a dónde llegar los primeros días (o semanas)... Las prisas de otros traslados, pero que siempre pasan y se viven como si fuera la primera vez.

Luego, este noble escritor quería llevarse su coche. Un flamante Nissan Versa 2022, sacado de agencia, con rayoncitos y cositas pequeñas, y al que en esos días le robaron los tapones de las llantas afuera de su casa... Pero que podría tener refacciones y servicio en Guatemala. Pero al momento de ver si podría llevarlo en el menaje, el experto de la empresa de mudanzas nos hizo ver que, en el contenedor que teníamos asigando, sólo quedaban como treinta centímetros de espacio entre el frente del coche y la pared del contenedor, y en ese espacio se podría poner lo que cupiera, pero nada arriba, ni abajo, ni dentro del coche. Resultado: vendí el coche.

Y Ágatha...

La decisión inamovible era llevarla con nosotros. Pero no olvidemos que es una perrita de 14 años, que en años perrunos son bastantes, prácticamente de la tercera edad. El veterinario nos dio luz verde para llevarla, y fue recuperar su transportadora, o su departamento, como siempre le he dado en decir. Actualizarle las vacunas y prepararla para el viaje. Y aquí otra peripecia de esta emocionante aventura.

Cuando se estaba abordando el tema de los pasajes, se nos propuso una ruta que, en mi opinión, era absurda: México-Panamá-Guatemala, con ocho horas de viaje. Además de que no se cumple el mandato de la ley de que la ruta sea la más directa, Ágatha no habría soportado un viaje así. Lo expliqué en esos términos y, al parecer, lo entendieron, ya que los pasajes que finalmente se nos asignaron fueron por la ruta más directa y lógica: México-Guatemala, sin escalas y con 1:40 horas de vuelo, muy acepatable en todos los términos.

La idea de no desmontar casa una vez más fue una decisión tomada desde antes del traslado a Guatemala. Ya estaba armada en nuestro departamento en Morelos, donde se fue a almacenar el menaje desde nuestro regreso de Canadá. Ha sido un proceso lento de desempaque, en el que nos dimos cuenta de que muchas cosas se perdieron, luego de catorce meses de congelamiento en aduana por no haber empresa que lo rescatara de ahí, donde estuvo retenido. Una historia muy compleja que dejo para otro día. De lo perdido, lo salvado. Con lo que se tuvo, se empezó a crear un espacio lindo y habitable para disfrutarlo cuando estuviéramos de visita en México. No había necesidad de desbaratarlo. Además, varios de los muebles que conseguimos desde China estaban sufriendo daños por las mudanzas a lo largo de más de veinte años. Resultado: sólo llevaríamos algunos muebles de la casa de los papás de Delia y otros enseres de cocina, libros, la cama de Diego, que estaba desarmada, ropa y mi modelismo (jejeje). Aparte, nos sirvió para rescatar cosas que teníamos desde antes de salir a China y que nos podrían ser de ayuda. Ya decidido, el empaque de este menaje reducido se hizo a fines de octubre, menos de una semana antes del despegue.

Y volamos a Guatemala.

Llegamos a un lugar de clima agradable, gente muy amable y atenta (es frecuente que lo saluden a uno en la calle o en tiendas y otros lugares), y que promete ser lindo y una experiencia interesante. Contrasta con la Ciudad de México al ser mucho más pequeña, menos infraestructura, y un marcado contraste entre lugares muy sofisticados y partes derruídas de la ciudad. Es un lugar que ha crecido y se ha desarrolado de forma desigual y poco planeada, pero que los guatemaltecos, o chapines como se dicen gustosamente, han sabido domar.

Lo que todo el mundo resiente es el tráfico. Un tráfico que puede hacer qu un trayecto de diez minutos se convierta en uno de una hora o más. Calles estrechas, pocos semáforos, y un parque vehicular superior a la capacidad del diseño urbano hacen de esta noble ciudad un lugar complicado para manejar. El servicio de Uber (no es inserción pagada, ni mucho menos) se vuelve la opción más viable para transportarse de un lugar a otro sin el problema de tener un coche. Aunque el planear paseos a los alrededores o a otras regiones el país, de las que nos han hablado maravillas, y que se ven preciosas en los videos de gente viviendo acá o por YouTubers que guían a quienes llegan, o llegamos, a estas tierras, hacen que el tener vehiculo propio se vuelva algo en que pensar muy seriamente.

Por diversas trabas administrativas en México y acá, se demoró nuestra salida del rB&B en que nos hospedamos a la llegada, y luego la llegada del menaje, que seguimos esperando. Pero ya tenemos un apartamento dónde vivir que, aunque está casi vacío, es muy agradable, cerca de plazas y centros comerciales para cubrir las necesidades generales y los gustitos, y cerca de la oficina, a la que me puedo ir caminando, con lo que ahorro en transporte, y aseguro el tiempo de trayecto, aparte del ejercicio y  que me gusta caminar.

Guatemala, como cualquier lugar de la Tierra, no es perfecto, pero todo el mundo con quien platiqué antes de salir de México, ha coincidido que es un buen lugar para vivir, una experiencia interesante, y una plaza para disfrutar los años que me quede por acá. Hay quienes piensan que es Tercer Mundo, que es un lugar subdesarrollado con carencias y adversidades para vivir. Que es un sitio en que se va a sufrir la falta de cosas. Si bien es cierto que este país es de los más desarrollados de Centroamérica, todavía tiene camino por recorrer para llegar al desarrollo que tiene México. Produce poco, el plátano es de sus principales exportaciones, su industria está todavía en evolución, pero con aspiraciones. Sus impotaciones ocupan gran parte de su economía. Pero es un lugar en el que se puede vivir a gusto. La ciencia no es comparar, sino aprovechar lo que nos ofrece a los que recién llegamos, y que estamos encontrando nuestra ruta en esta ciudad, y este país, de marimbas, herencia maya de la que se enorgullecen, chuchitos (que son un tipo de tamales), túmulos (que son topes en las calles), pinchazos (que son vulcanizadoras donde reparan llantas), y tantas cosas que le dan sabor a este país, puerta de bienvenida a Centroamérica.

Paseando por la calle, encontré este letrero afuera de un restaurante:


Guatemala está muy influenciada por la cultura de Estados Unidos, de ahí su uso diverso del inglés en comercios y publicidad. Pero lo que me gustó de este letrero es que Guatemala, o Guate como le dicen cariñosamente los guatemaltecos, no es mala. Este juego de palabras me resulta, a la vez, divertido pero muy significativo del deseo de que a este país no se le vea por su defectos o carencias, sino como un lugar generoso y hospitalario para recibir a gente, como nosotros, que vienen a comenzar un nuevo capítulo en sus vidas

Guate no es mala.

Y nos toca confirmarlo, ahora que hemos regresado al exterior.

 

 



04 agosto, 2025

Pieza por pieza

Dedicado, con mucho afecto, a los extraordinarios modelistas de IPMS México, quienes conservan y perpetúan el hermoso pasatiempo del modelismo estático en mi país.


Cuando uno ha vivido en el exterior, encuentra uno el modo de recuperar los placeres sencillos que lo han acompañado a uno a lo largo de su vida.

Todos tenemos pasatiempos. Leer, visitar museos, escribir (como aquí podrán observar), tomar fotos, entre otros. 

Y coleccionar.

Hay quienes coleccionan monedas, otros millones de ellas (y me encantaría que me compartieran algunos de esos millones de monedas que les pudieran estorbar...). Hay quienes juntan automóviles, como el animador de televisión estadounidense Jay Leno, que tiene coches de diferentes épocas, marcas, tipos, algunos muy raros o ejemplares únicos. Se le puede ver en YouTube presentando algunos de sus vehículos, o entrevistando a quienes tienen autos únicos, pero no de su colección. Good sport, dirían en inglés, por no cerrarse solo a su invaluable y amplia colección, sino que da espacio para que su público conozca otros coches raros y únicos que él no posee.

Yo también colecciono autos. Y aviones. Y barcos. Incluso algunas naves espaciales.

Y antes de que vengan en desbandada a pedirme dinero, pensando que tengo una fortuna infinita como para poder conseguir todo eso, permítanme les enseño parte de mi coleccón:


Bueno... tengo que admitir que la tengo un poco descuidada. Pero en mi defensa puedo decir que esta colección, de la que ven una mínima parte, ha estado almacenada de forma descuidada e inmisericorde por los últimos 35 años.

Verán... soy modelista.

Empecé desde los 12 o 14 años, no estoy muy seguro. Eran los 1970s, y el mercado para un chico de esas edades era muy limitado: básicamente lo que uno podía conseguir en supermercados, papelerías, algunas ferreterías o farmacias. Eran modelos hechos en México de moldes del extranjero. La marca más famosa de esa época era Revell-Lodela. Revell era la marca original de Estados Unidos, y Lodela (por López de Lara, dueño de la empresa), era quien inyectaba estireno en los moldes de Revell en México. Teniendo Lodela, lo que ahora sería la franquicia, le permitía usar la decoración de cajas, o box art de Revell, en sus propios empaques que, en muchos casos, eran verdades obras de arte pictórico presentando el original del vehículo reproducido a escala: un avión de combate, un transporte militar o un coche deportivo. La gama era extensa y, para un chico de mi edad y poco conocimiento del medio modelístico, suficiente para mis necesidades.

El acercarme a este pasatiempo, o hobby, me ayudó a conocer muchas cosas, sobre todo aviones de combate, o aviones caza. Si bien es cierto que soy un apasionado de la aviación, sin ser un experto, como ya escribí acá en alguna ocasión, el poder tener réplicas de aviones famosos se sumaba a esta pasión por las máquinas voladoras de todos los tiempos. Debo admitir que me centré más en los aviones de la Segunda Guerra Mundial por un par de razones: eran lo que más se vendían, aparte de que son más fáciles de armar (los aviones de la Primera Guerra Mundial son mucho más pequeños y, si uno se esmera en el detalle, puede uno frustrarse de su falta de pericia con ese tamaño de piezas, algunas de unos pocos milímetros). Y, de entre todos ellos, el Supermarine Spitfire robó flagrantemente mi corazón.

Para muestra, un botón:


Son varias versiones de ese ilustre avión, a diferentes escalas, armadas en diferentes momentos de mis inicios de modelista, en tiempos ya muy pasados. En mi arqueología modelística pude rescatar estos ejemplares, pero muy deteriorados por el almacenaje, el tiempo, el polvo, el descuido y demás. Fue hermoso recuperarlos, cada uno con una historia propia, pero triste verlos en sus actuales condiciones, pero con el firme propósito de restaurarlos en la medida de lo posible. Hay partes perdidas o dispersas en otras cajas que todavía no logro recuperar, pero es una tarea que me he asignado el darles nueva vida, como compromiso por el avión que me fascina.

En esta etapa logré armar cerca de 90 piezas de diferentes tipos, colores y sabores. Aviones, como ya dijimos, algunos barcos, dos versiones de la nave estelar Enterprise de la serie de Viaje a las Estrellas o Star Trek, que ganó auge en esos años de mi ya lejana infancia y temprana juventud. Y había colocado repisas metálicas para mostrarlos, además de aprovechar el espacio de la parte de arriba de un ropero que mi madre había puesto en mi cuarto. Era muy satisfactorio poder verlos desde la puerta de la habitación.

Pero el chiste del modelismo no es solo pegar partes y ya. Luego viene la decoración. Y ahí está la gran ciencia de este hobby.

Como son réplicas de vehículos reales, el reto es lograr que se vean lo más cercanos al vehículo que representan, y más que muchos de esos son de relevancia histórica. Para eso se vendían pinturas con los  colores más comunes (rojo, azul, verde, blanco, negro, entre otros primarios y secundarios), y luego uno los mezclaba para lograr tonalidades acordes al modelo original. Y eso se limpiaba con thinner, un solvente que se usaba en la industria o en otras actividades, ninguna relacionada con un chico de 14 años pintando un avión miniatura. Y esos solventes era lo ideal el usarlos en lugares bien ventilados, o los elefantes rosas llegaban a molestarlo a uno...

En mi nula experiencia en el pasatiempo, yo pintaba con pincel (es como uno aplica pintura líquida en una superficie, ¿verdad?) y me sucedía que algunas pinturas eran tan espesas que dejaban gruesas capas en la superficie del vehículo. A veces eso daba un acabado uniforme, siempre y cuando toda la superficie fuera del mismo color. Pero cuando eran varios colores los que se usaban, las marcas de las diferentes pinturas hacían perder los detalles gravados en la superficie: remaches, marcas de placas metálicas y otras características que le daban cierto realismo al modelo. Otras veces quedaban las marcas de las ebras del pincel, quedando la superficie rayada permanentemente. Nada que un modelista serio se atrevería a mostrar en público.

Probablemente hubiera logrado mayor pericia y experiencia si hubiera tenido la oportunidad de poder seguirlo y, aún mejor, poder acercarme a otros modelistas, con mayor experiencia, para aprender de ellos y lograr piezas de mejor calidad, y adquirir técnicas de pintura, acabado, entre otras, para lograr modelos perfectos. Sin embargo, en la última mudanza de casa con mis padres, mi colección tuvo que irse a cajas que, por querer protegerlas, no supe embalar correctamente. Y en la nueva casa, no preví un espacio para mis repisas de modelos, y dejé espacio para una nueva computadora y sus accesorios. Los modelos se quedaron mal empacados en esas cajas por años y años.

Cuando me casé, no vi el modo de llevar mis modelos conmigo. Para entonces, ya tenía dos años en el Servicio Exterior, y era inminente que me tocara mi primera salida al exterior, lo que ocurrió un año y medio después. Desde un principio sabía que el transportar mi colección era impensable, era muy delicada y frágil, y no iba a aguantar una travesía de un mes en barco, en un contenedor, junto con nuestra ropa, algunos accesorios y unas pocas cosas que llevamos de un precario menaje.

El gusanito del modelismo seguía latente en mí, y poco antes de salir de China en el 2000, encontré una tienda departamental, en la que tenían varios modelos a la venta, algunos réplicas o copias de piezas de marcas como Heller, famosa en aquellos años y en mi todavía escaso conocimiento del medio, eran dos cohetes Arianne, así como marcas locales, y llevé uno de la naciente estación espacial china. Y también vi modelos de marcas como Academy, coreana, y llevé un Titanic 1/350, al que le traía ganas por mucho tiempo, y una copia china de un modelo de Tamiya, marca japonesa, del portaviones CVN-65 USS Enterprise, al que también le traía muchas ganas. En pocas palabras, empecé a hacerme de modelos con la esperanza de poder armarlos cuando me jubilara.

Cuando ya lleva uno el gen del modelista en el ADN, no deja de manifestarse.

Al llegar a Estados Unidos, fue llegar a la Meca del modelismo.

La variedad de modelos, escalas, marcas, era abrumadora. El entrar a tiendas de hobbies era un placer que Delia, mi esposa, veía de forma ambivalente: era verme disfrutar algo que me ha gustado desde siempre, pero era el temor de llenarnos de más y más cajas de modelos, que engrosaban nuestro ya voluminoso menaje, y el tema de podernlas en alguna parte de nuestras casas no era poca cosa, ya que estaban también los chicos y su ropa, sus juguetes, y también tenían derecho a su espacio.

Pero la codicia... 

Y llegué a ver modelos muy raros, y muchos que me llamaban la atención. Pero también empecé a darme una idea de lo complejo que era el verdadero modelismo, más allá de solo pegar piezas y darles una forma, y luego ponerles pintura y darlos por terminados.





El nivel de sofisticación del modelismo me dejó pasmado. Revistas altamente especializadas como "Fine Scale Modeler" eran lecturas obligadas, no solo para morir de la envidia de las galerías de modelos de verdaderos artistas del pasatiempo de diversas partes del mundo, que enviaban fotos de sus trabajos, sino por las técnicas que aparecían en los reportajes de los expertos sobre cómo pintar, decorar, dar efectos con la pintura de metal desgastado, manchas de uso, camouflage, o cómo era el armado de un cierto modelo, incluso reviews o críticas de nuevos modelos que salían al mercado, señalando sus ventajas y desventajas de una manera objetiva, desde el precio, hasta la calidad de la superficie del modelo, los detalles, etc.

Y las pinturas... y las herramientas... Como pueden ver en las fotos de arriba, que es mi equipo actual, y que es nada en comparación con lo que tienen modelistas más avezados en el pasatiempo. 

Se ha vuelto una verdadera industria para un grupo muy selecto y específico de consumidores. Y que crece ahora con nuevas marcas de modelos, mayoritariamente de China, aunque lugares como Ucrania y Polonia han desarrollado un muy buen plástico. La competencia se vuelve feroz con modelos cada vez más detallados a escalas más socorridas por los modelistas. Escuchar o ver piezas 1/72, 1/48, 1/35 (se leen "uno a setenta y dos", "uno a cuarenta y ocho" y "uno a treinta y cinco") es de lo más normal y común en el modelismo para las escalas de aviones o vehículos. Pero hay escalas como 1/350 o 1/700 para barcos o algunas naves espaciales, o 1/32 y 1/24 para aviones. Cuanto más pequeño es el número de la escala, mayor es el tamaño físico del modelo, ya que representa la proporción con respecto al modelo real. 1/32 quiere decir que una pulgada equivale a 32 pulgadas, en proporción, con respecto al modelo original. Y escalas como 1/700 se aplican, por ejemplo, a barcos actuales como portaaviones, que en esa proporción los modelos a escala miden algo así como 30 cm (como son los que vieron en mi foto de mi colección deteriorada). Cuando compré el "Enterprise" de 1/350, es un modelo de casi un metro de largo, podrán comprender la inquietud de Delia cuando vio esa cajota....

Cuando llegamos a Albuquerque, encontré algo que hizo que mi espíritu modelista se llenara de júbilo: un grupo. El Albuquerque Scale Modelers, que se reunía una vez al mes para tener competencias, convivir, recibir nuevos integrantes (como yo) y continuar con el pasatiempo. Y me dieron mi gafete:


Mi estancia con ellos fue breve, un par de años, a lo sumo, cuando nos tocó volver a emigrar. Esta vez a Dallas, Texas. Como regalo de despedida, uno de los integrantes del ASM, con quien tuve buena cercanía, me regaló un modelo que tiene un significado especial para mí, no sólo por el detalle del obsequio, sino por el modelo en sí: un Spitfite Mk I de Tamiya, escala 1/48, con el kit de conversión, en resina, para hacer el prototipo de ese avión, número de serie K5054, y del que, hasta la fecha, no existe modelo como tal. Es uno de mis actuales modelos en lista de espera para ponerle manos a la obra.

Para este momento, según un cálculo muy a simple vista, debo tener unas 60 piezas sin armar de mi estancia en Estados Unidos. Desde naves espaciales, otros vehículos de ciencia-ficción y futuristas, aviones, un par de barcos (incluyendo el "Enterprise" de China) y dos barcos antiguos (el "Victory" de la batalla de Trafalgar y la "Santa María" de Cristóbal Colón), aviones de la Segunda Guerra Mundial a pasto, incluso aviones producidos en Europa del Este y que son poco conocidos por estas latitudes.

En Canadá, la siguiente parada en nuestro recorrido, fue para algunas piezas más, pero, sobre todo, para hacerme de pinturas y herramientas. En esta época hice la transición de pinturas de aceite (las que aligeraba con thinner) a pinturas acrílicas, basadas en agua. Mis marcas eran Master Modeler, y lugo Tamiya. Ambas extraordinarias. Conseguí un estand para pintar y una pequeña compresora para hacer mis pininos con el aerógrafo, o pincel de aire, herramienta de la que ya había oído hablar, pero la veía como algo inalcanzable, solo para los muy expertos.

Desde Estados Unidos, Internet ha sido un punto de venta para plástico. Ya fuera por eBay o en tiendas especializadas en línea, era posible conseguir modelos ya agotados en el mercado local, o difíciles de encontrar por antiguos o ya descontinuados. 

En Canadá conocí una tienda ucraniana en línea, distribuidora de la marca ICM, de ese mismo país, a la que hice una orden de... adivinen... ¡un Spitfire! Y fueron tan amables de mandarme, junto con el avión , un billete de un hryvnia ucraniano (moneda de allá), dulces locales y una amable carta de agradecimiento por mi compra. Con la guerra en ese país, la tienda sigue activa pero, además de seguir vendiendo sus productos, aporta fondos de sus ventas y donaciones a la causa de guerra de Ucrania. 

Y fue en Canadá donde retomé el armar este avión, poniendo lo mejor de mi parte y escasa experiencia, habiendo leído varias monografías, reportajes sobre pintura, detallado, acabados, etc. Monté una mesa de trabajo en la estancia de la casa (ya no había amenaza de elefantes rosas con el thinner, porque eran pinturas acrílicas), y pintaba en la cochera con el aerógrafo. En el proceso hubo errores de pintura, problemas de ensamble de ciertos detalles, como el motor y, por último, el regreso a México, que no permitieron que pudiera terminar el modelo como hubiera querido, y más porque era un regalo que quería dar al museo aeronáutico local, con el que había logrado una buena relación por mi trabajo.

Por desgracia, no tuve oportunidad de ver el tema del embalaje del avión y de mi equipo de modelismo. Las pinturas y herramientas llegaron muy bien, pero el avión llegó afectado en la pintura y la integridad del modelo, aunque no puedo dejar de reconocer que se embaló con muy buena intención de que pudiera soportar el regreso.

Ya en México, y francamente por casualidad, gracias a Delia, supe de IPMS México, o Sociedad Internacional de Modelistas en Plástico, organización que aglomera a quienes disfrutamos del arte de poner piezas juntas y crear réplicas de vehículos de la realidad o de la fantasía con calidad artística a nivel mundial. No soy ajeno a esta organización. Ya había oído hablar de ella en mi tiempo en Estados Unidos, incluso me había afiliado al "capítulo" o sección nacional de allá. En algún lado debo tener mi credencial, todavía de cartón e impresa con mi nombre, sin foto.

En noviembre de 2024, fui a su exhibición y concurso nacional, donde vi verdaderas obras maestras del modelismo:














Y, por supuesto, como en todo evento que se precie de ser "decente", hubo Spitfires 😁:




Fue en este evento que averigüé cómo entrar a IMPS México. Y me dijeron del pago de la cuota anual, fechas de las reuniones semanales y demás. Naturalmente me apunté en ese mismo instante, pagué mi cuota, y, desde entonces, ya formo parte de una fraternidad de personas que comparten su pasión por el modelismo, y que han aprendido sobre tanques, vehículos, aviones, uniformes, ejércitos, de épocas tan disímbolas como la Primera y Segunda Guerras Mundiales, de la guerra de Corea, de la de Vietnam, de la del Golfo Pérsico. Pero también de marcas de modelos (presentes y antiguas), calidad de pinturas, mejores herramientas, técnicas de ensamble y decoración. Todos ellos, enciclopedias de sus especialidades y campos de interés relacionados con el modelismo.

En tiempos recientes, nuevas tendencias como el Gundam, Warhammer, animé, entre otras, han empezado a ganar terreno en el hobby, especialmente en las nuevas generaciones que están más familiarizadas con estas corrientes, principalmente del Oriente como Japón y Corea, por citar un par de ejemplos. Las figuras y bustos de personajes históricos, pinups de hermosas y exuberantes mujeres, o de personajes de la fantasía como duendes o dragones, ahora son acompañados de robots-armaduras, guerreros de conflictos en otras galaxias o dimensiones, naves de diseños inimaginables en otras épocas. Y entonces ya no es suficiente saber de patrones de camuflaje de aviones británicos estacionados en Malta entre 1943 y 1944, o de aviones estadounidenses en la guerra de Vietnam, o de tanques alemanes en Europa. Ya hay que saber de robots de nombres a veces impronunciables, más que en japonés, o de criaturas salidas de alguna dimensión de terror... Tiempos modernos...

El modelista de corazón sabe lograr que un paquete de piezas, siguiendo las instrucciones de unos planos, pueda convertirse en la réplica en miniatura de un vehículo de aire, tierra, mar o espacio, tratando de reproducir, hasta lo más cercano posible, al vehículo original del que se tomó la referencia. O veamoslo así:


 Claro, esta imagen es solo de una parte de un avión (la bahía de cañones) que tiene sus propias instrucciones, aparte de las del resto del avión. Pero es para que se den una pequeña idea.

Es poder tomar esto:


Usando esto:


Pasando por esta ruta:




Para llegar a este glorioso final:


Pero el modelismo no es solo plástico con una forma, colores y con la referencia a algo, real o imaginario. Es una cofradía, una comunidad, una familia de camaradería, bromas, historias, "tips", un modelo más para la mesa de trabajo y, eventualmente, el anaquel en casa. Un grupo que ha compartido una vida entera, desde la juventud con los primeros pasos en el pasatiempo, el aprendizaje, las nuevas técnicas y el encontrar el tipo de modelos que más lo atraen: tanques, aviones, vehículos, figuras, naves espaciales... Y de unos cuantos comprados en algún supermercado o papelería, a juntar docenas en la mesa de trabajo, y empezar a aprender de cierto tipo de avión, o de un período de la historia, o de un tipo de vehículo. Y los libros. Y las revistas. Y los catálogos de marcas y pinturas. Y las herramientas. Paso a paso, crear un verdadero espacio para la creación de réplicas de precisión de vehículos reales. Pero también ha sido crear esta camaradería que, al paso de los años, se hace sólida como plástico unido por el pegamento de la amistad.

Y ahora me ha tocado la oportunidad de sumarme a este grupo de experimentados modelistas y formidables personas. Por el tiempo venidero, será aprender y, muy probablemente, echar a perder uno que otro modelo que, en mejores manos, sería una pieza de museo. Me toca a mí aprender de estos expertos, asimilar la experiencia y disfrutar de la plática, las historias y la calidez de este formidable grupo de amigos.

IPMS México: gracias por la hospitalidad.


El volver a las raíces de un pasatiempo de toda la vida es algo que se vive cuando se ha vivido en el exterior.

20 febrero, 2025

¿TV? ¿O no TV?

Cuando uno ha vivido en el exterior, la comunicación tiene formas y modos de lo más diverso.

Los que somos de mi generación, nacidos a los incicios de los años 60s del milenio cuando los años comenzaban con 1, conocimos un medio de entretenimiento que nos daba la oportunidad de tener el sonido y la imagen de toda suerte de cosas, desde personajes reales, hasta los creados por la imaginación.Y la teníamos al alcance de nuestra mano, con sólo girar una perilla.

Naturalmente, nos referimos a la televisión.

De hecho, puedo decir que me tocó la transición del medio de entretenimiento de mis padres, que fue la radio, para penetrar al mundo del sonido y la imagen en la comodidad de mi hogar, sin necesidad de ir a un lugar como el cine o el teatro. Yo disfrutaba las noches de mi infancia, ya acostado y próximo a dormir, de un pequeño radio de transistores que "obtuve" de mi mamá (seamos honestos, era un joyerito con radio que tenía mi mamá, y que yo me lo agencié, medio a escondidas aunque, al final, mi mamá terminó cediéndomelo, en su infinita generosidad [Dios la bendiga]). 

En México todavía la amplitud modulada, o AM, era la frecuencia más socorrida, y mi estación era la XEW, que surgió desde los años 30s del mismo siglo, y que fuera la catedral de la radio en mi país. Yo escuchaba el noticiero de Guillermo Vela, periodista de Excelsior, el Periódico de la Vida Nacional, o "El Cochinito", programa de concurso con Pepe Ruiz Vélez en que se iba acumulando dinero en un cochinito y los concursantes debían identificar canciones para ganar ese premio (si bien recuerdo). Si uno quería estar intranquilo en la noche, estaba "Apague la luz... y escuche", donde Arturo de Córdoba, con su particular voz rasposa y acento singular, dramatizaba historias de terror con un diverso reparto; o "En el Umbral del Misterio", en que Carlos López Moctezuma, uno de los villanos más reconocidos del cine mexicano, relataba historias para hacerle a uno dejar prendida la luz de la habitación por un poco más de lo acostumbrado.

¡Ah! Pero cuando la televisión llegó a casa...

Era tipo consola, o al menos así se le decía. Era una patalla grande, al menos así la veía yo de niño, con dos bocinas (simuladas, para efectos estéticos y de aspecto impresionante) y los controles al frente, que eran dos perillas grandes: una para encender y apagar el aparato, y controlar el volumen del sonido, y otra para cambiar de canal. Habían otras perillas más pequeñas para ajustar el brillo, el contraste y otras funciones de la "tele", como le empezamos a decir. Todos esos controles eran plásticos, de color dorado brillante. Muy vistosa en verdad.

Prenderla era una pequeña ceremonia ya que, cuando se giraba la perilla del encendido y hacía click para hacenos saber que estaba prendida, y luego de calcular a ojo de buen cubero lo que sería el volumen adecuado, debía uno  eseprar un par de minutos a que los bulbos (porque eran de bulbos los aparatos electrónicos en esa época) calentaran, y apareciera paulatinamente la imagen, en blanco y negro, formada por líneas horizontales (525, para ser exactos), y se empezara a escuchar el sonido del canal sintonizado en ese momento.

Y, en ese momento, se abría un universo frente a nuestros ojos, formado por dibujos animados (o caricaturas, como le decíamos), telenovelas, series, noticieros con conductores como Jacobo Zabludovski, Pedro Ferriz, Juan López Moctezuma (nunca supe si estaba emparentado con don Carlos López Moctezuma), Rafael Vidal, y otros nombres que hacían su transición del periodismo escrito o radiofónico a la televisión. También había programas de variedades como "TV Musical Ossart", patrocinado por esa marca de shampoos; "Cómicos y Canciones" con Viruta y Capulina, pareja de humoristas de fama desde décadas atrás en el cine; "Noches Tapatías", escenario para que reconocidos intérpretes de música ranchera y de mariachi lucieran su talento, sazonado con toques de humor de cómicos como Fernando Soto "Mantequilla", o "Régulo", quien hacía de un indígena de campo, ignorate pero ingenioso.

Un programa que siempre me llamaba la atención era el "Club del Hogar", a cargo de Daniel Pérez Arcaraz, locutor de gran trayectoria en la radio mexicana, y que incluso trabajó en el servicio en español de la BBC de Londres, y Francisco Fuentes, conocido como "Madaleno", humorista que había sido pareja con "Régulo" por mucho tiempo, y que en este espacio actuaba en solitario, haciendo mancuerna con don Daniel. El tema de la emisión era muy sencillo: hacer comerciales de diversos productos, servicios y empresas, de una forma humorística e irreverente, bromeándo entre Pérez Arcaraz y "Madaleno" de forma falsamente irrespetuosa, siendo Pérez Arcaraz el "jefe" del programa, y "Madaleno" su "apoyo", haciéndose mutuos comentarios chistosos para dar pie a sus anuncios, o "dejando escapar" marcas de otros productos que no formaban parte de los que regularmente pagaban por su publicidad, para regocijo de los técnicos del estudio y del público televidente. Eventualmente, empezaron a intercalar espacios musicales con artistas de diversos niveles, tanto consagrados, como quienes empezaban a darse a conocer. 

La dinámica de los "protagonistas", como de otros comparsas que participaban, que eran un payaso llamado "Caralimpia", que era víctima frecuente de las bromas irreverentes de "Madaleno" o de las "llamadas al orden" del "estricto" Pérez Arcaraz, aunque a veces encontraba modo de defenderse, haciendo el momento todavía más cómico; o "Vilma Traca" mujer de aspecto poco brillante, pero que sus apariciones eran oportunas para sumar al humorismo en el foro, que era con poco libreto, y la interacción de los participantes era espontánea, aunque había bromas recurrentes, todo se desarrollaba con una fluidez inigualable, producto de años de participar en el mismo esquema, de lunes a viernes, en vivo, sin ensayos ni libretos, más allá de la secuencia de anuncios que debían cumplir en cada emisión, y que eran los mismos clientes, salvo algún nuevo producto o servicio, o la salida de alguno ya existente.

Para muestra, un botón:


El Club del Hogar estuvo en el aire desde 1951, y terminó su emisión en 1986, luego del fallecmiento de sus dos anunciadores principales. Se trató de continuar con otros participantes, pero la química entre "Dañiel" y "Madaleno" nunca pudo ser igualada, por lo que el programa fue cancelado. Se trató de reproducir el formato en años subsecuentes, pero sin éxito. Muy probablemente, porque la mancuerna de Pérez Arcaraz y "Madaleno" era irrepetible, aunado a la evolución natural del gusto de los teleespectadores, a los que este tipo de televisión no les resultaba divertido.

Pero ese universo sólo tenía tres canales: 2, para la programacion "seria" (noticieros, telenovelas, programas de variedades, y eventos especiales), 4 (para películas mexicanas del "cine de oro" mexicano, el "Club del Hogar", con el que iniciaba sus emisiones, noticias de espectáculos, y más películas), y el 5 (para programación infantil a mediodía y la tarde, y series importadas y dobladas al español por la noche). Cada canal de origen independiente, pero fusionados en una empresa denominada "Telesistema Mexicano", de Emilio Azcárraga Vidaurreta, fundador de la dinastía que ha regido buena parte de la televisión en México, y que logró obtener de Gullermo González Camarena el canal 5 y de Rómulo O'Farril el canal 4. Lo irónico es que el canal 4 fue el primero en transmitir en México, mientras González Camarena usaba el 5 para hacer pruebas de su sistema de televisión a color, y Azcárraga daba el paso de la radio a la TV con las mismas siglas de identificación: XEW-TV.

Posteriormente, entró un nuevo jugador al escenario, que fue Televisión Independiente de México, o TIM, que tomó la frecuencia del canal 8. Ahí hizo su debut en la "pantalla chica", nombre que se le dió a la televisión para contrastar con la "pantalla grande" de las salas de cine, Roberto Gómez Bolaños, con un programa cómico llamado "Los Supergenios de la Mesa Cuadrada", en donde se dieron a conocer dos personajes que, posteriormente, brillaron con luz propia: el Profesor Girafales, que pasó a ser uno de los personajes de "El Chavo del 8", y el también Profesor Chespirito Chapatín, al que Gómez Bolaños le escribió segmentos propios en otros de sus programas. De ahí surgieron dos de sus mayores creaciones: el ya mencionado "Chavo del 8", y el "Chapulín Colorado", la parodia de superhéroe que América Latina ha abrazado como propia, hasta el día de hoy. De ahí Gómez Bolaños se catapultó a la fama y la inmortalidad de quienes logran el cariño del público por generaciones y más allá de las fronteras.

Se dieron otros canales, como el canal 11, a cargo del Instituto Politécnico Nacional, primer canal de una institucuón académica nacional, y de enfoque educativo y de divulgación cultural. Otro canal que surgió de una instancia gubernamental fue el canal 13, a cargo de la Corporación Mexicana de Radio y Televisión, empresa descentralizada del gobierno de México, y que buscaba fusionar en una sola señal, aspectos de la televisión comercial como el tener telenovelas, series importadas, programación infantil, programas de variedades, difusión cultural. Tarea ambiciosa, sin duda alguna.

Y la televisión en México terminaba a las 12:00 de la noche en punto, en que todos los canales despedían sus transmisiones, e invitaban a los telespectadores a regresar a su señal el día siguiente. En años más recientes (1980s) se copió la costumbre de Estados Unidos de transmitir el Himno Nacional al cierre de transmisiones, y que se ha conservado hasta el día de hoy, con la salvedad que, al dar la medianoche, se interpreta el himno, y continúa la señal con infomerciales y programas que sólo ven los desvelados o quienes tienen que permanecer despiertos buena parte de la noche, siendo ahora la señal de TV de 24 horas al día.

Han sido varias innovacionas las que han transformado el universo televisivo que les comentaba al principio.

La televisión por cable, o de paga, como ahora se le dice, fue uno de los primeros giros que dio la televisión en mi país. Normalmente la señal de los canales llegaba por radiofrecuencia que era captada por una antena o, en el peor de los casos, por un gancho de alambrón para ropa, y se podía ver la transmisión de los canales dsponibles, sin costo extra para el televidente. Pero si uno contrataba "Cablevisión", uno podía ver esos canales, más otros traídos de Estados Unidos, que eran los de recepción gratuita de aquel lado del Río Bravo, pero inaccesibles de nuestro lado de la frontera. Era la novedad de ver series y programas, incluso comerciales, de ese país, aunque uno no entendiera el inglés. Y se pagaba una tarifa mensual por el servicio, y se instalaba un aparato, que luego supimos que se llamaba "decodificador" y se nos daba una caja con una serie de teclas, que era para cada canal dentro del servicio, tanto los nacionales, como los extranjeros. Y esto se conectaba por un cable especial, instalado por la empresa, usando los postes del servicio telefónico, y originado en las instalaciones de Cablevisión, que estaban a un lado de Telesistema Mexicano, que era la dueña del servicio. Este sistema ha evolucionado, al grado de poder tener ahora decenas de canales, ya muchos en español, de diversas temáticas, y las 24 horas del día.

Aparte, la fusión de canales existentes, así como el surgimiento de nuevos canales, hizo que la oferta televisiva se diversificara, y la competencia entre empresas se hiciera más cerrada, dando más opciones de programación. El surgimiento de canales como el 7, el 9, al principio de la expansión del espectro televisivo, representó un nuevo panorama, y otras opciones en las emisiones de televisión gratuita. La digitalización de la señal de TV ha hecho que cada frecuencia pueda tener varios canales a la vez, así como mejorar la calidad de la señal. Entidades como el Congreso de la Unión, la Universidad Nacional Autónoma de México, e incluso organizaciones de corte religioso, han podido tener espacios en la televisión. Se dió el inicio de los canales de ventas de mercancías diversas como CVC, también de 24 horas de transmisión, y que promovían diversos productos en un sistema de mercadotecnia innovador para la época.

El surgimiento de Televisa como resultado de la fusión de Telesistema Mexicano y Televisión Independiente de México, así como la privatización de Canal 13 y su filial canal 7, crearon la competencia entre los dos titanes de la industria televisiva, siendo inmisericorde con aquellos que pasaban de una empresa a otra, "vetándolos" de aparecer en eventos y actividades patrociandos o promovidos por la empresa de la que salían actores o presentadores para pasar a la competencia. Actualmente, como todos sabemos, Televisa es el emporio televisivo más poderoso de América Latina, y uno de los más poderosos del mundo, con presencia en Estados Unidos y Canadá, a través de Univisión, y en America Latina con la venta y distribución de programas y eventos a nivel de toda la región.

Cuando se pensaba que los servicios de "streaming" como Netflix, que empezó rentando películas en máquinas despachadoras en tiendas y centros comerciales, y que evolucionó gracias a la popularización de Internet, iban a terminar con la televisión abierta, los canales han reforzado su programación para seguir siendo atractivos, aunado al hecho de su carencia de costo y la no necesidad de tener un servicio de Internet o pagar una cuenta a cualquiera de estos servicios, ha logrado que este modo de ver televisión subsista, contra viento y marea. La gente que ve televisión abierta, usa su teléfono, o sus tabletas, o sus computadoras, para ver video en streaming.

En la actualidad, la televisión se mide de dos formas, en mi personal opinión: el tipo de programación que se ve, y el tamaño de la pantalla.

Al principio de la televisión, el tamaño de la pantalla se limitaba al tamaño del tubo de rayos catódicos que era la pantalla como tal, y que rara vez pasaba de 25 pulgadas en diagonal. Este tubo era un dispositivo de cristal, sellado, con un gas y elementos electrónicos en su interior, y en que se hacía un barrido de electrones que generaban la imagen, por eso lo de las 525 líneas de imagen, Con la televisión a color, los tubos de rayos catódicos cambiaron su funcionamiento, combianado puntos de colores verde, azul y rojo, creando una imagen en colores cercanos a la realidad, en función de la calidad de la señal y de la imagen original. Al surgir las pantallas planas con sistemas LED o de diodos de emisión de luz, y todas sus variantes y evoluciones, el tamaño de la pantalla dejó de tener limitaciones, y en la actualidad podemos ver pantallas de 100 pulgadas. ¡CIEN PULGADAS! Lo que yo llamo testosterona pura, ya que somos los hombres los que aspiramos a esas pantallas que, a veces, son casi tan grandes como las paredes a donde se les va a colocar, y vemos la imagen casi como en la pantalla de un cine, por lo grande y por lo nítida, y a costos mucho menores que al principio del surgimiento de este tipo de equipos, gracias al abaratamiento de la tecnología.

Este crecimiento de las pantallas de televisión me hace recordar un libro de Ray Bradbury, escritor de ciencia-ficción, titulado "Farenheit 451", en el que relata un futuro en que la vida gira alrededor de la televisión, con una población enajenada y esclava de la que se ha dado en llamar "la caja idiota" (yo le digo más amablemente "la caja boba" porque estuve enchufado a ella gran parte de mi infancia y juventud y le guado cierto cariño, especialmente a los comerciales -otro día les platico de ello-), y esa misma sociedad hizo ilegales a los libros, y criminales a los que los tuvieran. De hecho el título se refiere a la temperatura a la que arde el papel de los libros: 451 grados farenheit, que se logra con el fuego del papel. Y Bradbury describía las casas de ese futuro con una sección formada por paredes que eran pantallas de televisión de techo a piso, y en las que se proyectaba programación constante, mayoritariamente una especie de "telenovela", en que los personajes encarnaban supuestas familias de las que se iba viendo su vida diaria, y con la que la teleaudiencia interactuaba con señales que aparecían en los receptores y que eran las pautas para que reaccionara a lo que estaba sucediendo en la trama.

Estos mecanismos de manipulación, si bien no son nuevos, como lo decían diversos autores del boom de las ciencias sociales de tendencia socialista o socialistoide de los años 70s del Siglo 20, en la actualidad toma un matiz que nos debe llevar a la reflexión.

¿Estaremos llegando a una época en que la televisión, o el receptor de televisión, propiamente dicho, tenga que ser una parte natural de una casa, al grado de que forme parte de la estructura del inmueble, y que el que compra o renta una propiedad pida ver la sección de TV como parte normal de una casa? Imagino al agente de bienes raices hablando de las maravillas y cualidades de una casa o un departamento: amplias recámaras, inigualable ubicación, todos los servicios, sección de TV de primer nivel, con sonido de superalta fidelidad y paredes con pantallas de calidad SUHD (super ultra high definition), acabados de lujo, etc etc. Que la televisión sea parte integral de la estructura de una vivienda. Y que la interacción con la TV, que ya se da de una forma u otra, se vuelva cada vez más inmersiva, y que haga al televidente una parte "necesaria" en la programación.

Y eso a costa de la individualidad de la persona, de su capacidad de acercarse a la cultura, a recibir información (o desinformación) de forma masiva y enajenarte. Un mecanismo para manipular y dominar a las masas, y reducir el número de personas con capacidad crítica para hacerlos títeres de familias ficticias que nos piden nuestra opinión por medio de una señal en la pantalla, de un menú que el televidente jamás va a probar en la realidad, o de una duda familiar de una familia que no existe más allá de la pantalla. Eso que veía Ray Bradbury como un camino de la civilización humana, en que pierde su identidad y su capacidad de crítica y cuestionamiento en una imagen generada en una placa de diodos y sonidos replicados en una bocina de alta definición.

Ya de niño me decían que no me enchufara tanto a la televisión, que jugara con amiguitos o leyera, pero no debía de embeberme con la TV, pasando interminables horas viendo un programa tras de otro, hasta que era hora de irme a la cama para ir al día siguiente a la escuela. Tal era mi apego a la caja boba que, cuando mis papás salían para visitar amigos por la noche, y nos dejaban a mi hermano y a mí en casa, nos quedábamos hasta tarde viendo series o películas, consideradas como "para adultos" por la hora o la temática. Y cuando oíamos que ya estaban de regreso, bajábamos el volumen al mínimo posible sin apagar la tele, y le bajábamos el brillo a la imagnen, como si estuvera apagada, corríamos a nuestro cuarto a hacernos los dormidos, y esperábamos a que nuestros papás ya estuvieran dormidos, para regresar a la sala de la casa, volver a darle brillo a la pantalla de la televisión, y subir el volumen lo menos posible para seguir oyendo el programa, pero sin despertar a nuestros padres. Mi madre, como toda buena madre, descubría esta estratagema con bastante frecuencia, y salía a la sala para pescarnos in fraganti pegados a la pantalla para poder oír el susurro de la tele con el volumen bajo. El regaño era ejemplar y el mandarnos a dormir con cajas destempaladas era la sanción obligada.

Pero... ojo... También la televisión ha servido para hacer llegar cultura. Recuerdo en los 60s y 70s el proyecto de Telesecundarias, en que se llevban clases de secundaria a lugares remotos a través de la televisión, ya que los canales comerciales tienen, por ley, que dar espacios gratuitos en su programación para uso del gobierno. O series como "Introducción a la Universidad", que transmitía Televisa a mediodía, con la participación de catedráticos universitarios que exponían temas propios de ese nivel de estudios, pero de forma fácil de entender para el público en general. Debo decir que yo era asíduo de esa serie, especialmente de un profesor de física que era muy ameno y claro en sus explicaciones. Otro ejemplo fue "Videocosmos", serie de varios segmentos de historia, tecnología, y otros temas. "Encuentro" fue un foro creado por Álvaro Gálvez y Fuentes para reunir a escritores y otras mentes relevantes de la cultura, en un formato inusual para la televisión comercial de los 70s. Y como esos, hay otros ejemplos a lo largo de la historia de este medio.

Pudiéramos decir que la "caja boba" no es tan boba, más bien es que está a merced de quien la opera, y que ofrece a quien la ve lo que se le pone, pero también lo que el teleespectador puede o quiere ver. Es un equipo inocuo, a fin de cuentas, y es quien le alimenta contenido el que tiene la responsabilidad de los mensajes que transmite. Por supuesto, está a merced de intereses de todo tipo: económicos, políticos, sociales, culturales, etc. Y es por eso que la televisión puede diferir sustancialmente de un país a otro e, incluso, de una región a otra del mismo país, ya que se puede producir televisión local, adicional a la de proyección nacional.

¿Qué futuro le depara a la televisión? Es difícil decirlo. El avance de la tecnología hace que los servicios por internet se vuelvan cada vez más presentes en la vida diaria, pudiedo ser vistos en un teléfono, que puede ser usado en casi cualquier parte de la ciudad, de la región, del país, o del mundo, haciendo que la televisión pierda terreno por ser un equipo fijo, sujeto a una señal por cable o por radiofrecuencia. Ya la diferencia entre la televisión y los servicios "streaming" es muy tenue, y los aparatos de televisión se convierten en monitores monumentales para proyectar este tipo de señal, saliendo del terreno de la computadora o la tableta. La señal de televisión por transmisión en línea es cada vez más frecuente y más fácilmente accesible, ya no está uno encadenado a que se debía estar en casa a la fecha y a la hora del programa que se deseaba ver, como sucedía en mi infancia y mi ya lejana juventud.

Ya les tocará a las nuevas generaciones dirigir el destino de la televisión.

El medio del que uno se valía para estar informado cuando se ha vivido en el exterior.

09 junio, 2024

Mi ciudad

Cuando uno ha vivido en el exterior, uno se amolda a los lugares en que le toca vivir, pero siempre conservando el recuerdo y la nostalgia por el sitio de donde uno es originario.

Esta es la ciudad.


Me recuerda mucho el inicio de una serie de policías de los sesentas y setentas, donde el Sargento Joe Friday, de la Policía de Los Angeles, interpretado por el actor Jack Webb, iniciaba cada episodio de la serie con esa frase en una lacónica voz, y una vista panorámica de Los Angeles. En este caso, no vamos a buscar a ningún criminal que afecte la vida de los ciudadanos de nuestra ciudad.

Platiquemos de la ciudad en sí.

Soy de la Ciudad de México, antes conocida como Distrito Federal, por ser la sede de los Poderes de la Unión, como establecía la Constitución de México. Sin embargo, por su crecimiento e importancia, se levantaron voces de que fuese elevada al nivel de un estado, siendo el estado 32 de la Federación. Sigue estando aquí la sede del Poder Ejecutivo, el Congreso de la Unión y la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero ya tenemos un gobernador, llamado "Jefe (o Jefa) de Gobierno", un Congreso local y un Poder Judicial autónomo.

Esta megalópolis de más de 20 millones de habitantes ha crecido desproporcionadamente, invadiendo cerros de los alrededores, y si uno va a un edificio de mediana altura, puede ver como la mancha urbana se extiende casi hasta perderse en el horizonte.

Nuestra gloriosa ciudad fue fundada en 1521, a la caída del imperio azteca o mexica, y la destrucción de la esplendorosa Tenochtitlan, durante la presencia del Imperio Español. Las pirámides cedieron su lugar a los edificios y palacios de cantera, que serían la residencia de los nuevos regentes, y espacio para sus funciones de educación, gobierno, culto y administración. La que fuera la Plaza Mayor de Tenochtitlan se convirtió en la Plaza de Armas de la nueva ciudad, con mayor sabor europeo, más familiar para los recién llegados.

Y de este núcleo persisten, hasta el día de hoy, numerosos edificios y templos que han llegado a nuestros días, después de peripecias y usos diversos, acordes a los tiempos y tendencias de la época. El llamado "Centro Histórico" ha sabido conservarse por la decisión de gobernantes que han reconocido su valor artístico e histórico, reparándolos y conservándolos en condiciones para ser usados de forma práctica, pero sin perder su regia presencia. Algunos siguen siendo edificios públicos, otros han sido transformados en hoteles, restaurantes, museos, u otro uso que haga interesante su permanencia. Muchos ya están declarados como "patrimonio histórico y cultural de México". Otros no han tenido esa suerte, y permanecen abandonados, en decadencia, guarida de vagabundos y plagas, pero no pueden ser demolidos por estar en el Centro Histórico, o tal vez por disputa entre herederos del antiguo propietario, o vayan ustedes a saber la razón.

La Ciudad de México, o su acronismo CDMX, es un sitio de fuertes contrastes, producto de su crecimiento y el avance de los tiempos.

Partes de la ciudad antiguamente eran poblaciones a las que se llegaba a caballo, o en calandria, o carruaje, o carreta. Bueno...hablamos de los 1700s y 1800s. ¡Incluso al inicio del Siglo XX! Colonias y sectores como Tlalpan o Coyoacán eran destino de excursiones de casi un día. Hoy son colonias, o barrios, a los que se llega en cosa de minutos, u horas si el tráfico está pesado, y son de lo más cotidiano en el imaginario de nuestra gente acá.

El fenómeno de crecimiento de la ciudad ha hecho que partes de un estado vecino se vean como partes de la CDMX. La zona conurbada ha asimilado sectores del vecino Estado de México, al grado que la forma de demarcar los límites de la CDMX y el EdoMex son letreros, ya no hay campo abierto u otro elemento de entorno que señale los confines de uno o de otro.

Como en toda ciudad de gran tamaño, hay barrios de ostentosa riqueza, y barrios de alarmante carencia. El contraste entre Las Lomas o Santa Fe (de más reciente creación), y zonas como Tepito o La Merced, es dramático. De casas, edificios de departamentos y mansiones de lujo, fortuna heredada de tiempos pasados, o de origen próximo; a casuchas hechizas y construcciones viejas y deterioradas por la falta de cuidado, proclives al hacinamiento, con condiciones mínimas para ser habitadas (en el mejor de los casos). No existe lugar perfecto.

Con todo y todo, esta ciudad me gusta. Y mucho.

Aquí nací cuando los años empezaban en 1, la Humanidad comenzaba a aventurarse al espacio y salíamos de la Crisis de los Misiles en Cuba. Y, para quienes estos eventos no les son familiares, les hablo de 1962. El DF de los 60s era un lugar más inocente que en los tiempos actuales. Había mucha menos gente, muchos menos coches, mucho menos smog, y muchas menos cosas que ahora. Seguíamos siendo la capital del país, el lugar a donde la gente de provincia aspiraba a ir, algunos a conocer, otros a probar fortuna, otros para escapar de la pobreza. Cualquiera que fuera la razón, la Ciudad de México, Distrito Federal, era un magneto que atraía gente del resto del país.

Según los que saben de eso, es una de las que tiene el mayor número de museos a nivel mundial. De los obvios como el Museo Nacional de Antropología, el Museo Nacional de Historia (en el Castillo de Chapultepec), el Museo de Historia Natural, a museos poco ortodoxos, pero igual de interesantes e importantes, como el Museo de Geografía, el Museo de la Estampa, el Museo del Estanquillo (precedente en México de las tiendas de las tiendas de conveniencia, creado por Carlos Monsiváis con colecciones personales y su visión muy personal del DF urbano y, a la vez, lleno de peculiaridades) o el Museo de Culturas Populares, por sólo citar algunos pocos ejemplos.

Chapultepec es un lugar único. Un parque de proporciones que lo hacen llamarse el Bosque de Chapultepec, que fuera lugar de descanso de los Señores mexicas, y que se convirtió en un lugar de paseo de los habitantes de la Ciudad de México y, en lo alto de un cerro, lo contempla, imponente, su Castillo, que fuera residencia presidencial, palacio imperial, colegio militar y, ahora, el Museo Nacional de Historia, en donde se concentran los testimonios y las reliquias de nuestro pasado como nación, desde las primeras banderas que nos dieron identidad, hasta los tiempos de la Revolución de 1910, de donde surgió el México moderno, del cual hoy somos parte.

Los habitantes de la CDMX tenemos muchas opciones para divertirnos: cines, teatros, bares, arenas para ver lucha libre (lo mismo si se es "técnico" o "rudo", ahí puede uno gritar a todo pulmón: "¡MAAATAAALOOOOOO!!!!!"), centros de espectáculos... En fin. De todo para todos los gustos, y a costos al alcance de casi todos los bolsillos. Lo mismo se pueden pagar algunos pesos por la entrada a un cine, que varios miles por ver el concierto del artista de moda. Usted escoja.

México fue, por mucho tiempo, profundamente religioso. Ahora, las nuevas generaciones ya no son tan apegadas a la religión. Pero nuestro pueblo se presumía de ser cristiano, católico y, sobre todo, guadalupano, aduciendo a la devoción a la Virgen de Guadalupe. La aparición de la Virgen Morena, como acá le decimos, en el Cerro del Tepeyac, durante el período de la presencia española, ha sido un símbolo que ha marcado la fe de los mexicanos por siglos. La tilma de Juan Diego, ahora San Juan Diego, con la imagen de la Virgen, ha sido un ícono venerado por los mexicanos de todos los estratos, y es visitado anualmente por millones de personas en la basílica que dijo le fuera construida. En la conmemoración de su aparición el 12 de diciembre, las multitudes se aglomeran a las afueras del templo desde temprano, en la madrugada, para cantarle "Las Mañanitas", nuestra canción de cumpleaños, en los primeros minutos de la fecha, en sentida serenata a la Reina de México. Mi ciudad tiene el privilegio de ser el sitio de reunión de todos los guadalupanos de México, y de todos los países del mundo en donde se venera a la Virgen de Guadalupe. 

Me encanta mi ciudad. Si bien no la conozco en su totalidad, ni mucho menos (creo que hay muy pocos, fuera de taxistas y repartidores, que la conocen en su mayoría), la disfruto mucho. Me encanta pasear por algunos de sus parques como la Alameda, en el Centro Histótico, y que se remonta al Siglo XIX, o en Chapultepec, que he caminado en algunos pequeños trechos. Las calles del Centro son interesantes, plagadas de comercios que invaden las banquetas, o aceras, ofreciendo de todo, desde piezas para reparar aparatos electrodomésticos, que muñequitos de animé japonés, juguetitos baratos y de dudosa calidad, baratijas, regalitos de temporada, electrónicos de bajo precio, libros de segunda mano, entre otras muchas mercancías. Músicos y artistas callejeros que nos ofrecen diversas opciones de música, desde rock, hasta jazz (aunque usted...¡no lo crea!), bailarines, cantantes, o gente de campo que toca un violín ya de mucho uso y que suena algunas notas de una melodía.

A veces me da por buscar lugares de mi pasado. La primaria en que estudié, una casa adecuada para dar clases, ya no existe. Supe que creció y se mudó a otra parte de la ciudad, aunque no ubico en dónde. Mis otras escuelas siguen ahí, ya crecidas y con diversidad de alumnos, ya que antes eran sólo para varones (creo que ahora, por disposición oficial, las escuelas deben ser mixtas, pero no tengo certeza de ello. Todo eso pasó durante mi tiempo en el exterior). Alguna vez también busqué los lugares en los que vivimos con mis padres. Por la mayor parte de mi vida joven, rentábamos departamentos, y nos mudamos en varias ocasiones. Algunos de esos edificios ya muestran el deterioro del paso del tiempo, otros ya los veo diferentes. No son lo mismo los ojos del niño de unos pocos años, a los del adulto que entra al atardecer de su gobierno, como diría mi abuelo.

Una ciudad con un pasado centenario, y un futuro prometedor por el espíritu de su gente, de sus tradiciones, de su gustos cambiantes, de su modernidad que busca ponerse a la par de otras grandes urbes del planeta, con un orgullo que resuena de generación en generación. Los que nacimos aquí nos sentimos orgullosos de serlo. Es un privilegio del que nos pavoneamos, a veces, con exagerada soberbia, lo que nos gana el distanciamiento de otras partes del país. Pero habemos quienes, conservando el orgullo, sabemos que hay otras ciudades con méritos propios y que, al igual que la nuestra, merecen respeto y admiración.

Ciudad de contrastes. Ciudad de historia. Ciudad de futuro. Ciudad de espeanzas. Ciudad de cientos y cientos de historias de la vida diaria. Ciudad de gestas heróicas. Ciudad de profundos misterios. Ciudades de parques verdes y de bosques de cristal y acero. La Ciudad de los Palacios.

Esa es mi ciudad.

Un cantante de los años setentas, conocido como Guadalupe Trigo, compuso una canción para conmemorar esta ciudad,a través de diversas y hermosas alegorías, y que se llama así: "Mi ciudad". Esta es la versión original, en su propia voz, y que ha sido interpretada después por cantantes reconocidos como Lola Beltrán o Luis Miguel.


Este video, realizado para YouTube por Armando Martínez Díaz, es una muestra de lo que puede dar mi ciudad.

Mi carrera me ha llevado a muchos lugares, tanto para visitar,como para vivir. Y han sido, ciertamente, ciudades hermosas, interesamtes, agradables, divertidas y, en algunos casos, con deseos de regresar de una forma más permanente. Sin embargo, no olvido ni dejo de añorar a mi ciudad.

El amor al lugar de origen desde el exterior.