21 marzo, 2018

El hombre que contaba historias

Cuando uno vive en el exterior se tiene la oportunidad de encontrar tesoros inimaginables, y que no siempre son reconocidos por todos.

Como alguna vez platicamos por acá, la radio siempre ha sido un medio al que le tengo un cariño entrañable. Un espacio para que la imaginación viajara desbocada siguiendo las voces, los sonidos, los lugares descritos con lenguaje cuidado y a ratos grandilocuente y refinado. Los actores cuyas voces podían pasar del villano desalamdo al personaje tímido, de la doncella en apuros a la matriarca que lleva los destinos de una poderosa dinastía. Los sonidos de puertas abriéndose, coches arrancando, y los pasos en la oscuridad... esos pasos lentos y cautelosos, alertas ante lo que pudiera suceder en los callejones oscuros en los que el personaje camina para encontrar su destino...

Por mucho tiempo, la radio fue esa caja de sopresas, que más parecía la Caja de Pandora y sus impenetrables misterios. Hasta que una vez pude ir a presenciar un programa de radio, acompañando a la estudiantina de un buen amigo. El estudio era un pequeño teatro, los presentadores eran personas comunes y corrientes. Las ovaciones a los participantes en el programa las dábamos todos los presentes, aun los que estaban en el escenario. Efectivamente, la radio es un mundo de ilusión. No fue romper el castillo el cristal, al contrario, fue divertido.

Pero la mejor experiencia que he tenido de la radio ha sido de una manera, en mi opinión, inusitada.

En una de mis adscripciones, uno de mis jefes vivió por mucho tiempo en Estados Unidos, y nos ayudó a conocer a una persona de un nombre singular: Garrison Keillor. Este personaje no es realmente guapo, es alto, de rostro que parece de enojo, con voz profunda y, a ratos, de un susurro de confidencia. Es algo desaliñado, pero en radio uno puede estar hasta en ropa interior y ni a quien le afecte. Porque Garrison Keillor es una figura de la radio.

Por más de treinta años, la radio pública de Estados Unidos ha transmitido los sábados un programa llamado "A Prairie Home Companion", creado y conducido por el Sr. Keillor hasta hace muy poco en que, "oficialmente", pasó la estafeta a una nueva generación, aunque él no ha dejado de dar presentaciones y ser un activo escritor y comentarista de su tiempo.

Este programa, de casi dos horas por emisión, se realiza en vivo, con público presente. Su sede es Minnesota, aunque hace giras por gran parte de la Unión Americana transmitiendo en directo, lo mismo en Los Angeles, que en Nueva York, Chicago o Seattle. Y su auditorio es diverso, ya que es un programa familiar, aunque con un ligero toque de picardía, con un humor fino y bromas que divierten por igual a chicos y grandes. Con un reparto que lo mismo tiene años con él, como con nuevos integrantes, desarrolla su emisión entre música, sketches cómicos, comericales de patrocinadores ficticios como el Consejo Asesor de la Catsup (sí, la salsa), o el pie de ruibarbo que, después de un breve relato infame, pero cómico, cerraba con esta frase: "Wouldn't this be a great time for a piece of rhubarb pie? Yes, nothing gets the taste of shame and humiliation out of your mouth quite like Bebop-A-Reebop Rhubarb Pie."

Igualmente fue el escenario para crear personajes geniales como Guy Noire, un detective privado que, al estilo de las novelas negras de los años 30's, hacía investigaciones o entraba en pláticas absurdas con su amigo "Pete", terminando ambos a tiros, pero que regresaban como si nada para el siguiente programa en el que "en la ciudad que sabe guardar sus secretos" escucharíamos otra divertida historia de Guy Noire, Private Eye.

Y con música country, y de tipo regional, animaba el programa hasta llegar al momento culminante, en que Garrison Keillor se sentaba en un taburete alto y empezaba un monólogo, sin música de fondo, que iniciaba siempre con la frase: "it has been a quiet week on Lake Wobegon, Minnesota, my hometown...", y empezaba a relatar historias llenas de humor, ternura, mensaje, y que, al final, dejaban siepre un muy grato sabor de boca, y que cerraban sempre con esta despedida: "that's the news from Lake Wobegon, where all the women are strong, all the men are good looking, and all the children are above average". En medio de estas dos frases, pudimos conocer la vida de esta comundad surgida de la fértil imaginación de este autor, habitada por una curiosa comunidad luterana y católica de ascendencia noruega y alemana, con un cierto dejo de inocencia y alejada de las complicaciones de la vida moderna en Minnesota, con recuerdos de su infancia y su juventud, o historias de algunos de los habitantes de ese pintoresco lugar.

Y estas historias hicieron las delicias de generaciones de personas de Minnessota, de toda la Unión Americana, y más allá. Primero las emisiones de radio, luego los cassettes, los CD's, y luego YouTube e Internet, a través de su página web. Garrison Keillor y "A Prairie Home Companion" se convirtieron en parte de la cultura popular de E.U.A.

Nosotros creamos una razonable colección de cintas y discos de sus historias. Aunque nunca terminamos oírlas todas las historias, cada una que escuchábamos por primera vez era siempre un grato descubrimiento, una nueva anécdota que recordar, alguna frase ingeniosa para usar en la plática, y un poco más de la vida en Lake Wobegon que lográbamos conocer.

Lo que resultó una experiencia realmente inolvidable fue verlo en persona, presentando su espectáculo. La primer vez fue en California, en que fuimos a la transmisión en vivo, desde un anfiteatro, de su programa de radio. La segunda fué ya viviendo nosotros en Canadá, y fuimos a Michigan a una presentación, ya fuera del programa, pero aun con Lake Wobegon en el ambiente y en el gusto de todos los que fuimos a ese recital.

Era darle rostros a las voces, realidad a los sonidos, y ser parte del sueño de un programa de radio. Y eso no hizo nada para demeritar ese sueño, al contrario, fue darle un mejor sabor de boca, vel al hombre contar su relato en su banquillo, como jugaba con su voz para hacernos parte de esa historia, envolvernos en la intimidad del sususrro profundo, conforme la historia iba de la situación jocosa al momento emotivo, en que los personajes de Lake Wobegon son seres humanos que aman, sienten nostalgia de una juventud ya lejana, o por alguien que se va. Al final, es la vida misma, con un poco de sal y limón.

Y sería realmente hermoso poder darle un final feliz a esta historia, como lo hacía Garrison Keillor en sus programas.

Pero esta vez, la realidad fue lejos de ser tan dulce como sus relatos.

Garrison Keilor fue uno de los personajes del espectáculo que fue acusado por conducta inapropiada y un caso más de #MeeToo. Las explicaciones han ido y venido. Lo irónico es que, aun en estos difíciles momentos, el Sr. Keyllor no deja de darle un tono poético a la situación. Una mano X pulgadas en la espalda... un gesto de consuelo a una admiradora... Nada por años hasta que el abogado de ella le llamó... Y así sigue la historia...

De la noche a la mañana fue despedido de Minnessota Public Radio, sus programas retirados de la programación y su acervo, y enviado al destierro artístico y el desprecio público. Quien sabe cual será su futuro, o si tendrá futuro. En todo caso, su talento permanece en su trabajo y el legado que significa Lake Wobegon.

Para mí seguirá siendo el hombre que contaba historias.

Una agridulce mezcla de recuerdos para conservar en esta ruta por el exterior.









30 septiembre, 2017

Unidad

Cuando uno vive en el exterior, los eventos y acontecimientos que suceden en el lugar de origen adquieren un significado mayor y su impacto es más profundo.

Déjenme contarles una historia de mi ya lejana juventud.

Un día de tantos, cuando todavía iba a la universidad, llegué a mi clase de las 7:00 de la mañana. Algo retrasado por cierto. Levantarse a esas horas, al menos para mí, era un crimen de lesa humanidad. Uno cabeceaba en el metro o en el camión o la pesera, en lo que pudiera uno transportarse (yo no manejaba todavía). Y llegar todavía en penumbras a la Ciudad Universitaria era poco motivador, mas bien uno entraba a su salón de clases con "cara de guácala".

Pero, ni modo, Era el precio por querer tomar clase con una eminencia del Derecho Laboral: el Lic. José Dávalos, quien fuera después Director de la Facultad de Derecho, en una gestión envuelta en la controversia y cambios radicales a nuestra escuela. Pero esa es otra historia.

Volviendo a mi relato, llegué al salón, y me senté en un mesabanco al fondo del aula, para no distraer la clase, aunque eramos unos 20 estudiantes en un espacio para 100 personas, por lo que desapercibido no pasé. Pero el profesor continuó explicando la lección de esa mañana.

Mientras trataba desesperadamente de no cabecear y poner atención a la clase, ocurrió algo completamente inesperado. De repente el edificio de la Facultad entró en un profundo silencio. Segundos después empezamos a sentir que todo se movía. Primero muy leve, pero ganando intensidad a cada momento. Quienes hemos vivido en el DF, ahora Ciudad de México o CDMX, no somos ajenos a temblorcitos que luego suceden. Pero ese no era un "temblorcito"

La estructura se movía intensamente, todos ya estábamos nerviosos, y escuchamos lo gritos de pánico en otro salón cercano. El Lic. Dávalos, tratando de conservar y demostrarnos calma, nos hizo a todos acercarnos a las columnas, como siempre se ha dicho que se puede uno proteger en caso de temblor. El ruido de una ventana rota hizo que el temor fuera aun mayor, aunque procurábamos no demostrarlo demasiado.

Los segundos se hacían eternos, y el edificio se seguía moviendo violentamente, haciéndonos difícil mantenernos en pie y apoyándonos en las gruesas columnas. Irónicamente, conforme avanzaba el terremoto, avanzaba también el amanecer.

Ya que sentimos que el temblor terminaba, comenzamos a recuperar la calma. Una vez que todo volvió a estar quieto, nos volvimos a sentar en nuestros pupitres y tratamos de seguir la clase con relativa normalidad. Al terminar la hora, todos salimos rápidamente a ver cómo estaba todo. A la vista, parecía que no había habido mayor problema: las otras facultades cercanas se apreciaban sin mayores daños, los alumnos llenaban la explanada, en parte los que alcanzaron a desalojar sus escuelas al inicio del evento, o los que acababan de salir de sus clases. Todos preguntaban lo mismo: ¿estás bien? ¿Cómo lo sentiste? ¡Estuvo horrible! ¿no crees? Al igual que muchos otros alumnos, buscamos un teléfono público para tratar de llamar a nuestras casas y avisarles a los nuestros que estábamos bien y poder saber si ellos también lo estaban. Las filas en los teléfonos en la zona de Servicios Escolares eran inmensas, aunque todos trataban de ser breves en sus llamadas, tomando en cuenta que había otros detrás de ellos con el mismo pendiente. Esto fue mucho antes de que los celulares estuvieran en nuestras vidas. Afortunadamente las líneas telefónicas seguían en servicio, y cuando por fin llegué al aparato, pude comunicarme a casa. Mis padres y mi hermano estaban bien, con un susto terrible pero sin problema, aunque el departamento en que vivíamos, nuestra primera casa propia, tenía cuarteaduras serias. De todos modos lo vería yo cuando regresara a casa.

Al saber que el metro estaba cerrado, por razones de seguridad, tomé camión en Insurgentes. Igualmente, las colas para esperar el transporte eran largas, pero finalmente pude abordar uno. Al ir avanzando por la avenida, una de las más importantes de la ciudad, pude empezar a darme cuenta de la verdadera magnitud del sismo: edificios con fachadas resquebrajadas, ventanales rotos, banquetas afectadas, gente en las calles todavía en shock ...

No había sido un temblor cualquiera.

Al llegar a casa, pude confirmar que mis papás estaban a salvo. Mi hermano, que en esa época trabajaba en Televisa, fue a apoyar las transmisiones de los noticieros para cubrir el temblor. Al empezar a ver los reportes en la televisión, me vino a la memoria una frase que había escuchado en un documental sobre la Segunda Guerra Mundial: destrucción más allá de la imaginación. Mi ciudad estaba convulsionada por uno de los terremotos más fuertes en su historia.

La fecha: 19 de septiembre de 1985.




Se mencionaba en los comentarios sobre el terremoto de 1957, en el que había caído el Angel de la Independencia. Pero esas historias parecían de una novela de desastres, no que pudiera suceder en la realidad. Pero luego, buscando por ahí, encontré fotos como ésta;


¿Alguna pregunta?

Pero a diferencia de 1957, septiembre de 1985 tuvo algo entonces único: la población se volcó a servir de rescatistas, de gente para remover escombros, buscar sobrevivientes, ayudar a los damnificados. Claro, también estuvo la Cruz Roja y los servicios de rescate y salvamento del ejército, la policía, y demás. Pero el ver a personas comunes y corrientes, y luego a algunas celebridades, removiendo trozos de concreto para salvar personas atrapadas, fue lo que hizo de ese temblor algo diferente. Una muestra de la unidad que puede lograr un pueblo en crisis.


Incluso yo, con algunos amigos, aportamos nuestra parte. La mamá de uno de ellos sugirió llevarles sandwiches a los soldados y rescatistas. Claro, serían unos pocos, pero esos pocos tendrían algo en el estómago para seguir su labor. Así, con un paquete de sandwiches hechos en casa, y un temor enorme, entramos al centro de la ciudad, uno de los puntos más afectados. Tiempo después pensaba en lo irónico de ir en sentido contrario en avenidas que normalmente eran muy transitadas, y en ese momento estaban desiertas, con restos de polvo de los edificios derrumbados, algunos soldados cuidando el orden y la propiedad... y ese pesado silencio...

Encontramos un soldado y le ofrecimos un sandwich. El hombre se debatía entre aceptar y sus órdenes de permanecer en su puesto sin hablar con nadie. Nos explicaba, apenado, que no tenía permitido recibir nada. Agradecimos su apoyo en el momento y seguimos adelante. Encontramos unos policías y ellos sí aceptaron gustosamente el obsequio, pero también nos dijeron que debíamos abandonar el área por ser de alto riesgo. Así lo hicimos.

Y como estas, cientos y cientos de historias sobre lo que pasó en la Ciudad de México ese septiembre, poco después de los festejos de independencia, y que ahora sumía a la ciudad, y a la nación, en un profundo duelo.

Desde entonces se creó una conciencia y una educación sobre desastres. Y se diseñaron planes de contingencia. Y se crearon cuadrillas de Protección Civil. Y se inventaron alarmas de alerta ante la inminencia de un nuevo temblor. Y se empezaron a hacer simulacros.

Y hubo tarde. Y hubo mañana. Día 1.

Y siguió habiendo temblores. El 20 de septiembre, la noche siguiente a ese brutal sismo, hubo otro, que acabó de rematar a varios edificios ya muy dañados, y revivió el pánico del día anterior. Y el número de muertos, heridos, desaparecidos y damnificados se incrementó. Más lo que se medio supo después de remover escombros en las semanas y meses siguientes. Se habló de miles de vidas perdidas, decenas de miles de damnificados y desplazados. En realidad nunca se podrá saber un número preciso de víctimas y afectados.

La conciencia colectiva de 1985 fue lo que más dejó huella en la memoria de los que vivimos ese episodio. Cuando la gente dejó de lado sus prejuicios, sus creencias, sus miedos, su indiferencia, y se volcó a los edificios derrumbados, a ayudar a los bomberos y rescatistas, a remover escombros, a buscar sobrevivientes o descubrir cadáveres, a consolar a las familias, a brindar ayuda de manera desinteresada, algo increíble en una megalópolis de más de 10 millones de habitantes, caracterizada, como cualquier gran ciudad del mundo, por la indolencia de quienes viven ahí a las tragedias ajenas o al dolor de otros. Esos días después del 19 de septiembre de 1985, todos eramos uno para ayudar.

Pero el tiempo pasó, las generaciones nuevas reemplazaron a las anteriores, el recuerdo de esa fecha quedó meramente en el anecdotario, y en el odioso simulacro de cada año, en que los políticos hablaban de un gran sismo que había conmovido los edificios y las conciencias de los capitalinos, banderas a media asta... y el dichoso simulacro, que era más un pretexto para salirse un rato de la oficina, del salón de clases, y platicar de cualquier cosa: el futbol, las películas, o lo que estuviera en boga en ese momento.

Y cuando se sentía un temblorcito, todos iban a los puntos de reunión, salían de las casas y oficinas; si era en día y hora hábil, los encargados de Protección Civil de las oficinas y escuelas organizaban la evacuación de las instalaciones, el ver que los grupos estuvieran completos y que nadie perdiera la calma. Eso me tocó varias veces en mi regreso a México. Y parecía funcionar bastante bien.

Y al igual que aprendimos a decir, mitad en broma, mitad en serio, que "2 de octubre no se olvida", algunos también decían "19 de septiembre (o simplemente el temblor de 85) no se olvida". Pero en realidad, más que olvidarlo, había quedado tan atrás en el imaginario colectivo, que las generaciones de "millenials" estaban, a nuestro parecer, más preocupados de cómo sería el iPhone8, que si volvía a pasar algo como lo del 85.

Todo esto se reinventó una vez más, también de manera dramática. También un 19 de septiembre. Pero ahora de 2017. Justos 32 años después del otro cataclismo.

Y una vez más, la unidad de los mexicanos salió a flote.

La cantidad de ironías sumadas en este evento es impresionante: el 7 de septiembre, 12 días antes, hubo un terremoto de una intensidad casi similar, pero en el sur de México. Dos estados, Oaxaca y Chiapas, fueron gravemente afectados, pero se sintió levemente en la Ciudad de México. ¿Qué nos salvó? La lejanía y la profundidad del epicentro, a decir de los que saben de esto. Si hubiera sido más en la superficie, o más cercano a la costa, quien sabe... El 19 a mediodía, se hizo el tradicional simulacro, el recuerdo del 85 y todo lo acostumbrado. Casi dos horas después la tierra empezó a moverse y ganar fuerza e intensidad. La gente no acababa de sentarse en sus escritorios, pupitres, mesas, o reiniciar sus actividades, cuando el terremoto adquirió fuerza destructiva. No dieron tiempo a que se reiniciara la alarma sísmica, ya todos habían salido del modo de simulacro, nadie esperaba que eso volviera a pasar...

Y para la gente de mi generación, y algunas anteriores, fue revivir esos momentos de 1985. Yo me veía llegando adormilado a la Facultad...

Sin embargo, esta vez no estuve yo ahí para salir corriendo del edificio en Tlatelolco en donde estaba mi oficina. Estaba en Canadá, preparándome para salir a comer... No había sentido nada. Un aviso de RT, una agencia informativa rusa, en la pantalla del celular... Y el mundo paró en seco.

Y en segundos, Facebook y Twitter empezaron a poblarse de avisos de gente preguntándose unos a otros si estaban bien, si habían sentido el temblor, si en donde estaban no había habido daños. Y luego fueron los reportes de Protección Civil. Y fue de nuevo descubrir, a través de los medios, que la CDMX estaba en un colapso emocional por un terremoto más. 

Y fue empezar a ver que se formaban los centros de acopio organizados por la población, y los voluntarios que iban a arriesgarse para remover escombros y tratar de salvar gente, a una velocidad de los equipos establecidos de rescate no tuvieron. Sí llegaron, pero fue a integrarse a las cuadrillas civiles ya operando.

Los amigos, poco a poco, avisaban que estaban bien, muertos del susto, pero bien. La gente se organizaba para el rescate, para abastecer los centros de acopio, para ayudar a los rescatistas, para conseguir agua, medicinas, ingenieros, expertos en primeros auxilios. Se formaban campamentos para las labores de remoción de escombros. Y había una estricta disciplina en los trabajos, no se ha sabido de incidentes con relajientos en los puestos de auxilio o en los trabajos en los edificios colapsados, y cuando se sabía de bromistas que abusaban del miedo o de la ayuda generosa, una cadena de información a través de Facebook, Whatsapp, Twitter y otras redes sociales, denunciaban estos casos. La humillación en redes sociales puede ser un castigo muy severo.

Junto con los cuerpos profesionales de rescate, llegaron ayudas de otros países, como sucedió en el 85. La generosidad del mundo hacia México fue, como siempre, inmensa.

Pero quienes se llevaron el mayor premio fueron esos jóvenes"millenials", los que más arriba decía yo que estaban más preocupados por lo superfluo que por su prójimo. Fueron ellos los que supieron organizarse, aun mejor que en el 85, con herramientas que no soñábamos tener en esos tiempos, como un teléfono celular, una red social, pero sí con esa misma solidaridad que nos movió a los jóvenes de otro tiempo a hacer actos heroicos, que ni de broma haríamos en nuestra vida diaria. Ellos tienen la gratitud de miles y miles de personas a quienes rescataron de los escombros, les dieron algo de comer o de beber, les dieron consuelo al ver su patrimonio perdido o al saber que un ser querido había muerto bajo los escombros. Ellos, y sólo ellos, hicieron la diferencia desde las primeras horas después de que la tierra dejó de cimbrarse a sus pies.

Esta tragedia nos dio nuevos héroes para nuestro imaginario, como Frida, la perrita rescatista de la Marina de México, y que sirvió para reconocer el esfuerzo de muchos más perros de búsqueda y salvamento que estuvieron activos en las labores de rescate. La cantidad de memes y menciones sobre ella inundan Internet.

Pero algo más que surgió de este fenómeno, sismológico y social, fue el crear un nuevo lenguaje de rescate, creado por los propios civiles rescatistas, y que se ha convertido en el símbolo del esfuerzo de todos y cada uno de los que estuvieron, mano con mano, quitando escombros, buscando sobrevivientes, recuperando algunas pertenencias pero, sobre todo, recordándonos que esta ciudad enorme e impersonal, está habitada por seres humanos.

El gesto más conocido de ese lenguaje es el puño en alto, con el que se pedía silencio a todos en el lugar, para tratar de escuchar algún ruido que diera indicio de que había alguien con vida bajo los escombros. Y nadie ha osado burlarse de ese gesto. Luis Villoro, poeta mexicano, escribió un poema titulado así: "El Puño en Alto". Escuché en un video cómo lo recitaba él, pero Delia encontró un video hecho por alguien en el que se recita el mismo poema, pero en la voz y la imagen de verdaderos rescatistas y voluntarios que estuvieron ahí.

Todavía lo veo y se me llenan los ojos de lágrimas y se me hace un nudo en la garganta...


Para todos los que vieron esa señal de esperanza mientras estaban en un edificio en ruinas, y supieron guardar ese silencio que hizo la diferencia entre la vida y la muerte, toda mi gratitud, mi respeto y admiración, y una disculpa por no haber estado con ustedes para ayudar de algún modo.

Para aquellos que lo perdieron todo en el terremoto del 19 de septiembre de 2017, o en el del 7 de septiembre de 2017, o en el del 19 de septiembre de 1985, o en cualquier otro desastre natural, pido un momento de silencio y solidaridad con este gesto que he aprendido de esta tragedia y que, una vez más, nos une a todos los mexicanos y nos muestra, una vez más, como un pueblo unido en la desgracia, pero con la fuerza de poder ayudar a quien más lo necesita para resurgir, una vez más, de los escombros, el polvo, la tierra y las cenizas, ahora más fuerte y sólido que nunca,


El puño en alto, desde el exterior.



16 mayo, 2017

Rituales de transición

Cuando uno vive en el exterior, la vida no deja de seguir su curso. El lugar no detiene el tiempo. A veces nos hace más conscientes de su devenir o, al menos, nos ayuda a que no se nos olvide que el corazón sigue latiendo, que el sol sigue saliendo por las mañanas, y que el atardecer seguirá en el horizonte al final de cada día.

El paso de los años desde que ingresé al Servicio Exterior se ha ido mostrando en detalles de todos tipos: un poco más de cintura en uno, lo que hace que las tallas del pantalón tengan que crecer, so riesgo de que estemos entamalados en la ropa; las consabidas canitas que empiezan a platear la sien, como cantaba Gardel (¡y cada año canta mejor!); el que la música en volumen alto se empieza a sentir como ruido estridente, y así podría seguirme con esa lista de cosas que nos muestran que nos alejamos más de la juventud y nos acercamos más a la madurez.

El haber cumplido 25 años en el oficio ha sido un parteaguas, como dicen los políticos y los historiadores. Es el reconocimiento de la trayectoria que hemos logrado en este tiempo de servir fuera de la tierra de uno, y un rato de regreso, para volver a partir, como antes (y va de nuevo Gardel). Tiene un símbolo visible, que fue una medalla y un diploma firmado por la entonces Canciller:


Esperé esta condecoración por muchos años, y tenía la esperanza de que pudiera recibirla en una ceremonia en la Cancillería. La geopolítica se atravezó en la ruta y terminé abriendo un paquete en la valija diplomática en mi escritorio para poder tener el estuche y el diploma en mis manos. Ni modo. Así pasa cuando sucede, como dice Delia.

Son los rituales cuando uno se acerca al atardecer de su gobierno, como decía mi abuelo.

Pero hay otros que vienen del otro lado de la línea. Esos que se dan al inicio de la vida, cuando la persona empieza a dejar atrás la infancia y comienza a asomarse al mundo de la adolescencia, como antesala de la vida adulta.

En muchos de nosotros se manifiestan en momentos como el primer cigarrillo a escondidas en el baño de la escuela, o cuando se empieza a dibujar una sombra oscura en el rostro de los muchachos y que anticipa una barba o un bigote, símbolos de ser ya una persona mayor. Es también el empezar a usar prendas que no se tenían antes, como el sostén en las chicas. También en nuestra afectividad, como el descubrir el atractivo de las chicas o los chicos, el tomar a alguien de la mano y sentir un leve escalofrío de emoción, lo sublime de un primer beso, o la intensidad del sexo por vez primera.

Cada quien tiene su propia versión de esos rituales de transición, o en inglés "passage rituals".

También me toca ser testigo de esos rituales de transición. Y muy de cerca. 

Mis chicos se alejan de la infancia cada día. Rebeca ya llegó a la mayoría de edad que establece la ley, y Diego se acerca rápidamente a esa etapa. Cada uno está teniendo sus propias experiencias en esa transformación de vida.

En el caso de Rebeca ha sido en varios movimientos. El primero fue el que viajara por primera vez sola, es decir, sin nadie de la familia con ella; a un lugar desconocido y con gente que acababa de conocer, o que había visto antes, pero con quienes tenía un mínimo de contacto.

Resulta ser que la escuela de Reba promocionó un viaje a Europa para cuando estuviera en el último semestre de preparatoria, o High School como acá le dicen. La ventaja es que se pagaba en cómodas mensualidades, por cerca de año y medio, Por supuesto que tomamos la oferta y gustosamente pagamos (o nos cargaban a la tarjeta, que es lo mismo) lo del viaje. Al final, quedó listo el pago, luego fue renovar pasaporte, visas de Canadá y Estados Unidos (su vuelo saldría desde Michigan), equipaje, dinero que llevar para el viaje (ya saben: regalitos, antojitos, y todo lo que pudiera ofrecerse en el trayecto), una maleta adecuada, ropa cómoda y a la vez linda, en fin...

Llegó la fecha, fue dejarla temprano en la mañana en la escuela, para unirse al grupo de viaje. Escuchar las recomendaciones de los chaperones y coordinadores de contingente. Y llegó el momento de decir "¡te esperamos de regreso! ¡Cuídate! ¡Toma muchas fotos! ¡Diviértete! ¡Te queremos!", tratando de no usar el "adiós". Total, después de los abrazos y demás, abordaron un autobús que los llevaría al aeropuerto, y de ahí a cruzar el Atlántico.

A pesar de la tecnología, no hubo mucha comunicación. Así que, cuando llegó el día del regreso, fue ir ansiosos a recibirla en la escuela, el mismo punto de su partida. Al vernos, corrió a nuestros brazos y, en un mar de llanto, nos dijo lo mucho que nos había extrañado, lo mucho que había pensado en nosotros y su alegría de estar finalmente en casa. Ya más calmada, ahora sí en casa, fue empezar a platicar de las incidencias del viaje, de sus acompañantes, de los lugares que había visitado, y ahí la charla ya fue más animada, haciendo broma de las actitudes de otras de las chicas y chicos del grupo, o de algún momento del recorrido. Y todo regresó a la normalidad del muégano de familia que hemos formado.

El segundo momento no fue tan traumático. Al menos no para Rebeca, sino mas bien para los papás, léase Delia y yo.

Desde antes de su cumpleaños, Rebeca había dicho que quería un tatuaje, pero sin especificar qué figura había escogido. Cuando empezamos a hablar del asunto, lo tomábamos medio a broma y le decíamos que, cuando cumpliera los 18, entonces podríamos ver el asunto.

El tiempo siguió su ruta y, cuando menos nos dimos cuenta, ya Reba estaba apagando las velas de su mayoría de edad. Y lo hizo con decoración que era muy de su gusto:


Tal vez como preludio a lo que vendría unos pocos días después...

De hecho empezó el mismo día de su cumpleaños. Nosotros honramos nuestro compromiso, y fuimos a una casa de tatuaje que nos dio buena impresión. Platicacmos sobre la idea de Reba para su tatuaje: el logotipo de los Autobots, el tema de su mesa de cumpleaños. Y su deseo no era de ese preciso momento. Le tomó franco cariño a los Transformers desde hace mucho tiempo. Vió bastantes episodios de una de las series recientes, pero pudo ver historietas, o cómics como ahora se les conoce, de los tiempos en que surgieron los Transformers, alrededor de mis 18 años. Conforme iba conociendo más de los robots en disfraz, más crecía su pasión por ellos.

Precisamente pensado en que eran personajes de los 80's del Siglo XX, imaginamos Delia y yo que no tendrían mucha idea del tema. Cual fue nuestra sorpresa cuando el muchacho del mostrador nos dijo que, a su espalda, estaba un verdadero experto en la materia, y se volteó un hombre alrededor de sus 30's, robusto, de mediana estatura, y se levantó la manga de su camisa para mostrar un muy elaborado tatuaje de los personajes de ese programa. Delia abrió unos ojos de plato y empezó a decir en un susurro "¡omaigodomaigodomaigod!".

La idea de Reba no era algo tan sofisticado, pero cuando vió esa obra de arte en tinta, su emoción fue hasta el techo. Desgraciadamente, el artista ya iba de salida, pero se programó la cita para unos días después, justo al regreso del viaje de fin de año y de preparatoria. Al final fue, aparte de tener el tatuaje, una manera de subirle más el ánimo después de la experiencia del paseo por Europa.

Y el resultado, en mi opinión, fue sobresaliente:


Sin duda, Optimus Prime, líder de los Autobots, estaría más que satisfecho.

Y Rebeca lo porta con orgullo y alegría, preparando el camino hacia su carrera, cualquiera que sea, y a empezar a transitar el camino hacia ser un adulto.

Estas experiencias, pienso yo, forjan de una manera u otra el espíritu de Rebeca, y le darán elementos para comenzar ese pasaje. Sus rituales de transición siguen. Estoy seguro que, en su interior, ella sigue buscando el derrotero de su destino. Delia y yo, como sus padres y por el inmenso amor que le profesamos, estaremos a su lado para guiarla y acompañarla, hasta donde ella lo necesite. Después, ya será ella sola.

Luego será el turno de Diego, quien tendrá sus propios rituales, sus propias experiencias, sus propios aprendizajes. Y ya nos tocará acompañarlo en esa transición.

El privilegio de vivir el declive de la madurez propia, junto con el ascenso de la juventud.

La maravilla del tránsito de la vida frente a nuestros ojos, esta viviencia que nos toca ver desde el exterior.

09 mayo, 2017

Cuando la ayuda nos llega de donde menos esperamos...

Cuando uno vive en el exterior aprende a valorar la ayuda que se recibe. Lo mejor es cuando ese apoyo nos llega de los que, pensamos, serán los menos útiles a la causa.

En este oficio del Servicio Exterior hay diversas clases de asignaciones, comisiones, rangos y esas cosas. Ser parte de una estructura permite que haya un orden, una organización, funciones bien definidas, responsabilidades claramente asignadas. Me ha tocado crecer en esa estructura desde el nivel más bajo, hasta mi actual posición. No ha sido fácil, como también lo pueden decir muchos colegas del gremio. Hay que ganarse el rango y el puesto, y a veces ambos a al vez. Pero, como en todas partes, hay quienes reciben el rango, el puesto, o ambos, por obra y gracia de Mandrake. Y que piensan que, como por arte del mago de las tiras cómicas, el trabajo se hará con sólo chistar los dedos.

O al menos yo tenía esa idea, producto de las experiencias compartidas de colegas que ya tienen más tiempo que yo en la arena.

Sin embargo, también como en todo, no hay reglas rígidas ni principios escritos en piedra. Mas bien es la máxima popular que "De todo hay en la Viña del Señor".

Mi experiencia personal con estas agraciadas personas ha sido muy positiva. No me ha tocado lidiar todavía con esos inútiles que la fortuna pone en algunas oficinas y que, sabiéndose privilegiados, exigen prebendas, sin tomar en cuenta que tienen la obligación de cumplir una función. Me congratulo en decir que los funcionarios de asiganción extraordinaria que me han tocado en mis oficinas han sido de primera. Y lo han demostrado a carta cabal.

Y tienen nombre y apellido, y no tengo el menor empacho en citarlos: Jesús Contreras y Martín Torres. Ambos coincidieron conmigo en Texas.

Debo admitir que, al saber que iban a llegar a la oficina en que estaba entonces, había cierto recelo heredado de las historias que les comentaba más arriba. Aparte, sin conocer a ninguno de ellos, la imaginación crea toda suerte de historias. Con toda alegría puedo decir que estuve equivocado.

Ambos llegaron con pocas semanas de diferencia, y casi al mismo tiempo que yo. Para el Consulado General en Dallas era un cambio importante de equipo, ya que se ocupaba una oficina prioritaria, como era la de Prensa y, por otro lado, se recibía un apoyo necesario en la difícil área de Documentación.

Jesús no era un novato en el tema de medios, todo lo contrario. Con una amplia experiencia en el difícil arte de lidiar con reporteros, prensa, TV, radio y similares. Para él era regresar a un ambiente familiar, y con su habilidad, don de gentes, simpatía y creatividad, supo ganarse a los medios del Norte de Texas, de trato difícil y con frecuentes fricciones con la oficina. Sin embargo, se convirtieron en valiosos aliados en las tareas que teníamos, y sigue teniendo el Consulado General. Abrió una brecha que ha sido bien aprovechada por sus sucesores, y la relación con la TV, el radio y la prensa sigue siendo, hasta donde yo se, muy saludable y positiva. Todavía hay gestos de aprecio por mi vencino de sección del edificio, cuyo café express llenaba de un aroma delicioso el piso completo, y le ganó frecuentes visitantes entre los aficionados al café fuerte que sólo Jesús sabe preparar. Facebook, en donde estamos conectados junto con un grupo importante de comunicadores de Dallas, me ha permitido constatar el gran aprecio y respeto que dejó plantado en ese lugar, y las muestras de afecto de sus contrapartes son frecuentes y cálidas.

Y los que compartimos trinchera con él, encontramos a un gran amigo, fucnonario comprometido con la causa y, sobre todo, una persona de gran calidad humana, sin demeritar a nuestros otros dos invitados de hoy.

Este es el primer invitado de hoy:



Martín García tiene una historia un tanto parecida, pero con su toque personal. Igual que con Jesús, nos avisaban que venía, y no sabíamos que esperar. El día en que se presentó a la oficina, me impresionó un hombre alto, corpulento, con poco cabello y cara muy adusta. Cuando me tocó recibirlo y platicar con él, descubrí a una persona de carácter amable, jovial, de trato sencillo y, sobre todo, una frase que me quedó grabada: "¡pónme a hacer lo que sea! Yo vine aquí a ayudar, no a ser una carga. No tengo problema en hacer labores de escritorio, mostrador o lo que me digas". Con ese nivel de disposición, cualquier duda que hubiera podido tener sobre su deseo de ser alguien más del equipo desaparecieron.

Decidimos asignarlo al área de Documentación. Naturalmente, era una actividad nueva pero, como parte de esa disposición extraordinaria, llegó con sincero deseo de aprender, hacía preguntas sensatas al personal que ya tenía experiencia en los servicios y los trámites y, cuando algo empezaba a ponerse más complicado de lo necesario, pasaba a mi oficina y lo platicábamos, él escuchando, preguntando, proponiendo, siempre con respeto y cordialidad, como buenos colegas y, con el trato diario, al igual que con Jesús, una sincera amistad. Al poco tiempo, su habilidad le permitió asumir la supervisión del mostrador, a la vez que estaba recibiendo documentos y atendiendo a los paisanos, siempre con una gran sonrisa, un trato amable, respetuoso y simpático, lo que le ganaba el aprecio del público y el afecto de los que trabajábamos con él.

Y presentamos a nuestro segundo invitado:


Salir de Texas fue dejar atrás a estos dos buenos amigos e invaluebles colegas. Fue triste, pero sabía que sus funciones quedaban en las mejores manos. Ellos también, en su momento, terminaron su ciclo en Dallas. Jesús regresó a México, donde trabaja en otra dependencia del Gobierno Federal; y Martín cambió de oficina a Chicago, en donde sigue sirviendo a los nuestros con ese mismo compromsio que yo pude constatar en nuestro tiempo de trabajo compartido.

Yo regresé a Consulares, y casi cuatro años después, estaba yo haciendo maletas y menaje para comenzar la experiencia de dirigir un Consulado en Canadá. 

El tiempo nos dará la oportunidad de conocer a otros colegas que, como Jesús y Martín, son personas que el Servicio Exterior recibe en calidad de préstamo, y que nos dejan su esfuerzo, experiencia y amistad.

Estas dos personas me han enseñado una gran lección de humildad, de experiencia y, sobre todo, de saber dar la oportunidad de que la gente con la que colaboro muestre sus colores antes de crear prejuicios o asumir posiciones. Han sido valiosos colaboradores, cada uno en su espacio y su tiempo, y siempre buenos amigos con los que compartimos una charla amena, una taza de café, o un saludo por el medio en que podamos coincidir.

A cada uno les tengo una deuda de gratitud por su apoyo como equipo, y por el favor de su amistad y respeto.

Experiencias que enriquecen la vida cuando se está en el exterior.

12 febrero, 2017

Todos tenemos algo que decir

Cuando uno vive en el exterior, se siente la necesidad de decir algo. De compartirlo con aquellos que nos acompañan en la jornada. De expresarlo al mundo que esté dispuesto a escucharnos.

Este espacio surgió del deseo, del ansia, de la necesidad de decir lo que pienso, lo que siento, lo que este peregrinar ha creado en mi mente, en mis sentimientos; el visitar los recuerdos, el traer a la conversación las personas y los lugares que han sido significativos, el hacerte partícipe, amigo lector, o lectora, de lo que ha sido esta experiencia fuera de la Patria.

Sirva de ejemplo nuestra estancia en Canadá, que nos ha dado la oportunidad de conocer gente hermosa que ha ido ganando un lugar en nuestro aprecio; y el convivir en un lugar tan relativamente pequeño, como es Windsor, nos permite que esa comunicación sea frecuente, y al no ser atosigante, hace que cada encuentro sea cordial, con nuevas cosas que comentar, o actualizar las ya conocidas. Es una especie de familia, pero no al estilo Corleone, o Soprano para las nuevas generaciones. Es el grupo de amigos que nos da la hospitalidad a los recién llegados, para formar parte de un grupo con décadas de conocerse, pero con origen común en la Patria y que, al final, es el lazo que nos une.

Y como eso podríamos hablar de Albuquerque (del que tengo un sentimiento muy especial), Santa Ana, Shanghai, o Texas. Incluso del regreso temporal a México. Cada sitio nos ha dado su cuota de lugares memorables y gente especial que han hecho de esa etapa en específico, algo que forma parte de nuestra memoria histórica y de nuestra nostalgia.
Y a su vez, cada lugar, cada persona que entra a nuestras vidas en esos sitios, nos hace partícipes de su experiencia de vida, de aquello que, de una manera o de otra, causa un impacto en su ser. Para muestra, un botón. 

Maru, una amiga de Canadá, viajó de regreso a Monterrey, su lugar de origen, y donde vive la mayor parte de su familia, para acompañar a su sobrina Ivana a iniciar su camino a la Eternidad, víctima del cáncer. Su muerte fue antes de tiempo, y es más doloroso cuando hablamos de una niña que apenas comienza su vida.

Supe de la existencia de la pequeña por las crónicas que compartió Maru en su muro de Facebook. Con palabras simples y emotivas, tanto en inglés como en español, nuestra amiga nos permitía acompañarla en sus reflexiones sobre la enfermedad de Ivana, y su visión de la vida ante este momento de dolor, al mismo que tiempo que celebraba la vida de su sobrina.

Facebook se ha usado para los más diversos fines, desde impulsar la consciencia social y llamar a la comunidad a rebelarse contra la opresión y la tiranía, hasta chistes y cosas que se podrían catalogar como superficiales o sin importancia. No se le puede negar su valor como agente de divulgación científica, económica, académica, cultural, social. Su versatilidad es medida por la de sus millones de usuarios en todo el orbe, e incluso más allá, pensando en los astronautas y cosmonautas de la Estación Espacial Internacional, que orbita la Tierra. 

Y así todos buscamos un foro que podamos considerar idóneo para expresar nuestra voz. Antes lo hacíamos con un amigo en un bar, con una copa de por medio, o en la tranquilidad de un café, con una taza humenate en la mesa. La creación de las redes sociales y espacios en Internet, en los que uno puede hacerse escuchar, o leer, ha sido la respuesta a esa urgente necesidad de decir lo que tenemos dentro, a unos cuantos o al mundo entero; ya sea para hacer partícipes de la alegría de un triunfo, o el dolor de la pérdida, como Maru. Expresar una opinión o solidarizarse con una causa. Desde Twitter y sus 140 caracteres, hasta espacios como Blogger y otras plataformas similares, en que uno puede desarrollar una idea (WordPress, por ejemplo, donde escribe Gerardo, mi compadre). O por YouTube, en que millones de personas logran seguidores de temas como recetas de cocina, crítica literaria, o solo hablar de cualquier cosa mientras se juega un videojuego. Las posibilidades son infinitas, y constantemente surgen nuevos foros, visuales o escritos, en los que expresamos lo que queremos decir.

Pero al final, el mensaje siempre encuentra un medio para ser transmitido, y que llegue a sus destinatarios, donde quiera que estén.

La urgencia de expresarnos no reconoce ni distancias ni fronteras, cuando estamos en el exterior.

11 diciembre, 2016

El final de una era

Cuando uno vive en el exterior, se pueden conocer diferentes perspectivas de la realidad y, con ello, enriquecer el intelecto y el espíritu.

Ya hemos platicado antes sobre el ser observadores de la Historia y el estar en el lugar correcto, en el momento preciso. No hay repeticiones, ni nadie la puede detener para que nos pongamos en el mejor lugar.

Y ese devenir marca las generaciones. Las experiencias vividas desde la infancia y que marcan la vida de una parte u otra de la Humanidad, Incluso de toda ella.

Y cada generación tiene sus símbolos, sus héroes y villanos, sus íconos... su inicio y su final.

Y en el caso de mi generación, y las inmediatas anteriores, estamos presenciando el final de una era. Y de la manera menos agradable: los personajes que han sido pilares de ella han iniciado su camino hacia el reino de la leyenda.

En los últimos tres años, una cantidad significativa de personajes que marcaron el rumbo de estas generaciones han fallecido. Los "baby boomers" y la llamada "Generación X" estamos viendo la partida de hombres y mujeres que, por mucho tiempo, consideramos como parte de nuestra vida diaria. Nombres como Leonard Cohen, Gonzalo Vega, Mickey Rooney, Ariel Sharon, Mario Cuomo, David Bowie, Prince, Gene Wilder, Leonard Nimoy, Harper Lee, George Kennedy, Mario Almada, Juan Gabriel, Rubén Aguirre, por sólo citar algunos, muchos de ellos en sus 70'sy 80's, unos más incluso en sus 90's, marcaron diversas etapas de nuestra infancia, juventud, e incluso de la vida adulta.

La música, la literarura, la política, el arte, el teatro, la televisión. Nuestra vida diaria resintió estas pérdidas. Fueron nombres y personas que vimos desde nuestra infancia, otros incluso desde la juventud de nuestros padres. Figuras que desde fines de la Segunda Guerra Mundial ya formaban parte del imaginario colectivo, en forma de voces de radio, personajes en el escenario o en la pantalla cinematográfica. Incluso quienes dieron el salto mortal hacia la televisión. Autores, autoras, actores, actrices, cantantes, líderes de estado y de opinión. Todos con algo en común: en algún momento fueron seres humanos que dejaron una huella profunda en nuestras vidas, a través de una sonrisa, una lágrima, una frase sensata, o incluso un error garrafal. Cada quien conoce esa huella y la conserva en su memoria y en su alma.

Conforme una generación cede su lugar protagónico a la que sigue, el ver cómo esas personalidades van despareciendo, es un recordatorio de la brevedad de la vida del ser humano en el contexto del Universo mismo. El que tengamos 2 millones de años sobre el planeta no se compara con los millones de años que han pasado desde que los dinosaurios dominaron la faz de este mundo, o los que han transcurrido desde que los continentes tomaron la forma que actualmente conocemos. Un latido en el corazón de la Creación.

Sin embargo, para nosotros, esos 50, 60 o 70 años son una eternidad. Es el cambio de usar pantalón corto, a empezar a salir solos (sin chaperón); de tomar refresco a conocer los efectos del alcohol; de recibir dinero para nuestros gastos por nuestros padres, a ganarlo en un salario. Un crecimiento que nosotros vemos lento, ya que se da con el día a día, pero que vemos vertiginoso en nuestros hijos. La relatividad que documentó Einstein en incomprensibles ecuaciones, pero que todos los padres hemos vivido desde siempre.

Y es algo normal, y hasta muy sano, diría yo. Es cierto que muchos hemos dicho alguna vez que "el tiempo pasado fue mejor", "¡ah qué tiempos, señor Don Simón!" y esas frases exaltando un pasado que, bien sabemos, ya no regresará. Pero lo mismo hicieron alguna vez nuestros padres, nuestros abuelos, y las generaciones que les precedieron. En el fondo muchos pensamos que nuestros tiempos han sido los mejores, y tal vez sí sea cierto. Fue la época en que crecimos, en que hicimos nuestra primera travesura, dimos el primer beso, conocimos el dolor del desamor, ganamos el primer sueldo, tuvimos nuestro primer auto, y tántos otros momentos que cambiaron el curso de nuestra vida para siempre, a veces para bien, a veces para aprender a no volverlo a hacer.

Charles Dickens nos enseñó, en "Historia de Dos Ciudades", que la época que ha vivido uno puede ser el pináculo de nuestra existencia o el abismo de nuestro vivir: Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos. Era la época de la sabiduría, era la época de la ignorancia. Era el período de la fe, el período de la incredulidad. La era de la luz y la era de la oscuridad. La primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo y no teníamos nada...

Presenciamos el final de una era, para ver la entrada triunfal de otra, que promete ser mejor. Ya el tiempo lo confirmará.

Un pensamiento en los últimos instantes de este año, desde el exterior.

02 octubre, 2016

Debe llegar a donde jamás ha llegado el ser humano...

Cuando uno vive en el exterior, se puede tener la fortuna de poder reencontrarse con cosas del pasado que han sido siempre placenteras.

Este año de 2016 se ha caracterizado por diversos aniversarios y el recuerdo de epopeyas. Y he disfrutado de esas conmemoraciones porque son de cosas que me gustan muy en especial.

Como muchos de mi generación, crecimos y pasamos buena parte de nuestra infancia al pie de la televisión, a la que unos le llaman "la caja idiota", pero otros, como yo, la vemos como una ventana a lugares, personas, épocas, que están muy lejos de nuestro alcance, o como se llamaba un programa de esos tiempos del Canal 4: "Una Ventana al Mundo".

Gracias a ese milagroso aparato, podíamos ver eventos que ocurrían en otra parte de la ciudad, del país, del hemisferio, o del mundo... e incluso fuera de la Tierra. Lo mismo nos daba a conocer lo que era el acontecer del día a día en los noticieros, o nos hacía vibrar con historias llenas de sentimiento, también nos hacía cantar y disfrutar la música de nuestros artistas favoritos, sacándolos de la imaginación del disco o de la radio y poniéndoles rostro y figura.

Recuerdo que de chico solía ver los documentales que pasaban antes de la programación regular a mediodía. Eso me ayudó a conocer las maravillas de la ciencia. El "Informe Científico" se hizo una costumbre que trataba de preservar en vacaciones y en días en que no podía ir a la escuela. De ahí mi amor a la ciencia, la tecnología, y el espacio.

Trataba de ver los lanzamientos de los cohetes Saturno V y las cápsulas Apolo a la Luna. Se oía tan increíble que era más bien motivo de broma, pero para mí era algo serísimo. Ya desde antes veía el Atlas que tenían mis papás y que le habían comprado a Selecciones, la revista mensual que nos daba desde chistes hasta versiones condensadas de libros de autores famosos. Buscaba la parte que se refería al Sistema Solar, con lo más preciso que se conocía hasta esa época (mediados de los 60's del Siglo XX) pero al alcance del ser humano normal.

Recuerdo entre sombras la llegada del Apolo 11, y cómo la narraban Jacobo Zabludovsky y Miguel Alemán Velasco, de la entonces Telesistema Mexicano, ahora Televisa. Con voces emocionadas recalcaban una y otra vez que las imágenes de la pantalla eran en vivo... "desde la superificie de la Luna... desde la superificie de la Luna... se dice fácil".

Estuve buscando un video de ese momento histórico, pero lo que he podido encontrar ha sido una parte de un especial que se hizo algna vez y que incluía esa parte. Con las reservas del caso, aquí se los comparto:



Y luego fue ver el surgimiento del transbordador espacial, hasta que una mañana de enero de 1986, estando entre dormido y despierto viendo la transmisión del despegue del transborador "Challenger", el mundo entero, yo entre todos ellos, vimos como estalló en mil pedazos, dejándonos mudos entre asombro y espanto ante algo que nadie había visto en esa generación. Ya estaba yo en el Servicio Exterior y viviendo en Estados Unidos en 2003, cuando mi pasmo nuevamente salió a flote al ver los pedazos del transbordador "Columbia", el primero en ser usado en el programa, caer como meteoros sobre Texas mientras iniciaba el reingreso a la Tierra.

Nadie dijo que ir al espacio fuera sencillo o sin riesgos...

Sin embargo, la exploración del Cosmos siempre ha tenido un aspecto romántico. Desde los libros de Julio Verne, hasta los hallazgos de astrónomos desde la antigüedad, el voltear la vista hacia el cielo nocturno y ver las luces que, a la distancia, han acompañado a la Humandidad desde sus orígenes hasta este día, ha sido motivo del trabajo del intelecto y de la imaginación, por igual.

El intelecto es el campo de la ciencia. La imaginación nos ha llevado a soñar y especular sobre lo que hay en esas luces celestiales. Y el poder viajar a los confines del Universo ha sido el tema de novelas, cuentos y, más recientemente, de películas y programas de radio y televisión.

Ya mencionamos los libros de Verne, pero podemos referirnos a autores como Asimov. Arthur C. Clarke, Lem, Bradbury, H.G. Wells, y tantos otros, algunos no tan célebres, que en sus palabras que detallaban vehículos prodigiosos y aventuras imposibles, hacían la delicia de chicos y grandes, por igual. Personajes como Buck Rogers, Flash Gordon, Nick Carter, llevaban a sus lectores a los anillos de Saturno o a galaxias lejanas a enfrentar a villanos despiadados, ansiosos de conquistar nuestro mundo.

El cine nos trajo historias que, aparte de la imaginación, nos alimentaban con imágenes de naves espaciales, cohetes de poder inmesurable, héroes guapísimos y extraterrestres seductoras, y títulos como "El Día en que la Tierra se detuvo", "2001, una odisea en el espacio", "Invasión de los Platillos Voladores", "La Guerra de los Mundos", y más recientemente "Star Wars", forman parte de los clásicos cinematográficos de todos los tiempos.

Y llegó la televisión. Y con ella las series que, semanalmente, nos traían nuevas y fantásticas aventuras, tal vez sin la ostentosidad y los grandes presupuestos del cine, pero sí con libretos ingeniosos y actuaciones que, con el tiempo, se volvieron legendarias. Yo viví esa parte de esta historia, y hubo dos series de temática espacial que dominaron mi infancia y juventud: "Perdidos en el Espacio" y "Viaje a las Estrellas". Si bien son disímbolas en su tema, ambas fueron íconos de su época, catalogadas como clásicos del género, y han acumulado una gran audiencia y fanaticada (fans, como les dicen ahora). Los clubes de admiradores de las dos series tienen miles y miles de socios en muchas partes del mundo. Y ambas han generado fenómenos culturales difícilmente comparables.

A diferencia de otros clásicos de la pantalla chica, la vida de estas dos series fue efímera (3 temporadas cada una), una por falta de audiencia, otra por altos costos y "raitings" en declive. Los ejecutivos tenían que ver por el bien de los estudios, aun cuando las series tuvieran seguidores sólidos, pero no en cantidades suficientes como para justificar su permanencia en la programación. Las dos sobrevivieron gracias a lo que se conoce como "sindicación", es decir, vender la serie a las televisoras locales y que fueran ellas las que transmitieran los episodios como y cuando quisieran. Eso hizo que "Viaje a las Estrellas" y "Perdidos en el Espacio" continuaran en el gusto de la audiencia a nivel de Estados Unidos. Igualmente pasó con la distribución internacional. Las repeticiones hicieron que cada vez más y más gente les ganara gusto, hasta el día de hoy.

Cada serie ha celebrado su 50 aniversario.


Ya en el plano de gusto personal, de "Perdidos en el Espacio" me agradaba casi todo, excepto el Dr. Smith (el "villano" que, más que serlo, era el torpe que se metía en problemas) y Will Robinson (el chico listo que hacía pareja con el Dr. Smith para meterse en líos y tratando de hacerle entender lo equivocado de sus enredos). Los demás personajes tenían aportaciones interesantes, pero eran siempre opacados por el dueto, con la presencia del robot, mezcla de ingenio y "tecnología". Pero lo que siempre me encantó fue la nave: el Júpiter 2. Me causó siempre un gran magnetismo al grado de que, después de ansiar toda mi vida que algún día existiera un modelo de armar, Delia lo pudo encontrar y me lo regaló de cumpleaños en 2001, recién llegados a California. No les cuento la felicidad que me embargó entonces, y esa nave es un proyecto pendiente, a fuerza de querer hacerlo tan perfecto que avanza casi una pieza por día, cuando ha habido avances.

Y está "Viaje a las Estrellas". O "Star Trek", por su nombre en inglés.

Un concepto totalmente distinto, ST ha sido una serie que ha generado un fenómeno único en la historia de la televisión, la ciencia-ficción y la mecánica social.

Como les comentaba arriba, esta serie estaba condenada al olvido, incluso cuando estaba originalmente al aire. La presión de sus admiradores hizo que se le tuviera al aire para su tercera y última temporada, Miles y miles de cartas enviadas a NBC (la cadena de TV que la transmitía) hicieron que se revirtiera la decisión, ya tomada, de cancelar el programa. Al término de ese indulto el final fue inevitable y, como dijimos, entró al campo de la sindicación, y lo demás fue historia.

Esta serie buscaba, dentro de un papel de entretenimiento, ser un programa dirigido a adultos que pudieran divertirse y, a la vez, pensar en temas de actualidad: discriminación, guerra, diversidad, y un futuro promisorio, en el que la pobreza y la enfermedad ya no eran problemas que aquejaran a la Humanidad, sino el conocer otros mundos y otras civilizaciones.

O, como decían en la introducción en español de cada episodio, "debe llegar a donde jamás ha llegado el ser humano".

Con guiones inteligentes, simbolismos sutiles y a la vez elocuentes, humor, mujeres hermosas (todo ayuda, por supuesto), protagonistas  y personajes únicos e identificables (Spock, por sólo dar un ejemplo), y un vehículo que los llevara de un planeta a otro a velocidades inimaginables (la nave estelar Enterprise), "Viaje a las Estrellas" sobrevivió a su muerte televisiva para entrar al Universo de la leyenda y a la iconografía del Siglo XX, e incluso del XXI.

Mi afición por la serie me ha llevado a tenerla en BluRay, el haber armado varios modelos del Enterprise y tener otros más en espera, incluso haber conseguido playeras similares a los uniformes de los oficiales de la Flota Estelar.

Y después llegó la segunda encarnación de la franquicia: "La Nueva Generación", con nuevos personajes, diferentes situaciones, pero recuperando conceptos originales como los klingons (unos de los villanos, que más bien son guerreros) y la propia Enterprise, ahora una nave todavía más moderna y sofisticada. Esta serie logró su propia identidad y su propia membresía de admiradores, pero también como parte del Universo de la serie original. Le siguieron otras secuelas, y luego las películas de largo metraje, tanto con los actores y personajes originales, como con los de la nueva generación.

Ya en tiempos más recientes, y luego de varios años sin nada nuevo en esta franquicia, en 2009 se estrenó una película que es una mezcla del concepto original, con elementos nuevos que buscan darle una indivdualidad, para no ser tachada de una mala copia de la original, sino algo nuevo para una nueva generación de "trekkers", como se nos ha dado en llamar a los admiradores de "Star Trek". Después de tres millonarias películas, una cuarta en producción, una serie en desarrollo y un ejército mundial de admiradores, "Viaje a las Estrellas" está vivita y coleando.

Pude ir a una de las convenciones que se organizan cada año en diferentes partes del mundo, esa vez en Pasadena, California, y tuve la oprtunidad de conocer personalmente a una de las actices de la serie: Nichelle Nichols, quien interpretaba a la Teniente Uhura, la oficial de comunicaciones del Enterprise. Una dama extremadamente amable, que se tomó fotos conmigo y con Rebeca, entonces una bebita. Me autorgrafió su libro de memorias. Fue una oportunidad inolvidable.

El haber podido llegar a los 50 años de estas dos series de mi infancia y juventud me hace sentirme muy afortunado. Iconos de mis primeros años de vida, y que se convirtieron en leyendas de su tiempo, y que nos daban la imagen optimista de un futuro mejor, la esperanza de una tecnología que salvaba vidas y nos acercaba más a las estrellas. Que nos hacían ver que el espacio no estaba tan lejos, que no sólo los cohetes eran los únicos vehículos para ir a las estrellas, ni los astronautas eran los únicos que podían abordar y conducir esas naves de ensueño. Todas esas maravillas estaban al alcance del botón para encender la televisión.

Aniversarios gozosos que me han tocado en el exterior.