16 mayo, 2017

Rituales de transición

Cuando uno vive en el exterior, la vida no deja de seguir su curso. El lugar no detiene el tiempo. A veces nos hace más conscientes de su devenir o, al menos, nos ayuda a que no se nos olvide que el corazón sigue latiendo, que el sol sigue saliendo por las mañanas, y que el atardecer seguirá en el horizonte al final de cada día.

El paso de los años desde que ingresé al Servicio Exterior se ha ido mostrando en detalles de todos tipos: un poco más de cintura en uno, lo que hace que las tallas del pantalón tengan que crecer, so riesgo de que estemos entamalados en la ropa; las consabidas canitas que empiezan a platear la sien, como cantaba Gardel (¡y cada año canta mejor!); el que la música en volumen alto se empieza a sentir como ruido estridente, y así podría seguirme con esa lista de cosas que nos muestran que nos alejamos más de la juventud y nos acercamos más a la madurez.

El haber cumplido 25 años en el oficio ha sido un parteaguas, como dicen los políticos y los historiadores. Es el reconocimiento de la trayectoria que hemos logrado en este tiempo de servir fuera de la tierra de uno, y un rato de regreso, para volver a partir, como antes (y va de nuevo Gardel). Tiene un símbolo visible, que fue una medalla y un diploma firmado por la entonces Canciller:


Esperé esta condecoración por muchos años, y tenía la esperanza de que pudiera recibirla en una ceremonia en la Cancillería. La geopolítica se atravezó en la ruta y terminé abriendo un paquete en la valija diplomática en mi escritorio para poder tener el estuche y el diploma en mis manos. Ni modo. Así pasa cuando sucede, como dice Delia.

Son los rituales cuando uno se acerca al atardecer de su gobierno, como decía mi abuelo.

Pero hay otros que vienen del otro lado de la línea. Esos que se dan al inicio de la vida, cuando la persona empieza a dejar atrás la infancia y comienza a asomarse al mundo de la adolescencia, como antesala de la vida adulta.

En muchos de nosotros se manifiestan en momentos como el primer cigarrillo a escondidas en el baño de la escuela, o cuando se empieza a dibujar una sombra oscura en el rostro de los muchachos y que anticipa una barba o un bigote, símbolos de ser ya una persona mayor. Es también el empezar a usar prendas que no se tenían antes, como el sostén en las chicas. También en nuestra afectividad, como el descubrir el atractivo de las chicas o los chicos, el tomar a alguien de la mano y sentir un leve escalofrío de emoción, lo sublime de un primer beso, o la intensidad del sexo por vez primera.

Cada quien tiene su propia versión de esos rituales de transición, o en inglés "passage rituals".

También me toca ser testigo de esos rituales de transición. Y muy de cerca. 

Mis chicos se alejan de la infancia cada día. Rebeca ya llegó a la mayoría de edad que establece la ley, y Diego se acerca rápidamente a esa etapa. Cada uno está teniendo sus propias experiencias en esa transformación de vida.

En el caso de Rebeca ha sido en varios movimientos. El primero fue el que viajara por primera vez sola, es decir, sin nadie de la familia con ella; a un lugar desconocido y con gente que acababa de conocer, o que había visto antes, pero con quienes tenía un mínimo de contacto.

Resulta ser que la escuela de Reba promocionó un viaje a Europa para cuando estuviera en el último semestre de preparatoria, o High School como acá le dicen. La ventaja es que se pagaba en cómodas mensualidades, por cerca de año y medio, Por supuesto que tomamos la oferta y gustosamente pagamos (o nos cargaban a la tarjeta, que es lo mismo) lo del viaje. Al final, quedó listo el pago, luego fue renovar pasaporte, visas de Canadá y Estados Unidos (su vuelo saldría desde Michigan), equipaje, dinero que llevar para el viaje (ya saben: regalitos, antojitos, y todo lo que pudiera ofrecerse en el trayecto), una maleta adecuada, ropa cómoda y a la vez linda, en fin...

Llegó la fecha, fue dejarla temprano en la mañana en la escuela, para unirse al grupo de viaje. Escuchar las recomendaciones de los chaperones y coordinadores de contingente. Y llegó el momento de decir "¡te esperamos de regreso! ¡Cuídate! ¡Toma muchas fotos! ¡Diviértete! ¡Te queremos!", tratando de no usar el "adiós". Total, después de los abrazos y demás, abordaron un autobús que los llevaría al aeropuerto, y de ahí a cruzar el Atlántico.

A pesar de la tecnología, no hubo mucha comunicación. Así que, cuando llegó el día del regreso, fue ir ansiosos a recibirla en la escuela, el mismo punto de su partida. Al vernos, corrió a nuestros brazos y, en un mar de llanto, nos dijo lo mucho que nos había extrañado, lo mucho que había pensado en nosotros y su alegría de estar finalmente en casa. Ya más calmada, ahora sí en casa, fue empezar a platicar de las incidencias del viaje, de sus acompañantes, de los lugares que había visitado, y ahí la charla ya fue más animada, haciendo broma de las actitudes de otras de las chicas y chicos del grupo, o de algún momento del recorrido. Y todo regresó a la normalidad del muégano de familia que hemos formado.

El segundo momento no fue tan traumático. Al menos no para Rebeca, sino mas bien para los papás, léase Delia y yo.

Desde antes de su cumpleaños, Rebeca había dicho que quería un tatuaje, pero sin especificar qué figura había escogido. Cuando empezamos a hablar del asunto, lo tomábamos medio a broma y le decíamos que, cuando cumpliera los 18, entonces podríamos ver el asunto.

El tiempo siguió su ruta y, cuando menos nos dimos cuenta, ya Reba estaba apagando las velas de su mayoría de edad. Y lo hizo con decoración que era muy de su gusto:


Tal vez como preludio a lo que vendría unos pocos días después...

De hecho empezó el mismo día de su cumpleaños. Nosotros honramos nuestro compromiso, y fuimos a una casa de tatuaje que nos dio buena impresión. Platicacmos sobre la idea de Reba para su tatuaje: el logotipo de los Autobots, el tema de su mesa de cumpleaños. Y su deseo no era de ese preciso momento. Le tomó franco cariño a los Transformers desde hace mucho tiempo. Vió bastantes episodios de una de las series recientes, pero pudo ver historietas, o cómics como ahora se les conoce, de los tiempos en que surgieron los Transformers, alrededor de mis 18 años. Conforme iba conociendo más de los robots en disfraz, más crecía su pasión por ellos.

Precisamente pensado en que eran personajes de los 80's del Siglo XX, imaginamos Delia y yo que no tendrían mucha idea del tema. Cual fue nuestra sorpresa cuando el muchacho del mostrador nos dijo que, a su espalda, estaba un verdadero experto en la materia, y se volteó un hombre alrededor de sus 30's, robusto, de mediana estatura, y se levantó la manga de su camisa para mostrar un muy elaborado tatuaje de los personajes de ese programa. Delia abrió unos ojos de plato y empezó a decir en un susurro "¡omaigodomaigodomaigod!".

La idea de Reba no era algo tan sofisticado, pero cuando vió esa obra de arte en tinta, su emoción fue hasta el techo. Desgraciadamente, el artista ya iba de salida, pero se programó la cita para unos días después, justo al regreso del viaje de fin de año y de preparatoria. Al final fue, aparte de tener el tatuaje, una manera de subirle más el ánimo después de la experiencia del paseo por Europa.

Y el resultado, en mi opinión, fue sobresaliente:


Sin duda, Optimus Prime, líder de los Autobots, estaría más que satisfecho.

Y Rebeca lo porta con orgullo y alegría, preparando el camino hacia su carrera, cualquiera que sea, y a empezar a transitar el camino hacia ser un adulto.

Estas experiencias, pienso yo, forjan de una manera u otra el espíritu de Rebeca, y le darán elementos para comenzar ese pasaje. Sus rituales de transición siguen. Estoy seguro que, en su interior, ella sigue buscando el derrotero de su destino. Delia y yo, como sus padres y por el inmenso amor que le profesamos, estaremos a su lado para guiarla y acompañarla, hasta donde ella lo necesite. Después, ya será ella sola.

Luego será el turno de Diego, quien tendrá sus propios rituales, sus propias experiencias, sus propios aprendizajes. Y ya nos tocará acompañarlo en esa transición.

El privilegio de vivir el declive de la madurez propia, junto con el ascenso de la juventud.

La maravilla del tránsito de la vida frente a nuestros ojos, esta viviencia que nos toca ver desde el exterior.

09 mayo, 2017

Cuando la ayuda nos llega de donde menos esperamos...

Cuando uno vive en el exterior aprende a valorar la ayuda que se recibe. Lo mejor es cuando ese apoyo nos llega de los que, pensamos, serán los menos útiles a la causa.

En este oficio del Servicio Exterior hay diversas clases de asignaciones, comisiones, rangos y esas cosas. Ser parte de una estructura permite que haya un orden, una organización, funciones bien definidas, responsabilidades claramente asignadas. Me ha tocado crecer en esa estructura desde el nivel más bajo, hasta mi actual posición. No ha sido fácil, como también lo pueden decir muchos colegas del gremio. Hay que ganarse el rango y el puesto, y a veces ambos a al vez. Pero, como en todas partes, hay quienes reciben el rango, el puesto, o ambos, por obra y gracia de Mandrake. Y que piensan que, como por arte del mago de las tiras cómicas, el trabajo se hará con sólo chistar los dedos.

O al menos yo tenía esa idea, producto de las experiencias compartidas de colegas que ya tienen más tiempo que yo en la arena.

Sin embargo, también como en todo, no hay reglas rígidas ni principios escritos en piedra. Mas bien es la máxima popular que "De todo hay en la Viña del Señor".

Mi experiencia personal con estas agraciadas personas ha sido muy positiva. No me ha tocado lidiar todavía con esos inútiles que la fortuna pone en algunas oficinas y que, sabiéndose privilegiados, exigen prebendas, sin tomar en cuenta que tienen la obligación de cumplir una función. Me congratulo en decir que los funcionarios de asiganción extraordinaria que me han tocado en mis oficinas han sido de primera. Y lo han demostrado a carta cabal.

Y tienen nombre y apellido, y no tengo el menor empacho en citarlos: Jesús Contreras y Martín Torres. Ambos coincidieron conmigo en Texas.

Debo admitir que, al saber que iban a llegar a la oficina en que estaba entonces, había cierto recelo heredado de las historias que les comentaba más arriba. Aparte, sin conocer a ninguno de ellos, la imaginación crea toda suerte de historias. Con toda alegría puedo decir que estuve equivocado.

Ambos llegaron con pocas semanas de diferencia, y casi al mismo tiempo que yo. Para el Consulado General en Dallas era un cambio importante de equipo, ya que se ocupaba una oficina prioritaria, como era la de Prensa y, por otro lado, se recibía un apoyo necesario en la difícil área de Documentación.

Jesús no era un novato en el tema de medios, todo lo contrario. Con una amplia experiencia en el difícil arte de lidiar con reporteros, prensa, TV, radio y similares. Para él era regresar a un ambiente familiar, y con su habilidad, don de gentes, simpatía y creatividad, supo ganarse a los medios del Norte de Texas, de trato difícil y con frecuentes fricciones con la oficina. Sin embargo, se convirtieron en valiosos aliados en las tareas que teníamos, y sigue teniendo el Consulado General. Abrió una brecha que ha sido bien aprovechada por sus sucesores, y la relación con la TV, el radio y la prensa sigue siendo, hasta donde yo se, muy saludable y positiva. Todavía hay gestos de aprecio por mi vencino de sección del edificio, cuyo café express llenaba de un aroma delicioso el piso completo, y le ganó frecuentes visitantes entre los aficionados al café fuerte que sólo Jesús sabe preparar. Facebook, en donde estamos conectados junto con un grupo importante de comunicadores de Dallas, me ha permitido constatar el gran aprecio y respeto que dejó plantado en ese lugar, y las muestras de afecto de sus contrapartes son frecuentes y cálidas.

Y los que compartimos trinchera con él, encontramos a un gran amigo, fucnonario comprometido con la causa y, sobre todo, una persona de gran calidad humana, sin demeritar a nuestros otros dos invitados de hoy.

Este es el primer invitado de hoy:



Martín García tiene una historia un tanto parecida, pero con su toque personal. Igual que con Jesús, nos avisaban que venía, y no sabíamos que esperar. El día en que se presentó a la oficina, me impresionó un hombre alto, corpulento, con poco cabello y cara muy adusta. Cuando me tocó recibirlo y platicar con él, descubrí a una persona de carácter amable, jovial, de trato sencillo y, sobre todo, una frase que me quedó grabada: "¡pónme a hacer lo que sea! Yo vine aquí a ayudar, no a ser una carga. No tengo problema en hacer labores de escritorio, mostrador o lo que me digas". Con ese nivel de disposición, cualquier duda que hubiera podido tener sobre su deseo de ser alguien más del equipo desaparecieron.

Decidimos asignarlo al área de Documentación. Naturalmente, era una actividad nueva pero, como parte de esa disposición extraordinaria, llegó con sincero deseo de aprender, hacía preguntas sensatas al personal que ya tenía experiencia en los servicios y los trámites y, cuando algo empezaba a ponerse más complicado de lo necesario, pasaba a mi oficina y lo platicábamos, él escuchando, preguntando, proponiendo, siempre con respeto y cordialidad, como buenos colegas y, con el trato diario, al igual que con Jesús, una sincera amistad. Al poco tiempo, su habilidad le permitió asumir la supervisión del mostrador, a la vez que estaba recibiendo documentos y atendiendo a los paisanos, siempre con una gran sonrisa, un trato amable, respetuoso y simpático, lo que le ganaba el aprecio del público y el afecto de los que trabajábamos con él.

Y presentamos a nuestro segundo invitado:


Salir de Texas fue dejar atrás a estos dos buenos amigos e invaluebles colegas. Fue triste, pero sabía que sus funciones quedaban en las mejores manos. Ellos también, en su momento, terminaron su ciclo en Dallas. Jesús regresó a México, donde trabaja en otra dependencia del Gobierno Federal; y Martín cambió de oficina a Chicago, en donde sigue sirviendo a los nuestros con ese mismo compromsio que yo pude constatar en nuestro tiempo de trabajo compartido.

Yo regresé a Consulares, y casi cuatro años después, estaba yo haciendo maletas y menaje para comenzar la experiencia de dirigir un Consulado en Canadá. 

El tiempo nos dará la oportunidad de conocer a otros colegas que, como Jesús y Martín, son personas que el Servicio Exterior recibe en calidad de préstamo, y que nos dejan su esfuerzo, experiencia y amistad.

Estas dos personas me han enseñado una gran lección de humildad, de experiencia y, sobre todo, de saber dar la oportunidad de que la gente con la que colaboro muestre sus colores antes de crear prejuicios o asumir posiciones. Han sido valiosos colaboradores, cada uno en su espacio y su tiempo, y siempre buenos amigos con los que compartimos una charla amena, una taza de café, o un saludo por el medio en que podamos coincidir.

A cada uno les tengo una deuda de gratitud por su apoyo como equipo, y por el favor de su amistad y respeto.

Experiencias que enriquecen la vida cuando se está en el exterior.

12 febrero, 2017

Todos tenemos algo que decir

Cuando uno vive en el exterior, se siente la necesidad de decir algo. De compartirlo con aquellos que nos acompañan en la jornada. De expresarlo al mundo que esté dispuesto a escucharnos.

Este espacio surgió del deseo, del ansia, de la necesidad de decir lo que pienso, lo que siento, lo que este peregrinar ha creado en mi mente, en mis sentimientos; el visitar los recuerdos, el traer a la conversación las personas y los lugares que han sido significativos, el hacerte partícipe, amigo lector, o lectora, de lo que ha sido esta experiencia fuera de la Patria.

Sirva de ejemplo nuestra estancia en Canadá, que nos ha dado la oportunidad de conocer gente hermosa que ha ido ganando un lugar en nuestro aprecio; y el convivir en un lugar tan relativamente pequeño, como es Windsor, nos permite que esa comunicación sea frecuente, y al no ser atosigante, hace que cada encuentro sea cordial, con nuevas cosas que comentar, o actualizar las ya conocidas. Es una especie de familia, pero no al estilo Corleone, o Soprano para las nuevas generaciones. Es el grupo de amigos que nos da la hospitalidad a los recién llegados, para formar parte de un grupo con décadas de conocerse, pero con origen común en la Patria y que, al final, es el lazo que nos une.

Y como eso podríamos hablar de Albuquerque (del que tengo un sentimiento muy especial), Santa Ana, Shanghai, o Texas. Incluso del regreso temporal a México. Cada sitio nos ha dado su cuota de lugares memorables y gente especial que han hecho de esa etapa en específico, algo que forma parte de nuestra memoria histórica y de nuestra nostalgia.
Y a su vez, cada lugar, cada persona que entra a nuestras vidas en esos sitios, nos hace partícipes de su experiencia de vida, de aquello que, de una manera o de otra, causa un impacto en su ser. Para muestra, un botón. 

Maru, una amiga de Canadá, viajó de regreso a Monterrey, su lugar de origen, y donde vive la mayor parte de su familia, para acompañar a su sobrina Ivana a iniciar su camino a la Eternidad, víctima del cáncer. Su muerte fue antes de tiempo, y es más doloroso cuando hablamos de una niña que apenas comienza su vida.

Supe de la existencia de la pequeña por las crónicas que compartió Maru en su muro de Facebook. Con palabras simples y emotivas, tanto en inglés como en español, nuestra amiga nos permitía acompañarla en sus reflexiones sobre la enfermedad de Ivana, y su visión de la vida ante este momento de dolor, al mismo que tiempo que celebraba la vida de su sobrina.

Facebook se ha usado para los más diversos fines, desde impulsar la consciencia social y llamar a la comunidad a rebelarse contra la opresión y la tiranía, hasta chistes y cosas que se podrían catalogar como superficiales o sin importancia. No se le puede negar su valor como agente de divulgación científica, económica, académica, cultural, social. Su versatilidad es medida por la de sus millones de usuarios en todo el orbe, e incluso más allá, pensando en los astronautas y cosmonautas de la Estación Espacial Internacional, que orbita la Tierra. 

Y así todos buscamos un foro que podamos considerar idóneo para expresar nuestra voz. Antes lo hacíamos con un amigo en un bar, con una copa de por medio, o en la tranquilidad de un café, con una taza humenate en la mesa. La creación de las redes sociales y espacios en Internet, en los que uno puede hacerse escuchar, o leer, ha sido la respuesta a esa urgente necesidad de decir lo que tenemos dentro, a unos cuantos o al mundo entero; ya sea para hacer partícipes de la alegría de un triunfo, o el dolor de la pérdida, como Maru. Expresar una opinión o solidarizarse con una causa. Desde Twitter y sus 140 caracteres, hasta espacios como Blogger y otras plataformas similares, en que uno puede desarrollar una idea (WordPress, por ejemplo, donde escribe Gerardo, mi compadre). O por YouTube, en que millones de personas logran seguidores de temas como recetas de cocina, crítica literaria, o solo hablar de cualquier cosa mientras se juega un videojuego. Las posibilidades son infinitas, y constantemente surgen nuevos foros, visuales o escritos, en los que expresamos lo que queremos decir.

Pero al final, el mensaje siempre encuentra un medio para ser transmitido, y que llegue a sus destinatarios, donde quiera que estén.

La urgencia de expresarnos no reconoce ni distancias ni fronteras, cuando estamos en el exterior.

11 diciembre, 2016

El final de una era

Cuando uno vive en el exterior, se pueden conocer diferentes perspectivas de la realidad y, con ello, enriquecer el intelecto y el espíritu.

Ya hemos platicado antes sobre el ser observadores de la Historia y el estar en el lugar correcto, en el momento preciso. No hay repeticiones, ni nadie la puede detener para que nos pongamos en el mejor lugar.

Y ese devenir marca las generaciones. Las experiencias vividas desde la infancia y que marcan la vida de una parte u otra de la Humanidad, Incluso de toda ella.

Y cada generación tiene sus símbolos, sus héroes y villanos, sus íconos... su inicio y su final.

Y en el caso de mi generación, y las inmediatas anteriores, estamos presenciando el final de una era. Y de la manera menos agradable: los personajes que han sido pilares de ella han iniciado su camino hacia el reino de la leyenda.

En los últimos tres años, una cantidad significativa de personajes que marcaron el rumbo de estas generaciones han fallecido. Los "baby boomers" y la llamada "Generación X" estamos viendo la partida de hombres y mujeres que, por mucho tiempo, consideramos como parte de nuestra vida diaria. Nombres como Leonard Cohen, Gonzalo Vega, Mickey Rooney, Ariel Sharon, Mario Cuomo, David Bowie, Prince, Gene Wilder, Leonard Nimoy, Harper Lee, George Kennedy, Mario Almada, Juan Gabriel, Rubén Aguirre, por sólo citar algunos, muchos de ellos en sus 70'sy 80's, unos más incluso en sus 90's, marcaron diversas etapas de nuestra infancia, juventud, e incluso de la vida adulta.

La música, la literarura, la política, el arte, el teatro, la televisión. Nuestra vida diaria resintió estas pérdidas. Fueron nombres y personas que vimos desde nuestra infancia, otros incluso desde la juventud de nuestros padres. Figuras que desde fines de la Segunda Guerra Mundial ya formaban parte del imaginario colectivo, en forma de voces de radio, personajes en el escenario o en la pantalla cinematográfica. Incluso quienes dieron el salto mortal hacia la televisión. Autores, autoras, actores, actrices, cantantes, líderes de estado y de opinión. Todos con algo en común: en algún momento fueron seres humanos que dejaron una huella profunda en nuestras vidas, a través de una sonrisa, una lágrima, una frase sensata, o incluso un error garrafal. Cada quien conoce esa huella y la conserva en su memoria y en su alma.

Conforme una generación cede su lugar protagónico a la que sigue, el ver cómo esas personalidades van despareciendo, es un recordatorio de la brevedad de la vida del ser humano en el contexto del Universo mismo. El que tengamos 2 millones de años sobre el planeta no se compara con los millones de años que han pasado desde que los dinosaurios dominaron la faz de este mundo, o los que han transcurrido desde que los continentes tomaron la forma que actualmente conocemos. Un latido en el corazón de la Creación.

Sin embargo, para nosotros, esos 50, 60 o 70 años son una eternidad. Es el cambio de usar pantalón corto, a empezar a salir solos (sin chaperón); de tomar refresco a conocer los efectos del alcohol; de recibir dinero para nuestros gastos por nuestros padres, a ganarlo en un salario. Un crecimiento que nosotros vemos lento, ya que se da con el día a día, pero que vemos vertiginoso en nuestros hijos. La relatividad que documentó Einstein en incomprensibles ecuaciones, pero que todos los padres hemos vivido desde siempre.

Y es algo normal, y hasta muy sano, diría yo. Es cierto que muchos hemos dicho alguna vez que "el tiempo pasado fue mejor", "¡ah qué tiempos, señor Don Simón!" y esas frases exaltando un pasado que, bien sabemos, ya no regresará. Pero lo mismo hicieron alguna vez nuestros padres, nuestros abuelos, y las generaciones que les precedieron. En el fondo muchos pensamos que nuestros tiempos han sido los mejores, y tal vez sí sea cierto. Fue la época en que crecimos, en que hicimos nuestra primera travesura, dimos el primer beso, conocimos el dolor del desamor, ganamos el primer sueldo, tuvimos nuestro primer auto, y tántos otros momentos que cambiaron el curso de nuestra vida para siempre, a veces para bien, a veces para aprender a no volverlo a hacer.

Charles Dickens nos enseñó, en "Historia de Dos Ciudades", que la época que ha vivido uno puede ser el pináculo de nuestra existencia o el abismo de nuestro vivir: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Era la época de la sabiduría, era la época de la ignorancia. Era el período de la fe, el período de la incredulidad. La era de la luz y la era de la oscuridad. La primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo y no teníamos nada...

Presenciamos el final de una era, para ver la entrada triunfal de otra, que promete ser mejor. Ya el tiempo lo confirmará.

Un pensamiento en los últimos instantes de este año, desde el exterior.

02 octubre, 2016

Debe llegar a donde jamás ha llegado el ser humano...

Cuando uno vive en el exterior, se puede tener la fortuna de poder reencontrarse con cosas del pasado que han sido siempre placenteras.

Este año de 2016 se ha caracterizado por diversos aniversarios y el recuerdo de epopeyas. Y he disfrutado de esas conmemoraciones porque son de cosas que me gustan muy en especial.

Como muchos de mi generación, crecimos y pasamos buena parte de nuestra infancia al pie de la televisión, a la que unos le llaman "la caja idiota", pero otros, como yo, la vemos como una ventana a lugares, personas, épocas, que están muy lejos de nuestro alcance, o como se llamaba un programa de esos tiempos del Canal 4: "Una Ventana al Mundo".

Gracias a ese milagroso aparato, podíamos ver eventos que ocurrían en otra parte de la ciudad, del país, del hemisferio, o del mundo... e incluso fuera de la Tierra. Lo mismo nos daba a conocer lo que era el acontecer del día a día en los noticieros, o nos hacía vibrar con historias llenas de sentimiento, también nos hacía cantar y disfrutar la música de nuestros artistas favoritos, sacándolos de la imaginación del disco o de la radio y poniéndoles rostro y figura.

Recuerdo que de chico solía ver los documentales que pasaban antes de la programación regular a mediodía. Eso me ayudó a conocer las maravillas de la ciencia. El "Informe Científico" se hizo una costumbre que trataba de preservar en vacaciones y en días en que no podía ir a la escuela. De ahí mi amor a la ciencia, la tecnología, y el espacio.

Trataba de ver los lanzamientos de los cohetes Saturno V y las cápsulas Apolo a la Luna. Se oía tan increíble que era más bien motivo de broma, pero para mí era algo serísimo. Ya desde antes veía el Atlas que tenían mis papás y que le habían comprado a Selecciones, la revista mensual que nos daba desde chistes hasta versiones condensadas de libros de autores famosos. Buscaba la parte que se refería al Sistema Solar, con lo más preciso que se conocía hasta esa época (mediados de los 60's del Siglo XX) pero al alcance del ser humano normal.

Recuerdo entre sombras la llegada del Apolo 11, y cómo la narraban Jacobo Zabludovsky y Miguel Alemán Velasco, de la entonces Telesistema Mexicano, ahora Televisa. Con voces emocionadas recalcaban una y otra vez que las imágenes de la pantalla eran en vivo... "desde la superificie de la Luna... desde la superificie de la Luna... se dice fácil".

Estuve buscando un video de ese momento histórico, pero lo que he podido encontrar ha sido una parte de un especial que se hizo algna vez y que incluía esa parte. Con las reservas del caso, aquí se los comparto:



Y luego fue ver el surgimiento del transbordador espacial, hasta que una mañana de enero de 1986, estando entre dormido y despierto viendo la transmisión del despegue del transborador "Challenger", el mundo entero, yo entre todos ellos, vimos como estalló en mil pedazos, dejándonos mudos entre asombro y espanto ante algo que nadie había visto en esa generación. Ya estaba yo en el Servicio Exterior y viviendo en Estados Unidos en 2003, cuando mi pasmo nuevamente salió a flote al ver los pedazos del transbordador "Columbia", el primero en ser usado en el programa, caer como meteoros sobre Texas mientras iniciaba el reingreso a la Tierra.

Nadie dijo que ir al espacio fuera sencillo o sin riesgos...

Sin embargo, la exploración del Cosmos siempre ha tenido un aspecto romántico. Desde los libros de Julio Verne, hasta los hallazgos de astrónomos desde la antigüedad, el voltear la vista hacia el cielo nocturno y ver las luces que, a la distancia, han acompañado a la Humandidad desde sus orígenes hasta este día, ha sido motivo del trabajo del intelecto y de la imaginación, por igual.

El intelecto es el campo de la ciencia. La imaginación nos ha llevado a soñar y especular sobre lo que hay en esas luces celestiales. Y el poder viajar a los confines del Universo ha sido el tema de novelas, cuentos y, más recientemente, de películas y programas de radio y televisión.

Ya mencionamos los libros de Verne, pero podemos referirnos a autores como Asimov. Arthur C. Clarke, Lem, Bradbury, H.G. Wells, y tantos otros, algunos no tan célebres, que en sus palabras que detallaban vehículos prodigiosos y aventuras imposibles, hacían la delicia de chicos y grandes, por igual. Personajes como Buck Rogers, Flash Gordon, Nick Carter, llevaban a sus lectores a los anillos de Saturno o a galaxias lejanas a enfrentar a villanos despiadados, ansiosos de conquistar nuestro mundo.

El cine nos trajo historias que, aparte de la imaginación, nos alimentaban con imágenes de naves espaciales, cohetes de poder inmesurable, héroes guapísimos y extraterrestres seductoras, y títulos como "El Día en que la Tierra se detuvo", "2001, una odisea en el espacio", "Invasión de los Platillos Voladores", "La Guerra de los Mundos", y más recientemente "Star Wars", forman parte de los clásicos cinematográficos de todos los tiempos.

Y llegó la televisión. Y con ella las series que, semanalmente, nos traían nuevas y fantásticas aventuras, tal vez sin la ostentosidad y los grandes presupuestos del cine, pero sí con libretos ingeniosos y actuaciones que, con el tiempo, se volvieron legendarias. Yo viví esa parte de esta historia, y hubo dos series de temática espacial que dominaron mi infancia y juventud: "Perdidos en el Espacio" y "Viaje a las Estrellas". Si bien son disímbolas en su tema, ambas fueron íconos de su época, catalogadas como clásicos del género, y han acumulado una gran audiencia y fanaticada (fans, como les dicen ahora). Los clubes de admiradores de las dos series tienen miles y miles de socios en muchas partes del mundo. Y ambas han generado fenómenos culturales difícilmente comparables.

A diferencia de otros clásicos de la pantalla chica, la vida de estas dos series fue efímera (3 temporadas cada una), una por falta de audiencia, otra por altos costos y "raitings" en declive. Los ejecutivos tenían que ver por el bien de los estudios, aun cuando las series tuvieran seguidores sólidos, pero no en cantidades suficientes como para justificar su permanencia en la programación. Las dos sobrevivieron gracias a lo que se conoce como "sindicación", es decir, vender la serie a las televisoras locales y que fueran ellas las que transmitieran los episodios como y cuando quisieran. Eso hizo que "Viaje a las Estrellas" y "Perdidos en el Espacio" continuaran en el gusto de la audiencia a nivel de Estados Unidos. Igualmente pasó con la distribución internacional. Las repeticiones hicieron que cada vez más y más gente les ganara gusto, hasta el día de hoy.

Cada serie ha celebrado su 50 aniversario.


Ya en el plano de gusto personal, de "Perdidos en el Espacio" me agradaba casi todo, excepto el Dr. Smith (el "villano" que, más que serlo, era el torpe que se metía en problemas) y Will Robinson (el chico listo que hacía pareja con el Dr. Smith para meterse en líos y tratando de hacerle entender lo equivocado de sus enredos). Los demás personajes tenían aportaciones interesantes, pero eran siempre opacados por el dueto, con la presencia del robot, mezcla de ingenio y "tecnología". Pero lo que siempre me encantó fue la nave: el Júpiter 2. Me causó siempre un gran magnetismo al grado de que, después de ansiar toda mi vida que algún día existiera un modelo de armar, Delia lo pudo encontrar y me lo regaló de cumpleaños en 2001, recién llegados a California. No les cuento la felicidad que me embargó entonces, y esa nave es un proyecto pendiente, a fuerza de querer hacerlo tan perfecto que avanza casi una pieza por día, cuando ha habido avances.

Y está "Viaje a las Estrellas". O "Star Trek", por su nombre en inglés.

Un concepto totalmente distinto, ST ha sido una serie que ha generado un fenómeno único en la historia de la televisión, la ciencia-ficción y la mecánica social.

Como les comentaba arriba, esta serie estaba condenada al olvido, incluso cuando estaba originalmente al aire. La presión de sus admiradores hizo que se le tuviera al aire para su tercera y última temporada, Miles y miles de cartas enviadas a NBC (la cadena de TV que la transmitía) hicieron que se revirtiera la decisión, ya tomada, de cancelar el programa. Al término de ese indulto el final fue inevitable y, como dijimos, entró al campo de la sindicación, y lo demás fue historia.

Esta serie buscaba, dentro de un papel de entretenimiento, ser un programa dirigido a adultos que pudieran divertirse y, a la vez, pensar en temas de actualidad: discriminación, guerra, diversidad, y un futuro promisorio, en el que la pobreza y la enfermedad ya no eran problemas que aquejaran a la Humanidad, sino el conocer otros mundos y otras civilizaciones.

O, como decían en la introducción en español de cada episodio, "debe llegar a donde jamás ha llegado el ser humano".

Con guiones inteligentes, simbolismos sutiles y a la vez elocuentes, humor, mujeres hermosas (todo ayuda, por supuesto), protagonistas  y personajes únicos e identificables (Spock, por sólo dar un ejemplo), y un vehículo que los llevara de un planeta a otro a velocidades inimaginables (la nave estelar Enterprise), "Viaje a las Estrellas" sobrevivió a su muerte televisiva para entrar al Universo de la leyenda y a la iconografía del Siglo XX, e incluso del XXI.

Mi afición por la serie me ha llevado a tenerla en BluRay, el haber armado varios modelos del Enterprise y tener otros más en espera, incluso haber conseguido playeras similares a los uniformes de los oficiales de la Flota Estelar.

Y después llegó la segunda encarnación de la franquicia: "La Nueva Generación", con nuevos personajes, diferentes situaciones, pero recuperando conceptos originales como los klingons (unos de los villanos, que más bien son guerreros) y la propia Enterprise, ahora una nave todavía más moderna y sofisticada. Esta serie logró su propia identidad y su propia membresía de admiradores, pero también como parte del Universo de la serie original. Le siguieron otras secuelas, y luego las películas de largo metraje, tanto con los actores y personajes originales, como con los de la nueva generación.

Ya en tiempos más recientes, y luego de varios años sin nada nuevo en esta franquicia, en 2009 se estrenó una película que es una mezcla del concepto original, con elementos nuevos que buscan darle una indivdualidad, para no ser tachada de una mala copia de la original, sino algo nuevo para una nueva generación de "trekkers", como se nos ha dado en llamar a los admiradores de "Star Trek". Después de tres millonarias películas, una cuarta en producción, una serie en desarrollo y un ejército mundial de admiradores, "Viaje a las Estrellas" está vivita y coleando.

Pude ir a una de las convenciones que se organizan cada año en diferentes partes del mundo, esa vez en Pasadena, California, y tuve la oprtunidad de conocer personalmente a una de las actices de la serie: Nichelle Nichols, quien interpretaba a la Teniente Uhura, la oficial de comunicaciones del Enterprise. Una dama extremadamente amable, que se tomó fotos conmigo y con Rebeca, entonces una bebita. Me autorgrafió su libro de memorias. Fue una oportunidad inolvidable.

El haber podido llegar a los 50 años de estas dos series de mi infancia y juventud me hace sentirme muy afortunado. Iconos de mis primeros años de vida, y que se convirtieron en leyendas de su tiempo, y que nos daban la imagen optimista de un futuro mejor, la esperanza de una tecnología que salvaba vidas y nos acercaba más a las estrellas. Que nos hacían ver que el espacio no estaba tan lejos, que no sólo los cohetes eran los únicos vehículos para ir a las estrellas, ni los astronautas eran los únicos que podían abordar y conducir esas naves de ensueño. Todas esas maravillas estaban al alcance del botón para encender la televisión.

Aniversarios gozosos que me han tocado en el exterior.

25 agosto, 2016

Por el eterno descanso...

Cuando uno vive en el exterior se tiene la oportunidad de observar el entorno que nos rodea con una visión propia, diferente a la que tienen los que viven ese entorno como algo cotidiano.

Cuando llegamos a Canadá, como ha sucedido en cada lugar al que hemos llegado, incluyendo la Patria, era terra incognita, tierra desconocida, y lo que se hace en estos casos es empezar a explorar y observar. Cada día era un nuevo descubrimiento, una nueva experiencia, una nueva anécdota para la hora de la cena.

Y así descubrimos los invernaderos, la Marina de Leamington, el puente Ambassador, los trabajadores en el centro de Leamington, lugares donde comer, nuevos amigos, una nueva oficina...

Pero hubo algo que atrajo mi atención casi desde mi llegada, ya que lo encontré desde los primeros días en esta region.

Los cementerios.

Y no es que no deba haberlos, ¡claro que debe haberlos! Es una necesidad del ser humano de dar un lugar de descanso digno a los que lo preceden a uno en la ruta hacia la Eternidad. Y desde siempre se ha designado un espacio en la ciudad, el pueblo, la comunidad, o como la queramos llamar, en donde depositamos los restos de nuestros muertos, y dejamos marcas para identificar el sitio en donde reposan por el resto de los tiempos. Las lápidas de las tumbas han sido una tradición y, adicionalmente, un modo de vida para muchas personas a lo largo de los años, sin importar en qué parte del mundo estemos, han dedicado su energía y su esfuerzo en esculpir la piedra o el mármol, hasta crear una señal visible en que se asienta el nombre de quien está sepultado en ese punto, así como las fechas que significaron su llegada y su partida de este mundo.

La cultura de disponer de los restos mortales de las personas ha estado cambiando, junto con los tiempos. Prácticas como la cremación son cada vez más socorridas, tanto por motivos económicos (una urna es siempre más barata que un féretro), como el hecho de que el espacio en los cementerios es cada vez más escaso. Las criptas con nichos para acomodar varias urnas se vuelve la opción para dar un lugar de resguardo de las cenizas de nuestros seres queridos. 

En lo personal, yo prefiero que, cuando llegue mi hora, manden mis cenizas al espacio, así no hay el tema de comprar espacios para la dichosa urna, y me cumple un sueño que he tenido desde la infancia: poder viajar al Cosmos. Si bien es cierto que esta opción ya existe, es todavía costosa, y la verdad prefiero que mi familia disfrute de esa plata, a que la quemen en ponerme en un cohete para  orbitar la Tierra una vez cada doce minutos por los próximos 50 años o más, hasta que la órbita decline y regrese envuelto en flamas, como chatarra espacial.

Pero volviendo al tema de los cementerios de Leamington, la cuestión no es que los haya. Es el hecho de que están por todas partes, y como los cementerios británicos de las pequeñas villas, los tiene uno a la vista, a lo más, cercados por una barda de herrería. Y puede uno ver cómo cambian los gustos por la moda o el presupuesto al momento de escoger la lápida. Y se ven fechas que se remontan a principios del Siglo XX para marcar el nacimiento del ahora difunto. Las fechas de fallecimiento son variadas, desde pocos meses de edad hasta años que muestran vidas longevas y, ojalá, vividas intensamente.

Para muestra un botón:






Los he encontrado en los lugares más disímbolos y con una frecuencia, en mi opinión y experiencia, inusitada. Por ejemplo: en la calle principal de Leamington, la calle Erie, hay uno cerca al Walmart del pueblo, junto a una oficina de bienes raíces. Muy céntrico, podría decir. Y, por las lápidas, es de deducisrse que tiene ahí muchos años. Puede pensarse que la ciudad creció y absorbió el cementerio, que posiblemente estaba a las afueras de la población.No tengo certeza de ello.



Esta visión se refuerza con otro caso: en el cruce de dos caminos vecinales, a las afueras de Leamington, hay un cementerio que está a ambos lados de la carretera, una parte viendo a la otra. Dudo que el camino haya cortado al camposanto, mas bien pienso que, por necesidad, se hizo en dos partes, aprovechando que había dos lotes disponibles, ambos pequeños.

En Windsor he podido encontrar cementerios dentro de la zona urbana, de hecho en sectores residenciales. Podría ser también el caso del crecimiento que incorporó estos lugares de último descanso.


Hace poco vino mi amigo Gerardo, del que ya les había contado en una entrega previa (¿se acuerdan de Manolito y Buck?), y era la primera vez que visitaba esta parte de Canadá. Y me decía, con cierto asombro, que no veía a nadie en las calles, que parecía una ciudad desierta (considerando que él vive en la zona urbana de Chicago, esta región por supuesto que le parece abandonada). Al mostrarle algunos de los cementerios que hay en la carretera hacia Leamington, le quedó claro dónde estaba todo el mundo... Me agradó la broma.

Pero esta abundancia de panteones (en mi opinión un nombre poco adecuado, ya que el Panteón original, en Grecia, era un templo para todas las deidades que no eran griegas, como muestra de respeto hacia las diferentes creencias que se encontraban en el imperio regido por Atenas) lo pone a uno a meditar sobre la brevedad de la vida y lo frágil que resulta, ya que se puede perder en cualquier momento y por un sinnúmero de causas.

En mi tiempo de Cónsul en esta región me ha tocado saber del caso de tres trabajadores que han fallecido, no necesariamente por causa de su trabajo. El primero, a principios de este año, era un que había sufrido, ese sí, un accidente en su trabajo y había quedado cuadrapléjico, de eso hace tres años. Se había tenido que quedar en Canadá para seguir su tratamiento, incluso su esposa estaba con él acá. E inesperadamente supe que había fallecido. El seguro que cubre al programa de trabajadores se encargó del regreso del cuerpo a México para darle cristiana sepultura.

Los otros dos casos los viví más de cerca.

Uno fue el de un trabajador que llegó a Canadá y, a las pocas semanas, comenzó a quejarse de dolores en los huesos, y mostraba algo de inflamación en el rostro. Se le llevó al hospital y resultó con cáncer óseo. A decir de los médicos en ese momento, se podría lograr una recuperación significativa con un transplante de médula, pero debería pasar una ruta difícil y complicada de tratamientos, quimioterapia y cuidados. Se le podía mandar de regreso a su vivienda y volvería al hospital para sus tratamientos y monitoreo de la enfermedad. Tuvo algunas crisis y se recuperó en varias ocasiones. La búsqueda de donadores se volvió lenta y difícil, ya que estando en Canadá, el buscar donadores complatibles en su familia, en México se hacía desesperantemente complicado por la obtención de muestras, analizarlas y ver la compatibilidad. Al final ninguno de sus familiares inmediatos resultó idóneo para la intervención. El hospital pudo lograr ubicar un donador compatible y se programó el procedimiento.

Sin embargo, su condición de deteroró un cuestión de días, y luego de horas. Llegamos al punto en que se nos dijo que el fin era inminente.

Paralelamente a esto, hacíamos esfuerzos para poder traer a su esposa para que estuviera con él, inicialmente para que lo acompañara durante el transplante y recuperación, que calculábamos que se prolongaría hasta fines de este año, pero conforme avanzaba el cáncer, la idea cambió para tenerla cerca para que tomara decisiones y pudiera, con un poco de suerte, despedirse de su esposo. Finalmente lo logramos: la señora pudo ver todavía vivo a este muchacho, y pudo pasar los últimos momentos de él a su lado.

Dos días después, mientras decidíamos la manera de brindar apoyo para la estancia de la señora en Canadá por el tiempo que fuera necesario, sonó el teléfono. Unas pocas palabras en el auricular. El muchacho había fallecido.

Nos afectó a todos en la oficina muy profundamente. Habíamos podido ver la evolución del mal, llegamos a abrigar la esperanza de que, con el transplante, pudiera alargarse su vida tal vez hasta el año próximo, así podría regresar y estar con su familia completa hasta el final, pero la esperanza empezó a desvanecerse a medida que los médicos nos decían que habían tenido que ingresar de emergencia al muchacho en el hospital por recaídas y descompensaciones. Después de un tratamiento, lo regresaban a su vivienda, en donde era acompañado por los demás trabajadores, y el dueño de la granja se había solidarizado con el enfermo, al grado de permitir y ayudar para que sus demás trabajadores pudieran verlo un momento en el hospital al finalizar su turno. El pastor de su iglesia de brindaba buena parte de su tiempo para acompañarlo y confortarlo. Llegó al punto en que ningún tratamiento podría ayudarlo más. Su cuerpo había sido acabado por la enfermedad y su debilidad apenas le permitía estar conciente, pero siempre animado.

Para los de la oficina y para mí no fue meramente un número, era Pedro. Y la pregunta de todas las mañanas, al llegar a la oficina era: "¿Cómo va Pedro?". Era en todos la mezcla de la impotencia de no poder acelerar los trámites o los resultados de los análisis, y la tristeza de ver cómo se extinguía lentamente. Eran las visitas de los de la oficina para saber su estado, para saludarlo y animarlo, para conocer de boca de los médicos el avance del cáncer. De una manera u otra, Pedro se hizo parte de nuestra cotidianeidad por varios meses, hasta que perdió la batalla.

Por las mismas fechas, una noticia nos cimbró a todos: un accidente en que un motociclista había arrollado, en un camino vecinal, a tres trabajadores con algunas copas de más. Uno sufrió heridas leves, otro fractura de tobillo y otras heridas más serias, por lo que tuvo que ser internado.

El tercero falleció.

La investigación de la policía exhoneró al motociclista y reveló las condiciones de los afectados. Sin embargo, el conductor ha ofrecido brindar alguna clase de compensación a los deudos. Un noble gesto, sin duda alguna.

La muerte está más cerca de nosotros de lo que nos imaginamos. Un accidente o una enfermedad no detectada a tiempo pueden ser la antesala de terminar nuestros días en este mundo. Y aunque trate uno de prever ese momento, la realidad es que llega cuando menos se espera, y cualquier plan o proyecto se ven truncados.

Pero esa brevedad de la existencia nos hace saborear más intensamente cada momento, cada experiencia, cada vivencia, lo mismo alegre que triste, de pérdida o de reencuentro, de felicidad o de amargura... La vida que comienza a cada instante y se presenta frente a nosotros al inicar el día, al levantarnos para ver el amanecer o al comenzar nuestra jornada sin importar la hora que sea.

La vida no es perfecta. No todo es alegría interminable o felicidad permanente. En el fondo pienso que no tener un contraste a la existencia placentera hace que, al final, pierda ese valor agradable y positivo. Quizá porque no he tenido una existencia perfecta, la mente hace que me consuele diciendo que un poco de tristeza, dolor, frustración, pérdida o derrota, hacen que uno valore todavía más lo que se tiene y se ha logrado.

Mal de muchos...

Sea como sea, todos, o casi todos, valoramos la maravilla de vivir, de abrir los ojos y respirar una bocanada de aire fresco. El don de la existencia se vuelve un bien invaluable, y hacemos todo a nuestro alcance para conservarla. Los esfuerzos de la ciencia para alargar la vida son ampliamente reconocidos, y se aplican a través de la Medicina, los medicamentos, los tratamientos que curan, o alivian al menos, cada vez más enfermedades, y padecimientos dejan de ser crisis endémicas para convertirse en raras apariciones y señal de atraso y subdesarrollo.

La vida es algo maravilloso. Recuerdo una canción que escuché hace años, y que su coro decía: "¡Pero que bella es la vida! Con todo y sus problemas, yo la quiero. Si todo tiene un precio, yo lo pago por vivir". Pienso que es muy elocuente y nos refleja el ansia que tenemos por la vida misma.

Pero donde he encontrado la manera más bella y completa de celebrar la vida, ha sido en un poema de Alberto Cortez. Muchos probablemente lo conozcan por sus canciones, pero también su inspiración se manifestó de este modo. Lo escuché recitarlo al final de una entrevista cuando Ricardo Rocha, quien tenía esa conversación con él, le pedía algun pensamento para cerrar el espacio. Alberto Cortez  le contestó que lo quería hacer "con algunas frases, de algunos versos que pude haber escrito alguna vez como..."
Qué suerte he tenido de nacer,
para estrechar la mano de un amigo
y poder asistir como testigo
al milagro de cada amanecer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para tener la opción de la balanza,
sopesar la derrota y la esperanza
con la gloria y el miedo de caer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para entender que el honesto y el perverso
son dueños por igual del universo
aunque tengan distinto parecer.

Qué suerte he tenido de nacer,
para callar cuando habla el que más sabe,
aprender a escuchar, ésa es la clave,
si se tiene intenciones de saber.

Qué suerte he tenido de nacer,
y lo digo sin falsos triunfalismos,
la victoria total, la de uno mismo,
se concreta en el ser y en el no ser.

Qué suerte he tenido de nacer,
para tener acceso a la fortuna
de ser río en lugar de ser laguna,
de ser lluvia en lugar de ver llover.

Qué suerte he tenido de nacer,
para comer a conciencia la manzana,
sin el miedo ancestral a la sotana
o a la venganza final de Lucifer.

Qué suerte he tenido de nacer,
Pero sé, bien que sé...
que algún día también me moriré.
Y si ahora vivo contento con mi suerte,
sabe Dios qué pensaré cuando mi muerte.

Cuál será en la agonía mi balance, no lo sé,
nunca estuve en ese trance.

Pero sé, bien que sé...
que en el viaje final escucharé
el ambiguo tañir de las campanas
saludando mi adiós, y otra mañana
y otra voz, como yo, con otro acento,
le dirá a los cuatro vientos...

¡Qué suerte he tenido de nacer!

La maravilla de saborear la existencia, cuando se vive en el exterior.

21 junio, 2016

Pacífica

Cuando uno vive en el exterior, le puede tocar la oportunidad de presenciar eventos que cambian el panorama del lugar en donde nos toca vivir.

Recién comenzamos este blog, les platicaba de ser testigos de la Historia. Esa vez hablábamos de sucesos de impacto global. Sin embargo, la escala de los hechos puede variar como puede variar el tamaño de donde pasan las cosas.

Windsor, por ejemplo.

Esta ciudad de casi un cuarto de millón de habitantes, como les contaba en una entrega anterior, es donde vivimos. Tiene la particularidad de vivir, y justificar su existencia, alrededor del automóvil y de las partes con las que se arma uno. Por muchos años, la industria automotriz de Canadá tenía uno de sus pilares fundamentales en esta comunidad ribereña, y a la vez fronteriza con la sede mundial de las principales marcas de coches en el mundo: Detroit. Sin embargo, 2008 fue el año en que hacer coches en Estados Unidos se convirtió en un peligroso oficio, llevando a dos de sus tres marcas prácticamente a la quiebra, mientras que la sobreviviente, Ford, logró sobrevivir, en opinión de los que saben de esto, prácticamente de milagro.

Obvio es suponer que el impacto reflejado en Windsor fue demoledor. Con el tiempo General Motors cerró una gran planta en esta ciudad, dejando un galerón vacío, todavía con el logotipo de la marca en un puente que comunicaba las dos naves del centro de ensamble. Un silencioso recordatorio de la debacle automotriz que afectó a ambos lados del río Detroit.

Por su parte, Chrysler conservó su planta, en la que se fabricaban las dos minivans de la marca: la Town&Country, el modelo de lujo, por decirlo así, y la Gran Caravan, para el segmento de clase media.

Ford tiene una planta de ensamble de motores que, sin ser tan grande como sus competidoras, se mantiene en una operación que podemos clasificar como estable.

Después de la debacle, nuestra ciudad ha tenido una recuperación lenta, pero sostenida, aunque no al nivel que los "windsornitas" (ese es el gentilicio usado por esta ciudad, no culpen al mensajero) desearían.

Para colmo de males, Windsor ha apostado a varios proyectos de inversión de empresas de diferentes partes del mundo, pero ha fracasado en todos los intentos en favor de México, el sur de Estados Unidos, u otras regiones del mundo que están ganando importancia en el mercado de la fabricación de automóviles. En el año que tengo de vivir aquí, me ha tocado ver que la "Capital Automotriz de Canadá" dejó pasar dos proyectos que, de haberse logrado, hubieran representado más de US$1,500 millones de dólares de inversión de marcas europeas. Como podrán imaginar el desencanto, por llamarlo de una manera muuuy amable, en la opinión de la gente acá fue inmenso. Y ríos de tinta corrieron en editoriales y columnas del periódico local, el "Windsor Star", expresando la ineptitud de Canadá, y Ontario en particular, en poder amarrar esas inversiones. Claro, la excusa de que México tiene mano de obra barata, y que Estados Unidos le da preferencia a sus plantas, sirvieron para culpar a alguien de las fallas propias. Pero todo el mundo coincidió en que las políticas de inversión de este país eran más disuasivas que atractivas, en forma de complejo burocratismo, poco apoyo financiero a la inversión y reglas complicadas. Resultado: la gallina de los huevos de oro se fue a otra granja, que terminó estando en Europa Central.

Pero hasta la más tormentosa tormenta llega a amainar. Incluso para la industria del automóvil de Windsor. Y esa calma llegó con nombre propio: Pacífica.

Pero este nombre no es nuevo en la historia del automóvil. Hagamos un poco de historia.

Remontémonos a 2003. Chrysler estaba en una época de crear nuevos modelos, diferentes, novedosos en la industria. Y así surgió el PT Cruiser, como una reminiscencia de los autos de los 30's, pero con un sabor del inicio del Siglo XXI. Un concepto que duró prácticamente toda la primera década del nuevo milenio.



Y explorando el mercado de los vehículos intermedios entre las minivans (también invención de Chrysler en su actual encarnación y que, por cierto, se ensamblan... ¿Saben en dónde? ¡Windsor!) y el automóvil, surgió un vehículo tipo crossover, es decir, un modelo intermedio, Al que le decidieron dar un nombre llamativo: Pacífica.

Yo lo conocí en California, durante mi estancia en Santa Ana. Es aquí donde la memoria me hace juegos extraños. Recuerdo que, cuando se lanzó la Pacífica en 2003 se dijo que sería, en primera instancia, un modelo creado para el mercado de California y que, eventualmente, se extendería a todo Estados Unidos. Su línea me pareció, y me sigue pareciendo, muy atractiva, y sé convirtió en uno de esos sueños no cumplidos, ya que estaba muy fuera de mi presupuesto, y más con algunas monerías muy monas, como un GPS como fondo del velocímetro (me late que eso es otra trampa de la memoria, ya que resulta muy poco práctico).

Sin embargo, y gracias a las maravillas de Google, pude saber varios hechos reales respecto al auto de mis sueños: se hizo de 2003 hasta 2007, que no fue un auto muy exitoso por tener fallas mecánicas frecuentes y que, como dato curioso, se ensambló únicamente en... ¡Windsor!

                                               La camioneta de mis sueños

Y con ese amor imposible, siguió mi vida. Hasta mi llegada a Canadá. Y ver, con profunda alegría, que la Pacífica gozaba de buena salud y popularidad en esta zona. Y en este año de vivir en Windsor, he podido ver gran número de Pacíficas en perfectas y prístinas condiciones, como salíditas de agencia.

Pero volviendo a la resurrección de Windsor, a fines de 2014 se anunció que Chrysler estaba trabajando en un nuevo proyecto, y que Windsor sería la sede de este programa. Un año y USD$3 mil millones de dólares después, la planta de aquí estaba lista. Todo se mantuvo en secreto. Y la ensambladora daba detalles aislados de su nuevo producto: sería una minivan completamente nueva, con mejor tecnología que los modelos existentes, un gran avance en el concepto.

Finalmente, a fines de 2015, se anunció la marca del nuevo modelo: Pacífica.

Y se dio a conocer la salida de un modelo de minivan que sería reemplazado por la Pacífica: la Town&Country, que había cumplido su ciclo después de casi 60 años en el mercado, en diferentes épocas y modalidades. Pacífica sería dirigido al segmento alto del mercado, con un costo inicial de USD$35,000.00 dólares para el modelo más sencillo en Estados Unidos, y USD$45,000.00 para la versión para el mercado canadiense, que sería el siguiente modelo en el mercado del vecino país.

Damas y caballeros: la nueva Chrysler Pacífica 2017.


Y esta innovación no sólo ha sido la nueva apuesta de la marca en un mercado que de por sí domina. Ha sido la bocanada de aire fresco que Windsor necesitaba, después de varios años amargos de desempleo y baja económica. Más de 700 nuevos empleos se abrieron en la renovada planta, con expectativas de que asciendan a 1,200, lo que hizo salir a nuestra ciudad de la infame categoría de ser la ciudad con mayor desempleo en Canadá. La derrama económica para la zona ha sido significativa, lo que ha hecho que la región pudiera reactivarse. Tanto le está apostando Ontario a este proyecto, que la provincia le dio un apoyo económico de CAN$85 millones de dólares para reforzar a la planta.

La camioneta fue presentada oficialmente en febrero de 2016 a D-os y al mundo, saciando la curiosidad de la industria y de los consumidores, terminando las especulaciones sobre lo que sería y no sería la nueva Pacífica.

Alguien alguna vez comentó de que ojalá la nueva minivan no sufriera la misma suerte que su crossover homónima de la década anterior. Pero Chrysler ha invertido demasiado en tiempo, dinero y esfuerzo para cometer un error de ese tipo. Al menos eso es lo que se puede ver.

Ahora el estado de ánimo de Windsor ha cambiado. Ha dejado de ser una ciudad sumergida en la tristeza y la desesperanza por inversiones pérdidas. Ahora es un lugar con esperanzas y visiones promisorias del futuro, con un nuevo nombre en su mente y en las agencias de una marca estadounidense de autos, y que se convierte en el nombre del porvenir: Pacífica.

El resurgimiento, el renacimiento de un lugar que uno vive cuando se está en el exterior.