10 junio, 2016

Generación tras generación

 Cuando uno vive en el exterior, uno desarrolla la capacidad de observar su entorno de una manera diferente, y lo que es cotidiano adquiere una nueva e interesante dimensión.

El ver las cosas que ahora se consideran de todos los días, y reflexionar un poco sobre su presencia en nuestra vida diaria, nos lleva a darnos cuenta de que somos testigos del paso del tiempo, y que nos genera una perspectiva que no habíamos siquiera imaginado.

En estas últimas semanas, CNN ha estado proyectando series relativas a dos períodos históricos que han marcado el final de una era y el comienzo de otra: los 70's y los 80's. Si bien es cierto que se circunscriben mucho al contexto estadounidense, no podemos dejar de admitir que mucha de nuestra carga cultural la recibíamos de ese país. Modas, programas de TV, películas, libros, ideas, costumbres, conceptos... Efectivamente, los acomodábamos, o como ahora dicen tropicalizamos, a nuestra idiosincrasia, pero todo eso fue parte de nuestras vidas en esos años. Y, en mi caso y por mi edad, lo alargaría tal vez a los 60's.

Para quienes vivimos en México en los mil novecientos sesenta y algo, no comprendíamos la realidad sin tener una televisión en blanco y negro en la sala de la casa, y si la veíamos de cerca, distinguíamos las líneas que formaban la imagen. 525 de esas líneas, según escuché alguna vez en un comercial en canal 5, eran nuestra ventana al mundo real y a la fantasía y la ficción. Algunos tuvimos la fortuna de que fuera enooorme, como una consola, con sus dos bocinas a los lados de la pantalla, o cinescopio como le decían los técnicos de "Servicio Técnico Cisneros", que fueron el servicio casi obligado cuando la tele se dañaba o se le quemaba un bulbo. Para otros, el televisor era un aparato del tamaño exacto de la pantalla, y había quienes tenían teles portátiles, y los veíamos con profunda envidia....

Con esa ventana pudimos asomarnos a muchas cosas, muchos lugares. Las mamás veían "Simplemente María" con Saby Kamalich, "Gutierritos", "Agueda", "EL Amor tiene cara de Mujer", "Muchacha Italiana viene a casarse", "La Mentira", y así podría seguir la interminable lista de telenovelas que hacían reír, llorar y enamorarse a las chicas de esos tiempos. Galanes como Ricardo Blume, Enrique Lizarde, Enrique Alvarez Félix, Enrique Rocha, hacían suspirar a las adolescentes que se sentaban en la sala de la casa, junto con sus mamás, a ver la novela, o que la veían de contrabando, el lugar de hacer tarea.

Los chicos veíamos canal 5, y programas como el "Club Quintito", "Telekinder", eran con los que empezaba la hora de tele para los chicos. Después nos deleitábamos con "Don Gato y su Pandilla" (de quien soy absoluto fanático, y de quien aprendí frases verdaderamente sabias como "es inconsútil que se parezca o no al alcalde" cuando la mamá de Benito Bodoque iba a ir a visitarlo a Nueva York... ahí se las dejo de tarea); o "Los Supersónicos", que nos daban una visión del futuro divertida y prometedora. Huckleberry Hound, el Oso Yogui, Tiroloco McGraw, Pixie y Dixie con el gato Jinx (un ratón con acento mexicano de arrabal, un ratón cubano y un gato majo) y otros personajes de Hanna-Barbera nos hacían reír con sus locuras. Tom y Jerry lograban, sin decir una sola palabra, revolcarnos a carcajadas con su eterna pelea. Ya más en la noche, explorábamos otros mundos con "Perdidos en el Espacio" o "Viaje a las Estrellas" (ahora recordada con su nombre en inglés "Star Trek", declarándome yo públicamente trekkie fuera del clóset), o las profundidades del océano en "Viaje al Fondo del Mar". "Tierra de Gigantes" o "El Túnel del Tiempo" nos mostraban cosas y situaciones inverosímiles de manera muy emocionante.

En la noche los adultos veían "Ironside", "Los Invasores", "La Mujer Policía", "Patrulla Juvenil", "Cannon", "Kojak" y otras series ya no tan de chicos porque salían temas de homicidios, crímenes, violencia y esas cosas que no deben ver los pequeñines (al menos éso nos decían, pero cuando nuestros padres estaban fuera por ir a una visita o fiesta... ¿qué hacía uno? pues quedarse viendo la tele hasta las 11:00 de la noche o más tarde, viendo esas series, ¡y eran formidables!).

Pero también estaban los noticieros. Una generación creció viendo "24 Horas" con Jacobo Zabludovski, y de quien se podrán decir muchas cosas, pero por mucho tiempo fue un punto de referencia en la opinión de muchas personas, desde políticos hasta personas de la vida diaria. De sus filas salieron reporteros y periodistas que marcaron una época en el periodismo mexicano: Guillermo Pérez Verduzco, José Cárdenas, Ricado Rocha, Lolita Ayala, y nos acercó a voces como Jesús Hermida o Joaquín Peláez, inteligencias europeas que formaron parte de su equipo. Siempre recordaré la despedida de Jesús Hermida al término a su comentario, con su voz grave y a la vez melodiosa, y su acento peninsular: "buenas noches y La Paz". Esa sencilla frase adquiría un significado especial si pensamos que era la época en que estaba lo más recalcitrante de la guerra de Vietnam.

Nuestra generación tuvo a Vietnam en sus casas en el noticiero de la tarde. Vio llegar al hombre a la Luna. Vio jugar a Pelé el Mundial que le logró a Brasil la Copa Jules Rimet de manera perpetua, y que después fuera robada en su museo sudamericano. Presenció la llegada de Pinochet al poder en Chile, con la sangre de Salvador Allende en sus manos y su conciencia. Escuchó de la BBC la crónica de la Guerra de las Malvinas. Fue testigo del nacimiento de la computadora personal y del surgimiento de Apple como una forma de vida. Tuvo la oportunidad de atesorar imágenes de la televisión en vídeocassettes, primero Betamax y luego VHS. Logró que la tecnología saliera de los laboratorios y las grandes empresas y llegara a cada vez más hogares. Tuvimos un Papa que trascendió el tiempo y se hizo parte de la vida diaria, y que pensamos que seguiría con nosotros hasta el fin de los tiempos. Disfrutamos a los Beatles y lloramos perder a John Lennon y a George Harrison. Vimos a Dalí en su esplendor y supimos que Andy Warhol le tenía mejores usos a las latas de sopa que solo guardar comida. Hicimos a John Travolta parte de nuestro imaginario bailando disco en una pista de colores. Nos dio a Peter Gabriel, a Phil Collins, a Kiss y a Metallica. Aprendimos que el mundo es una esfera azul y que somos materia estelar que ha tomado su destino en sus manos.

Los baby boomers nos precedieron, y nos siguieron la Generación X y los Millenials. Nos tocó terminar un siglo y empezar otro pero, a diferencia de nuestros abuelos y bisabuelos que vivieron una experiencia similar, nosotros cerramos un milenio y recibimos uno nuevo.

Cuando la televisión empezó a verse a color, éramos niños, tal vez entrando a la adolescencia. Nuestros hijos disfrutan y dan por hecho la pantalla plana, Internet, Wikipedia, Facebook, el teléfono inteligente (no digamos el celular). Han visto dos Papas en menos de 10 años y la Copa FIFA en el fútbol. Las laptops son material escolar y las tabletas son juguetes para entretener a los pequeños. Los autos están dejando la gasolina atrás para usar combustibles menos contaminantes, e incluso empiezan a aprender a manejarse solos.

Nosotros siempre entendimos como obvio el tener TV, como nuestros padres crecieron con el radio en sus salas y recámaras, y nuestros abuelos con el gramófono para escuchar música.

Cada generación hemos tenido motivos para considerarnos especiales. Privilegiados. Y de hecho lo hemos sido. Mi abuelo supo en su infancia del hundimiento de Titanic, y vivió la Segunda Guerra Mundial. Mis padres vivieron el surgimiento de la Unión Soviética como el gran villano, enemigo de la democracia y la muerte de John Kennedy y Martín Luther King. Si hacemos un recuento de los acontecimientos históricos que se han dado desde el inicio del Siglo XX hasta el día de hoy, veremos que la Humanidad, de manera vertiginosa, ha vivido y ha sido protagonista de una cantidad inmensurable de eventos, personas, logros y tragedias.

¿Qué vieron los padres de nuestros abuelos, o qué verán los hijos de nuestros hijos? La primera parte de la pregunta la responderían los libros de Historia. La segunda parte una bola de cristal.

Hay quien dice que su generación es la mejor de todas. Pero en realidad omnes generationes han sido por igual, oportunidades para que la Humanidad crezca y sea mejor, pero también espacios para dejar ver lo peor que el Ser Humano puede hacer para sí mismo y para todo lo que le rodea.

Lo saludable es saberse de su generación y saborear esa conciencia. No aspirar a buscar la juventud ya pasada ni a repetir las experiencias de la adolescencia. Hace mucho que llegamos a la edad en que  la calma es lo sensato, y el ruido estridente una molestia. Pero tampoco caer en la depresión del que piensa que la vida no tiene ya nada que ofrecer. El justo medio es la mejor muestra de madurez que uno puede dar, para sí mismo, y para todos lo que forman parte de nuestro alrededor.

Reflexiones sobre la vida que uno hace cuando se está en el exterior.


23 mayo, 2016

Ya un año...

Cuando uno vive en el exterior, los ciclos representan una gran parte de nuestra vida. El inicio y el final de una etapa siempre dejan una marca imperecedera.

Y el recuerdo de esa transición adquiere un significado especial.

Así pasa con el primer cumpleaños, el primer aniversario de matrimonio o del fallecimiento de un ser querido. Son fechas que se dan una vez en la vida y que, por su significado, les damos un espacio especial en nuestras vidas.

Para nosotros, el primer año en un nuevo lugar siempre tiene un sentido particular. Si bien es cierto que no es la primera vez que recordamos el haber llegado a una nueva adscripción, cada principio es eso: un comenzar de nuevo en un nuevo sitio, con nuevos nombres, nuevas costumbres, nuevos lugares que conocer y comprender. Así fue en China, cuando llegamos en agosto de 1994, o en California en febrero de 2000, o en Albuquerque en septiembre de 2004, o en Texas en agosto de 2008, o en México en agosto de 2011. Todas esas fechas tuvieron un primer aniversario, un recordatorio de que habíamos salido de una ciudad que nos había recibido hospitalariamente, y que habíamos llegado a otra, que nos daba la bienvenida del mismo modo.

Una vez más llegamos a ese momento. Este mes cumplimos un año de haber llegado a Canadá.

Y, como en las veces anteriores, la salida de nuestra anterior sede no fue fácil, especialmente porque fue la primera en que no salimos todos juntos. Fue la primera vez que rompimos la formación para empezar esta nueva etapa. Como recordarán, tuve que salir antes por haber sido notificado de mi nombramiento en marzo, y con sesenta días para presentarme a trabajar, mayo era la fecha límite para llegar a Leamington. En todos los traslados anteriores, las fechas permitían que, al terminar el ciclo escolar de los chicos, pudiéramos levantar casa y tomar camino. Ahora no.

Y casi al límite del tiempo, un día antes del Día de las Madres, tuve que tomar el avión para Canadá. Yo solo. Delia y los chicos quedaban atrás para que completaran la escuela e hicieran los preparativos para seguir a la segunda etapa del traslado. Pude regresar brevemente a principios de julio para ver a la familia, empacar la casa, y regresar a Ontario para preparar el viaje del resto de la familia, Agatha incluida, por supuesto, a Windsor, en donde viviríamos, y en donde actualmente está nuestro hogar.

De eso hace ya todo un año. De ese día en que, a mediodía, iba yo al aeropuerto a tomar un avión a empezar la aventura de ser titular de una oficina. Un anhelo acariciado por mucho tiempo y que representaba el gran salto en mi carrera. De recibir las instrucciones, a darlas. De cumplir decisiones, a tomarlas. Después de casi 25 años en el Servicio Exterior, ya era tiempo.

Me ofrecieron Leamington, una oficina pequeña, dedicada principalmente al Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales (PTAT) con Canadá. No precisamente la joya de la corona, pero un mando al fin. La mejor forma de empezar a curtirse en las lides de ser titular. Acepté la oferta sin titubear, Era ahora o nunca.

Un año después, Essex County, o como lo manejan acá, Windsor-Essex, es un territorio idóneo para desarrollar la creatividad del mando. Es cierto que hay días en que no pasa mayor cosa, es uno el que debe negociar una parte en la acción, ser uno el que mueva la maquinaria para que funcione. Lo más cómodo sería que fueran cuatro o más años de vacaciones, pagadas por el erario público, sin hacer nada mas que ver que nuestros trabajadores no se metan en problemas y que sus empleadores los traten conforme a las reglas. Simple, ¿no? Eso, claro, si no tuviera más aspiraciones que disfrutar del pomposo nombre de "Cónsul de México", la tarjetita ostentosa y esas cosas.

Sin embargo, un cónsul no puede darse el lujo de quedarse en la comodidad de su escritorio, leyendo las noticias "para mantenerse informado sobre las actividades de la circunscripción" y firmando papeles de rutina. Hay quienes lo hacen, y se les conoce como "mediocres".

Y no me incluyo en esa lista. Faltará experiencia, pero no interés.

Este año ha servido para que pueda aterrizar ideas con las que llegué a Leamington. Uno aterriza con ganas de comerse al mundo, como un adolescente que cree que se las sabe de todas, todas. Pero la experiencia y la realidad del día a día hacen que se vean las cosas con ojos más objetivos, que se tenga un panorama de lo que se puede y lo que no se puede hacer. Resulta absurdo desgastarse en lo que no tiene sentido intentar, por carecer de los recursos o por resultar irrelevante para la presencia que se quiere lograr. Se aprende a escoger las batallas, como me dijo un jefe anterior.

Resulta curioso que uno sea al que se dirigen para hacerle las preguntas, para consultar los temas, o de quien la tropa espera una línea de acción, Es muy cómodo seguir instrucciones. Es más difícil darlas. Es hacer uso de la experiencia, del ingenio, del sentido común, del conocimiento adquirido, de todo lo que se tenga al alcance de la mano para dirigir la nave y a su tripulación. Ya no hay esa relativa desidia de decir que "son instrucciones del jefe", es ahora uno el que es el jefe, el que da las instrucciones, y que espera que se cumplan.

La familia ha tenido que pagar ese precio de aprendizaje, de diferente manera.

La casa... la escuela... un entorno nuevo al que hay que acostumbrarse. Ya no está la tienda de la esquina para ir a comprar un antojo en la noche, o ir a Coyoacán un sábado para tomar helado en Tepoznieves o un "tatuaje de henna" para hacer algo divertido y diferente. El ir a Oacalco ya era una idea fuera de de nuestros planes. Mucho de lo que era nuestra rutina estaba perdido. Ahora tocaba crear una nueva. Ahora es ir al mall o a Michigan para ver algo diferente, Tal vez ir a Toronto, y con planes para ir a las Cataratas del Niagara. Conocer gente nueva. Salir poco a poco del capullo protector de la casa y aventurarse en el exterior: con los nuevos amigos, con nuevas actividades, conociendo lo que ahora nos rodea: ya no es el eje vial, las luces de las patrullas a medianoche, el retumbar de la calle al paso de los camiones pesados. Ahora es la tranquilidad absoluta afuera de la casa, el clima nuevo: del calor sofocante de agosto al frío bajo cero del invierno, los días de luz casi interminable del verano y las noches prolongadas de diciembre y enero.

Como todo inicio, no ha sido ni fácil ni gratis. Todavía se extraña lo que quedó atrás. Las comparaciones no se hacen esperar, y este lado todavía sale perdiendo en contra de México. Si bien hay muchas y nuevas cosas que podemos tener, conseguir u obtener, la Patria sigue siendo el lugar más cercano en el imaginario de nuestra familia. Ya el tiempo nos mostrará todo lo que Canadá nos puede ofrecer. Es cuestión de tener paciencia y dejar que el tiempo transcurra día a día.

Feliz primer aniversario en Canadá, familia Bernal Cabrera. Y feliz primer aniversario de esta nueva etapa, querido lector o lectora. Y vienen muchos aniversarios más.

El tiempo que marca nuestras vidas, cuando nos encontramos en el exterior.


18 marzo, 2016

"Estaban los tomatitos..."

Cando uno vive en el exterior se tiene la oportunidad de acercarse a los temas que son de profundo valor en donde a uno le toca vivir. Y uno encuentra toda suerte de personas, animales o cosas que para un cierto lugar tienen un valor moral, histórico o legendario que nunca debe tomarse a la ligera.

Acá en Leamingotn son los tomates.

Como lo platicaba recién a mi llegada a Canadá, la zona de Leamington y el sur del condado de Essex son de corte agrícola, y uno ve invernaderos para el cultivo de legumbres, flores, algunas frutas.

Y tomates.

El tomate ha sido una pieza fundamental de la economía y la cultura de Leamington. Se pondera, hasta la fecha, como la "Capital Canadiense del Tomate", y a mucha honra. Y para muestra:


             (Fotos de Google Images, pero sí existen, yo los he visto decenas de veces acá)

La historia del romance entre Leamington y los tomates es antigua. La mejor referencia es de principios del Siglo XX, en que la fábrica de salsa catsup (o ketchup, como deseen llamarle) Heinz, abrió una planta para procesamiento de tomates y obtener pasta, la que se utiliza en salsa y en otros productos. La producción de salsa catsup empezó en 1910, aunque la planta se abrió el año anterior, pero inició con pepinillos. El caso es que la empresa comenzó a comprar cosechas enteras de tomates de granjeros locales, y pronto muchos agricultores se centraron en esta fruta, generando una gran derrama económica y una economía estable, a la escala de este pequeño poblado.

Fortunas se crearon y generaciones enteras vivieron de la fruta roja. Claro, se siguieron dando las granjas de espárragos, de pepinos, los viñedos, los invernaderos de flores, y otros cultivos que tenían su propio mercado y su propia existencia. Ahora que menciono lo de invernaderos, cuando surgió esta tecnología, los tomateros la aprovecharon e hicieron posible que se tuvieran cosechas en casi todo el año, sin importar los climas extremos que se dan en estas latitudes.

Y el paisaje a las afueras de la pequeña población de Leamington se cubrió de campos de siembra e invernaderos para generar productos para vender a la gran planta que, por cierto, llegó a ser la segunda más grande de Heinz a nivel mundial.

En 2013, la ciudad de Leamington celebró esta sociedad con una placa conmemorativa:


Lo irónico fue que, a los pocos meses, se anunció el cierre de la planta por políticas del empresario que recién acababa de comprar la marca y que, con objeto de optimizar la producción, decidió cerrar plantas y reubicar la producción de Heinz a nivel mundial. Fue una decisión que nadie comprendió y que sí fue el desplome de granjas y granjeros, al perderse el principal comprador de tomate en la zona. Muchas granjas cerraron, otras tuvieron que cambiar a otros cultivos para sobrevivir, y la planta se convirtió en un gigante muerto, y todos a su alrededor sufriendo el dolor de su desgracia.

Sin embargo, una luz de esperanza brilló cuando un grupo de granjeros empresarios de Leamington decidieron recuperar la planta y darle nueva vida. Y así surgió Highbury Canco, quien tomó las instalaciones y empezaron un lento arranque y una nueva etapa para los edificios y máquinas y, sobre todo, para los tomateros de esta población.


Hoy la planta sigue contratando trabajadores y comprando las cosechas de tomate, tal vez no en la misma capacidad de la época de Heinz, pero de manera sostendida, y logrando que, en cosa de dos años, la planta volviera a ser activa y pudiera poner la pasta de tomate de Leamington en el mercado. Resulta curioso ver el escudo de la nueva empresa en el puente del fondo y la chimenea con el nombre del propietario inicial de esa planta...

Sin embargo, la historia no acaba aquí.

Hará cosa de unas tres semanas, una publicación en Facebook causó revuelo en la región: la pasta de tomate que se usa para hacer salsa catsup French's (marca que es más conocida por su mostaza) provenía de Leamington, a diferencia de Heinz, que la obtenía de otras partes. Eso desató una campaña para que todo el mundo en Canadá se abocara a comprar salsa French's para impulsar la producción de una empresa orgullosamente canadiense. La campaña en redes sociales creció al grado de que se propuso que en la cafetería del Parlamento de Canadá se retirara la salsa Heinz y se reemplazara por French's.

Artículos fueron y vinieron, desde reportajes hasta editoriales. La tinta que se ha derramado con este tema ha sido de todos colores y sabores.

Al final, el encargado de la cafetería del Parlamento tomó una posición conciliadora, explicando que, si bien French's hacía salsa catsup con tomates de Leamington, Heinz hacía otros productos de tomate con frutas de nuestra población, dando espacio a todos en beneficio de todos.

Pero no acabó aquí la controversia.

Una importante cadena canadiense de supermercados tuvo la brillante idea de retirar la catsup French's de su lista de productos por causas internas. Y probablemente no hubera pasado a mayores si no fuera por el hecho de que un empleado "filtró" una copia de un memorandum  interno, a los medios, en que se dictaba la instrucción. En un ambiente caldeado de nacionalismo y pasiones encendidas, esta nota sirvió para revivir la controversia de la salsa de tomate. La cadena explicó que, efectivamente, se había pensado en esa medida porque las ventas de salsa French's afectaba las de su propia marca, y eso iba en perjuicio de la misma empresa. Sin embargo, como una forma de apoyar a la industria de Leamington, se suspendería la orden y se volvería a abastecer de salsa French's a los estantes de sus tiendas, y que esperaba que el ímpetu de los medios se reflejara en ventas.

Una editorialista del "Windsor Star", principal periódico de esta zona, lo explicaba como que no era sólo una cuestión de salsas, era la industria agrícola canadiense la que era el tema de fondo. La salida de Heinz había sido un duro golpe para Leamington, y que había costado grandes sacrificios y esfuerzos el poder iniciar el camino hacia la recuperación. Una comunidad que es el reflejo de una economía que requiere fortalecerse con el apoyo de los consumidores canadienses que compren productos elaborados con materia prima de Canadá.

Como la salsa catsup de French's.

Lo más irónico para mí de toda esta historia es que un día que fui a un supermercado de acá, lo que encontré en la parte de frutas y verduras fueron... tomates mexicanos:


Y de ésto, y de mucho más, le toca a uno vivir desde el exterior.

21 febrero, 2016

Gratitud

Cuando se vive en el exterior, se tiene la oportunidad de contemplar la vida desde una perspectiva diferente.

En la Patria se tienen muchas cosas por sentadas: familia, herencia, tradiciones, amigos, el pasado, el presente, el futuro. De alguna manera, se tienen todas las respuestas a todas las preguntas, aun las que no se han formulado todavía.

Cuando uno cambia el entorno, la visión cambia, se está en un contexto nuevo, diferente, tal vez hostil, pero siempre con la posibilidad de enriquecernos, fortalecernos, y hacernos que la experiencia sea de crecimiento y mejora. Cuando se está fuera por un trabajo, por los estudios, por supervivencia, o por la razón que sea, es ser transplantado a un nuevo territorio. La ciencia es que uno pueda soltar raíces en ese nuevo terreno.

Este cambio de punto de vista permite, si uno es consciente del entorno que le rodea, que uno ha logrado mucho de lo que se tiene (material, espiritual, sentimental, o de lo que sea) con la ayuda, intercesión, colaboración, apoyo, consejo, o mera presencia,de alguien más. Y no es que esté negando el mérito de lo que uno hace, ¡claro que no! Pero no olvidemos que no estamos solos en este mundo, ni somos la última coca-cola del desierto. Efectivamente, uno se esfuerza a brazo partido para lograr sus objetivos: el mejor puesto, la atención de la chica especial, los boletos del juego del año, ahorrar para las vacaciones de ensueño... y así podría seguir la lista.

Pero siempre un consejo a tiempo, el hacerle ver a uno algo que se había pasado por alto, una palabra de aliento, una cita, una corrección útil en esa carta, todas esas cosas y situaciones, grandes y pequeñas, y que surgen de alguien ajeno a nosotros, pero que se interesa en nuestro bien y en nuestro éxito, son los detalles que hacen la diferencia.

Estas actitudes las esperamos y las pedimos a los amigos, pero también las recibimos de buenos compañeros de trabajo o de escuela, vecinos, colegas o gente que pasa por nuestro camino de manera efímera. Cuando una intervención así se hace de buen corazón, con el deseo de dar un bien, son la pieza que falta al rompecabezas.

Y si uno es justo, lo correcto es agradecer ese apoyo recibido en el momento justo. A veces se da con un simple "gracias". Otras veces somos un poco más espléndidos, a veces por convicción, a veces por conveniencia (hay que admitirlo), y ofrecemos una comida, o un regalo. Pero al menos tenemos el modo de demostrar esa gratitud.

Hay veces en que, por las circunstancias, ese agradecimiento se queda atorado en la garganta, o se pierde en el ruido de la calle o entre la gente del elevador. No es el caso el emprender una cruzada para buscar a todos y cada uno de esos "gracias" que no pudieron llegar a su destino. Pero si tener un pensamiento de gratitud para quien nos ayudó en ese momento, sea uno de los nuestros o un perfecto desconocido.

La gratitud es algo que, a veces, escapa de nuestra visión por estar tan sumergidos en la vorágine de la vida diaria. A veces damos los servicios de la gente como algo que se da por obligación, como el dependiente de un mostrador o el mesero de un restaurante. Pagamos por su servicio y tiene el deber de atendernos de manera amable y oportuna. Nuestro asistente o el subordinado en el trabajo debe de atender a nuestras instrucciones y cumplirlas a cabalidad, para eso recibe un sueldo.

Todo eso es cierto pero... ¿no es lo correcto dar las gracias? A uno se le educó en que "dar las gracias, perdir permiso y pedir perdón, son señal de buena educación". Pero nunca nos dijeron que el dar las gracias estaba sujeto a si nos agradaba la persona, si era bonita, con una buena cuenta de banco o favorecía a nuestros intereses. Era simplemente decir "gracias", sin importar el aspecto o la condición de quien nos había ayudado.

La gratitud suele tomar unos cuantos segudos de nuestro tiempo, pero a veces nos toma gran parte de nuestra vida, cuando la persona con quien tenemos esa deuda de gratitud no está cerca, porque el curso de la vida nos separó, porque ya no está en este mundo, o porque tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que teníamos ese agradecimiento pendiente.

Amigos de infancia, gente que pasa en la escuela, la universidad, el trabajo, pero que tuvieron una presencia temporal, que no fueron nunca del grupo de amigos y colegas que hemos subido a nuestro tren de la vida pero que, por azares del destino, tuvieron alguna participación en nuestro devenir. Gente que probablemente nunca volvamos a ver pero que, en un "twist" del destino, pueden regresar a nuestro sendero inesperadamente, y es ahí donde, si uno tiene buena memoria en la mente y en el corazón, puede uno saldar esa deuda no cubierta.

A final de cuentas, nuestra mayor deduda de gratitud es con la vida misma. De ella hemos recibido todo: lo bueno y lo no tan bueno, las risas y el llanto, la boyanza y la carencia, la experiencia y la ingenuidad.

Es muy sencillo echarle la culpa a la vida de nuestras malas decisiones o de las consecuencias de nuestros actos o de los de otros que nos afectan. Lo que no vemos es que la vida es una masilla, una plastilina, que nosotros moldeamos. La vida nos da las oportunidades para ser exitosos y prósperos, y no necesariamente en el aspecto material o financiero. El éxito es el aprecio de los que nos rodean; el poder satisfacer nuestras necesidades básicas e, incluso, poder lograr algo adicional; el lograr un trabajo que nos de una honesta y decorosa manera de ganar el sustento y, si hay un excedente que podamos aprovechar en el placer, poder hacerlo sin cargo de conciencia.

La riqueza no es sinónimo de éxito, El que la logra a fuerza de ser deshonesto, traicionar gente e institucones, y haciendo uso de malas artes, no la disfruta del todo por el temor de ser descubierto o castigado, o por el cuidarse de quienes fueron afectados por su actuar y poder escapar de su ira y su venganza.

Y no es que quiera dar un sermón moralista. Es un mero hecho que hemos podido atestiguar de una manera u otra.

La vida no es que sea buena o mala, es lo que uno haga de ella y con ella. Pero también nos ofrece las oportunidades para ser mejores, para alcanzar nuestros anhelos y, al final, todo lo que generosamente nos da.

Hace años Violeta Parra, una compositora chilena con un alma atormentada, pudo encontrar casi al final de su vida, las palabras adecuadas para expresarle a la vida su gratitud por todo lo que había recibido, Sin embargo, su canto quedó para nosotros, ya que ella decidió terminar su existencia.

Y adquiere un mayor significado cuando alguien ya cercano al ocaso de su vida, retoma esa canción con el espíritu original con el que fue creada: el agradecer a la vida lo que se recibió de ella. Pedro Vargas, un famoso cantante mexicano, con su privilegiada voz de tenor, la grabó ya de edad avanzada. Esta es esa grabación, espero que la disfruten.



Y esta es la letra de esta bellísima canción.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre (la mujer) que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y día grillos y canarios
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos
Y la voz tan tierna de mi bien amado (amada)

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él, las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano
Y luz alumbrando la ruta del alma del (de la) que estoy amando

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro el bueno tan lejos del malo
Cuando miro el fondo de tus ojos claros

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto

Gracias a la vida, gracias a la vida


Yo debo agradecimiento a mucha gente. Con algunos cumplo esa deuda día a día. Otros son asignaturas pendientes hasta que se dé la oportunidad de reencontrarme con esas personas y expresarles mi gratitud. Otros ya no están aquí para decirles lo mucho que hicieorn por mí en su tiempo. Me vienen dos nombres a la cabeza: Felipe Rodríguez y Federico Chávez que, donde quiera que estén, sepan que les debo mucho y que les agradezco que hayan estado en mi vida en su oportunidad.

Gracias a Delia, que ha estado conmigo desde el principio. Sin ella desconozco cual hubiera sido el derrotero de mi existencia. Su visión y experiencia, su ingenuidad y su sencillez, su cultura y su concimiento, son algunas pequeñas muestras de la magnitud de ser humano que me dio la vida para ir por ella.

Gracias a ti, lector o lectora, que me sigues acompañando en estas jornadas de charla entre amigos sobre un poco de todo. Tu compañía hace que este ejercicio sea algo que vale la pena hacer en cada entrega. Como me comprometí al principio, buscaré siempre no defraudarte.

Gracias a todos y a todas.

Un gesto de justicia y honor que se toma y se retoma cuando uno está en el exterior.

01 febrero, 2016

La nota la tiene Silvana Galván...

Cuando uno vive en el exterior, se tiene la oportundad de conocer a mucha gente, de las más diversas actividades.

A veces como parte del trabajo, otras como nuevas amistades, incluso por casualidad.

Y lo mismo son celebridades, que el vecino de la casa de al lado. Todos, por igual, son oportunidades de encontrar nuevas e interesantes personalidades.

En mi línea de trabajo uno conoce a líderes de opinión, a gente de la comunidad, a políticos, a industriales. Y a gente trabajadora, amas de casa, estudiantes, choferes, empleados de oficina...

Y a quienes le temen muchos de mi gremio: la gente de los medios...

Todos sabemos que una declaración descuidada, una opinión no pensada, una ambigüedad, todo puede ser usado por los medios. A veces para bien, pero también para mal. Todo sea por sacar la nota del día. Y no es que los reporteros y reporteras le tengan tirria a uno (aunque nunca falta algún rencoroso), ellos siguen la nota que pueda ser más atractiva a la Mesa de Redacción. Y, por desgracia, no es siempre el logro, o la noticia positiva. Nuestra morbosidad (si es que así se dice) vende más que la satisfacción del éxito obtenido. Lo escuchaba de un reconocido periodista mexicano hace poco tiempo: un medio con solo buenas noticas, saldría de circulación en pocas semanas. Vende más el Chapo que el equipo de la UNAM que ganó la Olimpiada de Robótica.

Sin embargo, no todo es tan tétrico en el panorama periodístico. Me ha tocado conocer reporteros y periodistas que son gente mesurada que buscan, por igual, lo bueno y lo no tan bueno de una nota. De todo hay en la viña del Señor. Gente seria de los medios que saben dejar claro, antes de una entrevista, que la razón de las preguntas más álgidas son para dar a la Opinión Pública la información que merece, no es por fastidiarlo a uno, pero cuando el tema es espinoso, hay que tomarlo por las espinas más puntiagudas para llegar al fondo de la noticia. Yo veo eso como una actitud profesional y objetiva. Uno no tiene la culpa de las noticias delicadas, pero es uno el que tiene que dar la cara al medio para resolver sus preguntas y su necesidad de conocer todos los detalles.

Debo decir que mi experiencia personal con gente de los medios ha sido, en general, positiva. Salvo un caso de un comentarista que me emboscó al aire con preguntas que cuestionaban el trabajo de la oficina en que yo estaba en esa época, sin ser el tema de la entrevista, los demás comunicadores con quienes he interactuado han sido profesionales de primera línea. Y les agradezco su cuidado en que la nota en la que yo participaba fuera de calidad, con contenido útil para el público y con verdadero valor periodístico.

Nombres como Nancy Leal, Ana María Vargas, Claudia Torrescano, Carlos Tamez, Norma García, Angel Pedrero, son sólo algunos de esos distinguidos comunicadores.

Sin embargo, hace unas pocas semanas me tocó conocer una reportera que ha sido pionera en su campo y que, por azares del destino, coincidimos en un evento de la forma más disímbola.


Silvana Galván.


Todo se dio en una comida oficial en Palacio Nacional, en la Ciudad de México, a la que me tocó asistir. La anunciadora designada para llevar el desarrollo del evento tenía una voz agradable y cordial. Y sucedió que la mesa en que me asignaron, quedaba cerca de donde estaba la anunciadora. El caso es que quedó un lugar disponible en nuestra mesa, ya que no llegó un invitado, y pidieron que la anunciadora ocupara ese espacio. Platicando con ella, resultó que su nombre me era familiar de los tiempos de la TV de los 80's del Siglo XX, y la recordaba con una de las voces institucionales de Canal 13. Era Silvana Galván.

Conversando durante la comida, pude enterarme de que la trayectoria de esta reportera y periodista era mucho más que la de una simple anunciadora (y no es que sea poca cosa, pero los logros que ella consiguió para las mujeres en TV son mucho mayores que esta sola actividad). Silvana fue la primera reportera de deportes que tuvo el Canal 13, en una serie que hicieron con motivo de una Copa del Mundo, y que fue "Los Protagonistas". Ella fue la visión de las esposas de los aficionados que iban al evento, que no estaban por su pasión por el futbol, sino mas bien para visitar un país en donde se jugaba la Copa del Mundo, y las entrevistas y reportajes que hizo en esa oportunidad, bajo esa visión, le dieron un punto de vista diferente, innovador y divertido a las transmisiones que presidía José Ramón Fernández.

Y así siguió la trayectoria y la conversación, hasta llegar a ese momento, en que trabajaba para el Centro de Producción de la Presiencia y que, en esa ocasión, le había tocado ser la anunciadora. Y he de decir que lo hizo con el aplomo de una profesional, máxime que, por distraerla con nuestra charla, casi pierde el cierre del evento, pero casi pierde también el discurso del Presidente, pero con gracia y elegancia, logró subsanar la omisión, considerando que el cambio del orden de las actividades de la comida se había dado pocos minutos antes del evento.

La secillez con que nos contaba sus peripericas en las Copas del Mundo o al cubrir otros eventos deportivos, hacían que Silvana Galván fuera una periodista merecedora de admiración, tanto por su trayectoria, como por la sencillez de su trato y de su charla. Eso hizo que un evento oficial fuera una velada con una persona verdaderamente interesante.

Ya para despedirnos, le pedí si aceptaba tomarse una "selfie" conmigo, y lo aceptó de buna gana y, creo yo, hasta con cierto halago, y yo la agradecí de verdad:



Entre las prisas de terminar el evento y de pasar a lo siguiente, cada uno en lo suyo, no fue la gran foto, pero para mí tiene un gran significado. Deseo que Silvana pueda ver esta entrega, un pequeño homenaje a la trayectoria de una pionera de la comunicación en México.

Experiencias que hacen que estar en el exterior adquiera un signficado especial.

20 diciembre, 2015

Otoño

                                                                      Diego A. Bernal
                                                                      "Fall"
                                                                      2006
                                                                      Técnica mixta

Cuando uno vive en el exterior se tiene la oportunidad de pensar y reflexionar de muchas cosas en la vida. Y, como he dicho en varias ocasiones en este mismo espacio, no es que uno no pueda hacerlo en la Patria. De hecho a veces estando en casa es cuando las circunstancias se le ponen a uno enfrente y le pegan en la cara como pastelazos de comedia. Es, simplemente, que el exterior es un medio relativamente estéril, ajeno a las presiones y circunstancias que lo moldean a uno. Es como un campo de laboratorio, libre de contaminación y elementos extraños, que permite que cualquier experimento pueda hacerse sin que sea alterado, adulterado o francamente contaminado.

Pensar en la edad de uno, por ejemplo.

La edad siempre ha sido un tema cáustico para hombres y mujeres, por igual. 

En el caso femenino, el paso del tiempo implica la belleza y la pérdida de ella en favor de las arrugas, la piel flácida y los demás efectos de la gravedad, Mujeres que en su juventud eran seres atractivos y que robaban las miradas de admiradores masculinos por doquier, al paso de los años se convierten en señoras "maduras", con voz rasposa, ojos con "bolsas", piel manchada de pecas, y la figura escultural se deteriora hacia el volumen o hacia los huesos, dependiendo del caso. Y de la estampa de revista de caballeros se convierte en anuncio de Chocolate "Abuelita".

Pero... No olvidemos que hay quienes se aferran a su belleza fugaz, y hacen uso de todos los medios a su alcance de botox, cirugías, liposucción, logrando convertirse en caricaturas grotescas de lo que alguna vez fueron, con sonrisas que parecieran de "rigor mortis" a fuerza de estirar la piel de la cara hasta extremos absurdos. Pero el cuerpo y la naturaleza no conocen ni aceptan esas falsedades y, de una manera u otra, desenmascaran la charada de la piel tersa y la edad que no se aparenta. Manos con arrugas o manchas, cicatrices de cirugías, o intervenciones fallidas que solo generan semblantes que rayan entre la comedia y la tragedia.

Y los hombres no nos quedamos atrás. La vanidad no es prerrogativa exclusiva del género femenino. ¿Se acuerdan de Narciso? El ser mitológico que termina enamorándose de su propia belleza varonil, al punto de morir por estar en perpetua contemplación de ella? Uno busca seguir siendo "carita" (término que usamos en México para describir a los hombres guapos y que roban los suspiros de las chicas a su alrededor) y hace todo a su alcance para lograrlo. Aparte está el factor de la virilidad y de poder demostrar que uno es efectivo en la cama, y eso se logra con chicas jovenes, a veces de la mitad de la edad de uno, pero con sexualidad a todo vapor.Y los hombres se pintan el pelo, van al gimnasio (o "gym" como se el dice ahora para verse más sofisticado por ser anglicismo) y logran conservar figuras atléticas, frecuentan bares y lugares de los más jóvenes, en busca de jovenciatas para seducir y demostrar que siguen siendo "hombres", como en sus tiempos mozos. Al final solo logran hacer el ridículo porque no pueden negar su edad y no pasan de ser "viejos verdes", o la burla de las muchachitas que saben las crisis existenciales de esos vejetes y sacan partido de ellas.

La edad no se detiene. El reloj sigue su marcha, queramos o no.

Habemos (y orgullosamente me incluyo) quienes asumimos la edad que tenemos. No puedo negar mis 24 mayos... Los llevo con toda dignidad.

Bueno... son un poco más de 24... digamos 53 acercándose rápidamente a 54.

Y no niego mi edad. De hecho me encanta presumirla. Y la barba ayuda a reforzar esa imagen de madurez. Hay quienes dicen que si me rasuro me veré más joven, y yo bromeo que si lo hago me pedirán identificación para comprar alcohol y tabaco, Alguien cercano me dijo alguna vez que por qué no me pintaba la barba, ya que ya tenía manchas de canas. Y yo contesté airadamente que ¡jamás! que yo era de esta edad, y estoy feliz con mis canas. Mi trabajo me ha costado tenerlas, y no las voy a ocultar en pintura viscosa para verme más falso que un billete de cartón del juego de Turista o de Monopolio.

Ustedes me acompañaron cuando llegué al 5-0 (y me recuerda una serie policíaca de mi infancia: Hawaii 5-0. ¿Los de mi generación de acuerdan de McGarret?). Lo hice un momento de reflexión sobre el pasado y lo que aspiraba para el futuro... el camino hacia adelante, como era el título del libro de Bill Gates cuando dió a conocer Windows 98. A fines de los 90's.

Lo puedo decir porque me consta... no por haberlo googleado.

Las nuevas generaciones aprovechan cosas que ya dan por sentadas. Como Google. Nosotros todavía íbamos a bibliotecas para obtener información. Nos tocó la transición de la información escrita a la digital. Del libro a la ficha en Wikipedia. Mis hijos no se imaginan la vida sin Internet, como nosotros no imaginamos la vida sin TV. O nuestros padres sin radio. O nuestros abuelos sin electricidad. Y así podríamos seguir la secuencia hasta llegar al principio de los tiempos.

El avance de los tiempos.

Pero hay quienes se revelan a este avance inexorable. El otro día, mientras hacía cola en el banco, antes de salir a Canadá, escuchaba a dos amigas platicar. Desconozco de dónde surgió el tema o el motivo del comentario, pero una de ellas le decía a su amiga: "¡Es que me niego a envejecer!". Debo de decir que, quien dijo esta airada súplica, se veía en sus medios 40's y todavía de "buenos bigotes", como se diría en mis tiempos. Considerando eso, se podría entender ese aferrarse a su juventud. Imagino que se deseaba todavía atractiva, aun cuando estuviera en sus 60's, con la energía y el empuje de una edad menor. Supongo que era de las que se comparan con chicas de menor edad, tal vez en los 30's, con ciertos celos por esa juventud que las dejó atrás.

Sin embargo, lo irónico es ver a hombres y mujeres que, sin artificios ni ornamentos innecesarios, logran envejecer de una manera digna, representando la edad que tienen o, al menos, no disimulan el natural avance de la edad en sus cuerpos. Hombres y mujeres que cambian la belleza por la elegancia, el porte y la distinción o, ¿por qué no decirlo? la hermosura de la madurez. A veces el contemplar el cuerpo de la gente de edad avanzada dice mucho más que el de una reina de belleza, ya que esa visión nos relata una vida con toda suerte de anécdotas, algunas bellas, otras dolorosas, pero todas como piezas del rompecabezas de la existencia.

Es ver como se acerca el otoño de la vida o, como hubiera dicho mi abuelo. el atardecer de nuestro gobierno. La ciencia es saber recibirlo como el natural curso de nuestro paso por este mundo. El tratar de esquivarlo aveces trae terribles consecuencias. Tanto en la salud física, como en la emocional. El caso de la persona que, pensando que aun puede hacer grandes esfuerzos, intenta levantar algo pesado, y sólo descubre que la espalda y los músculos no responden igual que años atrás. O quien despierta del quirófano del cirujano plástico para descubrir un rostro descompuesto por un mal trabajo, y la belleza restante de la edad es ahora una mueca sardónica.

Las estaciones del año avanzan en su ciclo normal, y ese ciclo lleva a nuevas expectativas, diferentes metas para un mayor crecimiento de la persona. Ya no es ganar los 100 metros planos o ser la Flor más Bella del Ejido. Es tal vez aprender una nueva habilidad o retomar un pasatiempo o actividad que tuvo que suspenderse al empezar una familia o al ser absorbido por el trabajo. 

Recuerdo que alguan vez escribí sobre sentirse viejo como algo deprimente. Entonces tenía veintitantos años, y la lejanía de la vejez lo hacía ver como el darse por vencido. Con el doble de edad y una mayor experiencia, veo ahora el envejecer como algo natural, entendible, hasta cierto punto necesario. Es el curso normal de la vida. Es un destino al que todos llegamos, o al menos estamos dirigidos a llegar. Unos lo logran, otros se quedan en el camino. Nadie puede esquivar esa ruta, se puede alargar la llegada con una vida sana, feliz, que hace que uno crezca en edad pero que uno se conserve bien. A veces el que uno reciba un comentario así de otros puede ser un halago o un acto de buenos modales. Independientemente de lo bien que uno esté, uno se sienta o uno se vea, la edad sigue su curso. A esta edad, a la que tengo hoy, el porvenir sigue siendo interesante, prometedor, incluso un nuevo horizonte que estoy gustoso de alcanzar.

Reflexiones del último día de otoño, estando en el exterior.


30 octubre, 2015

Recuerdos

Cuando uno vive en el exterior y está en la labor de iniciar una nueva etapa, se enfrenta a algo inevitable: abrir las cajas del embarque, o menaje, con todo lo que uno acarrea desde el origen, y que se integrarán a este nuevo destino.

Cajas y cajas, llenas de papel de empaque... y de objetos que llevan consigo recuerdos y un significado. A veces grato, a veces amargo. La carga emocional de cada pieza del menaje es tan diversa como la vida misma. Y cada uno de los miembros de esta familia tiene su propio bagaje de objetos, y de recuerdos, y de vivencias.

Aparecieron cosas como dibujos de los chicos de cuando eran párvulos... o fotografías de lugares a los que habíamos ido años atrás... o recados de amigos en un momento difícil. Yo encontré los listones que identificaban los arreglos florales del funeral de mi madre, y fue regresar a ese interminable día de dolor, agotamiento, y emociones profundas. O una foto de mi padre conmigo en California, en el único viaje que hicimos allá antes de mi matrimonio.

Está la casa de muñecas de Rebeca, y de la que no se quiere desprender, aunque hace mucho tiempo dejó de jugar con ella, conforme su atención y su interés se fue a YouTube, a su teléfono y a la escritura y el dibujo. Hay balones rotos de Diego que tienen valor sentimental y que, por supuesto, no se eliminan. Yo encontré regalos de Día del Padre de diferentes años; así como cartas de Pilar, mi amiga española (¿recuerdan que platicamos de ella en este espacio,no hace mucho?); cartas de mi abuelo, un ejemplar de "El Conde de Montecristo" que él compró en 1921 y que yo conocí cuando viajé a Colombia en 1976 (¡sí, 1976!). Delia encontró revistas de juventud, fotos de China, y una marejada de recuerdos de tiempos y personas pasadas y presentes, cercanas y lejanas.

Al final, nadie sale con las manos vacías de esta labor de arqueología familiar y personal.

Y es llegar a la dura encrucijada de decidir qué se queda y qué se va... qué vale la pena que se conserve para que siga peregrinando por el mundo con nosotros, y qué ya cumplió su cometido y se le puede despedir, a veces con todos los honores, a veces con el desprecio de la deshonra. Es ahí en donde a todos nos tiemblan las piernas y el brazo para señalar algo y sellar su destino: el clóset o la basura o la caja de cosas para donar.

En todos nuestros menajes han quedado cajas cerradas, intactas desde nuestra llegada a ese lugar. Otras han tardado en abrirse, por una cosa u otra. En Dallas la última caja de ese menaje se abrió un año después de nuestra llegada. En el caso de la Patria, quedaron casi una docena de cajas en la azotea sin abrir.

 Pero al final lo que hace que un libro sea algo más que un paquete de papel untado de tinta es el valor que le damos por encima de otros. Los muñecos de peluche que tiene Rebeca en las repisas de su cuarto no son más que tela peluda y relleno, pero para ella son sus acompañantes en la ruta de la infancia a la adolescencia. Tal vez los tenga ahora en una bolsa en la bodega, pero cuando los llegue a necesitar para encontrar el tipo de consuelo que ni sus padres ni su hermano le puedan dar, ella sabe que ahí están.

Eso es lo que da razón de ser al menaje de casa: todas nuestras pertenencias y lo que va en ellas como accesorio indispensable: las vivencias, los sentimientos, las risas, las lágrimas, las esperanzas, las frustraciones... todo en la forma de libros, juguetes, y objetos tan dispares como un pisapapeles, una corbata, una cartulina con garabatos. Objetos que llegaron a nuestras vidas como regalos, como reconocimientos, como aquello que sedujo nuestros ojos y nuestro deseo de tener eso tan especial... Su razón de ser no se mide por su utilidad o por su precio,sino por el valor estimativo, emocional, o sentimental que les damos.

Y ese valor nos transporta a momentos en nuestras vidas que están vinculados con esos objetos. A personas. A lugares. A hechos. A fechas. A recuerdos. A risas. A lágrimas. A alegrías. A tristezas.

A la manera en que éramos... A nuestros años felices...

Hubo una canción que hiciera famosa Barbra Streisand en los 60's, y que era el tema de una película que en inglés se llamó "The way we were" y en español "Nuestros años felices". De alguna manera toma ese significado y lo traduce en una hermos melodía, que la comparto con ustedes.

Barbra Streisand.- The Way we Were

Ya habíamos platicado de esto mismo en abril, cuando preparábamos nuestra salida. Sin embargo, sentí la necesidad de regresar al él en este momento de descubrimiento, o de reencuentro.

Temas recurrentes que uno vive cuando está en el exterior.