21 febrero, 2016

Gratitud

Cuando se vive en el exterior, se tiene la oportunidad de contemplar la vida desde una perspectiva diferente.

En la Patria se tienen muchas cosas por sentadas: familia, herencia, tradiciones, amigos, el pasado, el presente, el futuro. De alguna manera, se tienen todas las respuestas a todas las preguntas, aun las que no se han formulado todavía.

Cuando uno cambia el entorno, la visión cambia, se está en un contexto nuevo, diferente, tal vez hostil, pero siempre con la posibilidad de enriquecernos, fortalecernos, y hacernos que la experiencia sea de crecimiento y mejora. Cuando se está fuera por un trabajo, por los estudios, por supervivencia, o por la razón que sea, es ser transplantado a un nuevo territorio. La ciencia es que uno pueda soltar raíces en ese nuevo terreno.

Este cambio de punto de vista permite, si uno es consciente del entorno que le rodea, que uno ha logrado mucho de lo que se tiene (material, espiritual, sentimental, o de lo que sea) con la ayuda, intercesión, colaboración, apoyo, consejo, o mera presencia,de alguien más. Y no es que esté negando el mérito de lo que uno hace, ¡claro que no! Pero no olvidemos que no estamos solos en este mundo, ni somos la última coca-cola del desierto. Efectivamente, uno se esfuerza a brazo partido para lograr sus objetivos: el mejor puesto, la atención de la chica especial, los boletos del juego del año, ahorrar para las vacaciones de ensueño... y así podría seguir la lista.

Pero siempre un consejo a tiempo, el hacerle ver a uno algo que se había pasado por alto, una palabra de aliento, una cita, una corrección útil en esa carta, todas esas cosas y situaciones, grandes y pequeñas, y que surgen de alguien ajeno a nosotros, pero que se interesa en nuestro bien y en nuestro éxito, son los detalles que hacen la diferencia.

Estas actitudes las esperamos y las pedimos a los amigos, pero también las recibimos de buenos compañeros de trabajo o de escuela, vecinos, colegas o gente que pasa por nuestro camino de manera efímera. Cuando una intervención así se hace de buen corazón, con el deseo de dar un bien, son la pieza que falta al rompecabezas.

Y si uno es justo, lo correcto es agradecer ese apoyo recibido en el momento justo. A veces se da con un simple "gracias". Otras veces somos un poco más espléndidos, a veces por convicción, a veces por conveniencia (hay que admitirlo), y ofrecemos una comida, o un regalo. Pero al menos tenemos el modo de demostrar esa gratitud.

Hay veces en que, por las circunstancias, ese agradecimiento se queda atorado en la garganta, o se pierde en el ruido de la calle o entre la gente del elevador. No es el caso el emprender una cruzada para buscar a todos y cada uno de esos "gracias" que no pudieron llegar a su destino. Pero si tener un pensamiento de gratitud para quien nos ayudó en ese momento, sea uno de los nuestros o un perfecto desconocido.

La gratitud es algo que, a veces, escapa de nuestra visión por estar tan sumergidos en la vorágine de la vida diaria. A veces damos los servicios de la gente como algo que se da por obligación, como el dependiente de un mostrador o el mesero de un restaurante. Pagamos por su servicio y tiene el deber de atendernos de manera amable y oportuna. Nuestro asistente o el subordinado en el trabajo debe de atender a nuestras instrucciones y cumplirlas a cabalidad, para eso recibe un sueldo.

Todo eso es cierto pero... ¿no es lo correcto dar las gracias? A uno se le educó en que "dar las gracias, perdir permiso y pedir perdón, son señal de buena educación". Pero nunca nos dijeron que el dar las gracias estaba sujeto a si nos agradaba la persona, si era bonita, con una buena cuenta de banco o favorecía a nuestros intereses. Era simplemente decir "gracias", sin importar el aspecto o la condición de quien nos había ayudado.

La gratitud suele tomar unos cuantos segudos de nuestro tiempo, pero a veces nos toma gran parte de nuestra vida, cuando la persona con quien tenemos esa deuda de gratitud no está cerca, porque el curso de la vida nos separó, porque ya no está en este mundo, o porque tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que teníamos ese agradecimiento pendiente.

Amigos de infancia, gente que pasa en la escuela, la universidad, el trabajo, pero que tuvieron una presencia temporal, que no fueron nunca del grupo de amigos y colegas que hemos subido a nuestro tren de la vida pero que, por azares del destino, tuvieron alguna participación en nuestro devenir. Gente que probablemente nunca volvamos a ver pero que, en un "twist" del destino, pueden regresar a nuestro sendero inesperadamente, y es ahí donde, si uno tiene buena memoria en la mente y en el corazón, puede uno saldar esa deuda no cubierta.

A final de cuentas, nuestra mayor deduda de gratitud es con la vida misma. De ella hemos recibido todo: lo bueno y lo no tan bueno, las risas y el llanto, la boyanza y la carencia, la experiencia y la ingenuidad.

Es muy sencillo echarle la culpa a la vida de nuestras malas decisiones o de las consecuencias de nuestros actos o de los de otros que nos afectan. Lo que no vemos es que la vida es una masilla, una plastilina, que nosotros moldeamos. La vida nos da las oportunidades para ser exitosos y prósperos, y no necesariamente en el aspecto material o financiero. El éxito es el aprecio de los que nos rodean; el poder satisfacer nuestras necesidades básicas e, incluso, poder lograr algo adicional; el lograr un trabajo que nos de una honesta y decorosa manera de ganar el sustento y, si hay un excedente que podamos aprovechar en el placer, poder hacerlo sin cargo de conciencia.

La riqueza no es sinónimo de éxito, El que la logra a fuerza de ser deshonesto, traicionar gente e institucones, y haciendo uso de malas artes, no la disfruta del todo por el temor de ser descubierto o castigado, o por el cuidarse de quienes fueron afectados por su actuar y poder escapar de su ira y su venganza.

Y no es que quiera dar un sermón moralista. Es un mero hecho que hemos podido atestiguar de una manera u otra.

La vida no es que sea buena o mala, es lo que uno haga de ella y con ella. Pero también nos ofrece las oportunidades para ser mejores, para alcanzar nuestros anhelos y, al final, todo lo que generosamente nos da.

Hace años Violeta Parra, una compositora chilena con un alma atormentada, pudo encontrar casi al final de su vida, las palabras adecuadas para expresarle a la vida su gratitud por todo lo que había recibido, Sin embargo, su canto quedó para nosotros, ya que ella decidió terminar su existencia.

Y adquiere un mayor significado cuando alguien ya cercano al ocaso de su vida, retoma esa canción con el espíritu original con el que fue creada: el agradecer a la vida lo que se recibió de ella. Pedro Vargas, un famoso cantante mexicano, con su privilegiada voz de tenor, la grabó ya de edad avanzada. Esta es esa grabación, espero que la disfruten.



Y esta es la letra de esta bellísima canción.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que cuando los abro
Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre (la mujer) que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y día grillos y canarios
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos
Y la voz tan tierna de mi bien amado (amada)

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él, las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano
Y luz alumbrando la ruta del alma del (de la) que estoy amando

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro el bueno tan lejos del malo
Cuando miro el fondo de tus ojos claros

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto

Gracias a la vida, gracias a la vida


Yo debo agradecimiento a mucha gente. Con algunos cumplo esa deuda día a día. Otros son asignaturas pendientes hasta que se dé la oportunidad de reencontrarme con esas personas y expresarles mi gratitud. Otros ya no están aquí para decirles lo mucho que hicieorn por mí en su tiempo. Me vienen dos nombres a la cabeza: Felipe Rodríguez y Federico Chávez que, donde quiera que estén, sepan que les debo mucho y que les agradezco que hayan estado en mi vida en su oportunidad.

Gracias a Delia, que ha estado conmigo desde el principio. Sin ella desconozco cual hubiera sido el derrotero de mi existencia. Su visión y experiencia, su ingenuidad y su sencillez, su cultura y su concimiento, son algunas pequeñas muestras de la magnitud de ser humano que me dio la vida para ir por ella.

Gracias a ti, lector o lectora, que me sigues acompañando en estas jornadas de charla entre amigos sobre un poco de todo. Tu compañía hace que este ejercicio sea algo que vale la pena hacer en cada entrega. Como me comprometí al principio, buscaré siempre no defraudarte.

Gracias a todos y a todas.

Un gesto de justicia y honor que se toma y se retoma cuando uno está en el exterior.

01 febrero, 2016

La nota la tiene Silvana Galván...

Cuando uno vive en el exterior, se tiene la oportundad de conocer a mucha gente, de las más diversas actividades.

A veces como parte del trabajo, otras como nuevas amistades, incluso por casualidad.

Y lo mismo son celebridades, que el vecino de la casa de al lado. Todos, por igual, son oportunidades de encontrar nuevas e interesantes personalidades.

En mi línea de trabajo uno conoce a líderes de opinión, a gente de la comunidad, a políticos, a industriales. Y a gente trabajadora, amas de casa, estudiantes, choferes, empleados de oficina...

Y a quienes le temen muchos de mi gremio: la gente de los medios...

Todos sabemos que una declaración descuidada, una opinión no pensada, una ambigüedad, todo puede ser usado por los medios. A veces para bien, pero también para mal. Todo sea por sacar la nota del día. Y no es que los reporteros y reporteras le tengan tirria a uno (aunque nunca falta algún rencoroso), ellos siguen la nota que pueda ser más atractiva a la Mesa de Redacción. Y, por desgracia, no es siempre el logro, o la noticia positiva. Nuestra morbosidad (si es que así se dice) vende más que la satisfacción del éxito obtenido. Lo escuchaba de un reconocido periodista mexicano hace poco tiempo: un medio con solo buenas noticas, saldría de circulación en pocas semanas. Vende más el Chapo que el equipo de la UNAM que ganó la Olimpiada de Robótica.

Sin embargo, no todo es tan tétrico en el panorama periodístico. Me ha tocado conocer reporteros y periodistas que son gente mesurada que buscan, por igual, lo bueno y lo no tan bueno de una nota. De todo hay en la viña del Señor. Gente seria de los medios que saben dejar claro, antes de una entrevista, que la razón de las preguntas más álgidas son para dar a la Opinión Pública la información que merece, no es por fastidiarlo a uno, pero cuando el tema es espinoso, hay que tomarlo por las espinas más puntiagudas para llegar al fondo de la noticia. Yo veo eso como una actitud profesional y objetiva. Uno no tiene la culpa de las noticias delicadas, pero es uno el que tiene que dar la cara al medio para resolver sus preguntas y su necesidad de conocer todos los detalles.

Debo decir que mi experiencia personal con gente de los medios ha sido, en general, positiva. Salvo un caso de un comentarista que me emboscó al aire con preguntas que cuestionaban el trabajo de la oficina en que yo estaba en esa época, sin ser el tema de la entrevista, los demás comunicadores con quienes he interactuado han sido profesionales de primera línea. Y les agradezco su cuidado en que la nota en la que yo participaba fuera de calidad, con contenido útil para el público y con verdadero valor periodístico.

Nombres como Nancy Leal, Ana María Vargas, Claudia Torrescano, Carlos Tamez, Norma García, Angel Pedrero, son sólo algunos de esos distinguidos comunicadores.

Sin embargo, hace unas pocas semanas me tocó conocer una reportera que ha sido pionera en su campo y que, por azares del destino, coincidimos en un evento de la forma más disímbola.


Silvana Galván.


Todo se dio en una comida oficial en Palacio Nacional, en la Ciudad de México, a la que me tocó asistir. La anunciadora designada para llevar el desarrollo del evento tenía una voz agradable y cordial. Y sucedió que la mesa en que me asignaron, quedaba cerca de donde estaba la anunciadora. El caso es que quedó un lugar disponible en nuestra mesa, ya que no llegó un invitado, y pidieron que la anunciadora ocupara ese espacio. Platicando con ella, resultó que su nombre me era familiar de los tiempos de la TV de los 80's del Siglo XX, y la recordaba con una de las voces institucionales de Canal 13. Era Silvana Galván.

Conversando durante la comida, pude enterarme de que la trayectoria de esta reportera y periodista era mucho más que la de una simple anunciadora (y no es que sea poca cosa, pero los logros que ella consiguió para las mujeres en TV son mucho mayores que esta sola actividad). Silvana fue la primera reportera de deportes que tuvo el Canal 13, en una serie que hicieron con motivo de una Copa del Mundo, y que fue "Los Protagonistas". Ella fue la visión de las esposas de los aficionados que iban al evento, que no estaban por su pasión por el futbol, sino mas bien para visitar un país en donde se jugaba la Copa del Mundo, y las entrevistas y reportajes que hizo en esa oportunidad, bajo esa visión, le dieron un punto de vista diferente, innovador y divertido a las transmisiones que presidía José Ramón Fernández.

Y así siguió la trayectoria y la conversación, hasta llegar a ese momento, en que trabajaba para el Centro de Producción de la Presiencia y que, en esa ocasión, le había tocado ser la anunciadora. Y he de decir que lo hizo con el aplomo de una profesional, máxime que, por distraerla con nuestra charla, casi pierde el cierre del evento, pero casi pierde también el discurso del Presidente, pero con gracia y elegancia, logró subsanar la omisión, considerando que el cambio del orden de las actividades de la comida se había dado pocos minutos antes del evento.

La secillez con que nos contaba sus peripericas en las Copas del Mundo o al cubrir otros eventos deportivos, hacían que Silvana Galván fuera una periodista merecedora de admiración, tanto por su trayectoria, como por la sencillez de su trato y de su charla. Eso hizo que un evento oficial fuera una velada con una persona verdaderamente interesante.

Ya para despedirnos, le pedí si aceptaba tomarse una "selfie" conmigo, y lo aceptó de buna gana y, creo yo, hasta con cierto halago, y yo la agradecí de verdad:



Entre las prisas de terminar el evento y de pasar a lo siguiente, cada uno en lo suyo, no fue la gran foto, pero para mí tiene un gran significado. Deseo que Silvana pueda ver esta entrega, un pequeño homenaje a la trayectoria de una pionera de la comunicación en México.

Experiencias que hacen que estar en el exterior adquiera un signficado especial.

20 diciembre, 2015

Otoño

                                                                      Diego A. Bernal
                                                                      "Fall"
                                                                      2006
                                                                      Técnica mixta

Cuando uno vive en el exterior se tiene la oportunidad de pensar y reflexionar de muchas cosas en la vida. Y, como he dicho en varias ocasiones en este mismo espacio, no es que uno no pueda hacerlo en la Patria. De hecho a veces estando en casa es cuando las circunstancias se le ponen a uno enfrente y le pegan en la cara como pastelazos de comedia. Es, simplemente, que el exterior es un medio relativamente estéril, ajeno a las presiones y circunstancias que lo moldean a uno. Es como un campo de laboratorio, libre de contaminación y elementos extraños, que permite que cualquier experimento pueda hacerse sin que sea alterado, adulterado o francamente contaminado.

Pensar en la edad de uno, por ejemplo.

La edad siempre ha sido un tema cáustico para hombres y mujeres, por igual. 

En el caso femenino, el paso del tiempo implica la belleza y la pérdida de ella en favor de las arrugas, la piel flácida y los demás efectos de la gravedad, Mujeres que en su juventud eran seres atractivos y que robaban las miradas de admiradores masculinos por doquier, al paso de los años se convierten en señoras "maduras", con voz rasposa, ojos con "bolsas", piel manchada de pecas, y la figura escultural se deteriora hacia el volumen o hacia los huesos, dependiendo del caso. Y de la estampa de revista de caballeros se convierte en anuncio de Chocolate "Abuelita".

Pero... No olvidemos que hay quienes se aferran a su belleza fugaz, y hacen uso de todos los medios a su alcance de botox, cirugías, liposucción, logrando convertirse en caricaturas grotescas de lo que alguna vez fueron, con sonrisas que parecieran de "rigor mortis" a fuerza de estirar la piel de la cara hasta extremos absurdos. Pero el cuerpo y la naturaleza no conocen ni aceptan esas falsedades y, de una manera u otra, desenmascaran la charada de la piel tersa y la edad que no se aparenta. Manos con arrugas o manchas, cicatrices de cirugías, o intervenciones fallidas que solo generan semblantes que rayan entre la comedia y la tragedia.

Y los hombres no nos quedamos atrás. La vanidad no es prerrogativa exclusiva del género femenino. ¿Se acuerdan de Narciso? El ser mitológico que termina enamorándose de su propia belleza varonil, al punto de morir por estar en perpetua contemplación de ella? Uno busca seguir siendo "carita" (término que usamos en México para describir a los hombres guapos y que roban los suspiros de las chicas a su alrededor) y hace todo a su alcance para lograrlo. Aparte está el factor de la virilidad y de poder demostrar que uno es efectivo en la cama, y eso se logra con chicas jovenes, a veces de la mitad de la edad de uno, pero con sexualidad a todo vapor.Y los hombres se pintan el pelo, van al gimnasio (o "gym" como se el dice ahora para verse más sofisticado por ser anglicismo) y logran conservar figuras atléticas, frecuentan bares y lugares de los más jóvenes, en busca de jovenciatas para seducir y demostrar que siguen siendo "hombres", como en sus tiempos mozos. Al final solo logran hacer el ridículo porque no pueden negar su edad y no pasan de ser "viejos verdes", o la burla de las muchachitas que saben las crisis existenciales de esos vejetes y sacan partido de ellas.

La edad no se detiene. El reloj sigue su marcha, queramos o no.

Habemos (y orgullosamente me incluyo) quienes asumimos la edad que tenemos. No puedo negar mis 24 mayos... Los llevo con toda dignidad.

Bueno... son un poco más de 24... digamos 53 acercándose rápidamente a 54.

Y no niego mi edad. De hecho me encanta presumirla. Y la barba ayuda a reforzar esa imagen de madurez. Hay quienes dicen que si me rasuro me veré más joven, y yo bromeo que si lo hago me pedirán identificación para comprar alcohol y tabaco, Alguien cercano me dijo alguna vez que por qué no me pintaba la barba, ya que ya tenía manchas de canas. Y yo contesté airadamente que ¡jamás! que yo era de esta edad, y estoy feliz con mis canas. Mi trabajo me ha costado tenerlas, y no las voy a ocultar en pintura viscosa para verme más falso que un billete de cartón del juego de Turista o de Monopolio.

Ustedes me acompañaron cuando llegué al 5-0 (y me recuerda una serie policíaca de mi infancia: Hawaii 5-0. ¿Los de mi generación de acuerdan de McGarret?). Lo hice un momento de reflexión sobre el pasado y lo que aspiraba para el futuro... el camino hacia adelante, como era el título del libro de Bill Gates cuando dió a conocer Windows 98. A fines de los 90's.

Lo puedo decir porque me consta... no por haberlo googleado.

Las nuevas generaciones aprovechan cosas que ya dan por sentadas. Como Google. Nosotros todavía íbamos a bibliotecas para obtener información. Nos tocó la transición de la información escrita a la digital. Del libro a la ficha en Wikipedia. Mis hijos no se imaginan la vida sin Internet, como nosotros no imaginamos la vida sin TV. O nuestros padres sin radio. O nuestros abuelos sin electricidad. Y así podríamos seguir la secuencia hasta llegar al principio de los tiempos.

El avance de los tiempos.

Pero hay quienes se revelan a este avance inexorable. El otro día, mientras hacía cola en el banco, antes de salir a Canadá, escuchaba a dos amigas platicar. Desconozco de dónde surgió el tema o el motivo del comentario, pero una de ellas le decía a su amiga: "¡Es que me niego a envejecer!". Debo de decir que, quien dijo esta airada súplica, se veía en sus medios 40's y todavía de "buenos bigotes", como se diría en mis tiempos. Considerando eso, se podría entender ese aferrarse a su juventud. Imagino que se deseaba todavía atractiva, aun cuando estuviera en sus 60's, con la energía y el empuje de una edad menor. Supongo que era de las que se comparan con chicas de menor edad, tal vez en los 30's, con ciertos celos por esa juventud que las dejó atrás.

Sin embargo, lo irónico es ver a hombres y mujeres que, sin artificios ni ornamentos innecesarios, logran envejecer de una manera digna, representando la edad que tienen o, al menos, no disimulan el natural avance de la edad en sus cuerpos. Hombres y mujeres que cambian la belleza por la elegancia, el porte y la distinción o, ¿por qué no decirlo? la hermosura de la madurez. A veces el contemplar el cuerpo de la gente de edad avanzada dice mucho más que el de una reina de belleza, ya que esa visión nos relata una vida con toda suerte de anécdotas, algunas bellas, otras dolorosas, pero todas como piezas del rompecabezas de la existencia.

Es ver como se acerca el otoño de la vida o, como hubiera dicho mi abuelo. el atardecer de nuestro gobierno. La ciencia es saber recibirlo como el natural curso de nuestro paso por este mundo. El tratar de esquivarlo aveces trae terribles consecuencias. Tanto en la salud física, como en la emocional. El caso de la persona que, pensando que aun puede hacer grandes esfuerzos, intenta levantar algo pesado, y sólo descubre que la espalda y los músculos no responden igual que años atrás. O quien despierta del quirófano del cirujano plástico para descubrir un rostro descompuesto por un mal trabajo, y la belleza restante de la edad es ahora una mueca sardónica.

Las estaciones del año avanzan en su ciclo normal, y ese ciclo lleva a nuevas expectativas, diferentes metas para un mayor crecimiento de la persona. Ya no es ganar los 100 metros planos o ser la Flor más Bella del Ejido. Es tal vez aprender una nueva habilidad o retomar un pasatiempo o actividad que tuvo que suspenderse al empezar una familia o al ser absorbido por el trabajo. 

Recuerdo que alguan vez escribí sobre sentirse viejo como algo deprimente. Entonces tenía veintitantos años, y la lejanía de la vejez lo hacía ver como el darse por vencido. Con el doble de edad y una mayor experiencia, veo ahora el envejecer como algo natural, entendible, hasta cierto punto necesario. Es el curso normal de la vida. Es un destino al que todos llegamos, o al menos estamos dirigidos a llegar. Unos lo logran, otros se quedan en el camino. Nadie puede esquivar esa ruta, se puede alargar la llegada con una vida sana, feliz, que hace que uno crezca en edad pero que uno se conserve bien. A veces el que uno reciba un comentario así de otros puede ser un halago o un acto de buenos modales. Independientemente de lo bien que uno esté, uno se sienta o uno se vea, la edad sigue su curso. A esta edad, a la que tengo hoy, el porvenir sigue siendo interesante, prometedor, incluso un nuevo horizonte que estoy gustoso de alcanzar.

Reflexiones del último día de otoño, estando en el exterior.


30 octubre, 2015

Recuerdos

Cuando uno vive en el exterior y está en la labor de iniciar una nueva etapa, se enfrenta a algo inevitable: abrir las cajas del embarque, o menaje, con todo lo que uno acarrea desde el origen, y que se integrarán a este nuevo destino.

Cajas y cajas, llenas de papel de empaque... y de objetos que llevan consigo recuerdos y un significado. A veces grato, a veces amargo. La carga emocional de cada pieza del menaje es tan diversa como la vida misma. Y cada uno de los miembros de esta familia tiene su propio bagaje de objetos, y de recuerdos, y de vivencias.

Aparecieron cosas como dibujos de los chicos de cuando eran párvulos... o fotografías de lugares a los que habíamos ido años atrás... o recados de amigos en un momento difícil. Yo encontré los listones que identificaban los arreglos florales del funeral de mi madre, y fue regresar a ese interminable día de dolor, agotamiento, y emociones profundas. O una foto de mi padre conmigo en California, en el único viaje que hicimos allá antes de mi matrimonio.

Está la casa de muñecas de Rebeca, y de la que no se quiere desprender, aunque hace mucho tiempo dejó de jugar con ella, conforme su atención y su interés se fue a YouTube, a su teléfono y a la escritura y el dibujo. Hay balones rotos de Diego que tienen valor sentimental y que, por supuesto, no se eliminan. Yo encontré regalos de Día del Padre de diferentes años; así como cartas de Pilar, mi amiga española (¿recuerdan que platicamos de ella en este espacio,no hace mucho?); cartas de mi abuelo, un ejemplar de "El Conde de Montecristo" que él compró en 1921 y que yo conocí cuando viajé a Colombia en 1976 (¡sí, 1976!). Delia encontró revistas de juventud, fotos de China, y una marejada de recuerdos de tiempos y personas pasadas y presentes, cercanas y lejanas.

Al final, nadie sale con las manos vacías de esta labor de arqueología familiar y personal.

Y es llegar a la dura encrucijada de decidir qué se queda y qué se va... qué vale la pena que se conserve para que siga peregrinando por el mundo con nosotros, y qué ya cumplió su cometido y se le puede despedir, a veces con todos los honores, a veces con el desprecio de la deshonra. Es ahí en donde a todos nos tiemblan las piernas y el brazo para señalar algo y sellar su destino: el clóset o la basura o la caja de cosas para donar.

En todos nuestros menajes han quedado cajas cerradas, intactas desde nuestra llegada a ese lugar. Otras han tardado en abrirse, por una cosa u otra. En Dallas la última caja de ese menaje se abrió un año después de nuestra llegada. En el caso de la Patria, quedaron casi una docena de cajas en la azotea sin abrir.

 Pero al final lo que hace que un libro sea algo más que un paquete de papel untado de tinta es el valor que le damos por encima de otros. Los muñecos de peluche que tiene Rebeca en las repisas de su cuarto no son más que tela peluda y relleno, pero para ella son sus acompañantes en la ruta de la infancia a la adolescencia. Tal vez los tenga ahora en una bolsa en la bodega, pero cuando los llegue a necesitar para encontrar el tipo de consuelo que ni sus padres ni su hermano le puedan dar, ella sabe que ahí están.

Eso es lo que da razón de ser al menaje de casa: todas nuestras pertenencias y lo que va en ellas como accesorio indispensable: las vivencias, los sentimientos, las risas, las lágrimas, las esperanzas, las frustraciones... todo en la forma de libros, juguetes, y objetos tan dispares como un pisapapeles, una corbata, una cartulina con garabatos. Objetos que llegaron a nuestras vidas como regalos, como reconocimientos, como aquello que sedujo nuestros ojos y nuestro deseo de tener eso tan especial... Su razón de ser no se mide por su utilidad o por su precio,sino por el valor estimativo, emocional, o sentimental que les damos.

Y ese valor nos transporta a momentos en nuestras vidas que están vinculados con esos objetos. A personas. A lugares. A hechos. A fechas. A recuerdos. A risas. A lágrimas. A alegrías. A tristezas.

A la manera en que éramos... A nuestros años felices...

Hubo una canción que hiciera famosa Barbra Streisand en los 60's, y que era el tema de una película que en inglés se llamó "The way we were" y en español "Nuestros años felices". De alguna manera toma ese significado y lo traduce en una hermos melodía, que la comparto con ustedes.

Barbra Streisand.- The Way we Were

Ya habíamos platicado de esto mismo en abril, cuando preparábamos nuestra salida. Sin embargo, sentí la necesidad de regresar al él en este momento de descubrimiento, o de reencuentro.

Temas recurrentes que uno vive cuando está en el exterior.

28 septiembre, 2015

"Mexicanos al grito de guerra..."

Cuando uno vive en el exterior, se tiene la oportunidad de dar una nueva dimensión a cosas que, normalmente, son cotidianas e, incluso, intrascendentes.

Como la música.

Como posiblemente han notado en previas entregas de este blog, la música tiene un valor muy especial para mí. Con el paso del tiempo, he acumulado un acervo musical muy amplio, abarcando de los más diversos géneros, pero con algo en común: cada melodía, cada canción, cada tonada, tienen un significado o están asociadas a una persona, a una situación, o a una situación que incluye a una persona.

¿Recuerdan cuando hablamos de que 20 años no es nada? Y les compartí en esa ocasión un tango de Gardel: “Volver”, el sentimiento con que Carlitos interpreta la canción en esa particular ocasión del video lo tengo presente desde mi infancia, y dejó una huella profunda en mi recuerdo.

Hay personas que han pasado por mi vida y que han dejado una marca imperecedera, y que se han asociado con alguna canción. Títulos como “One more night” de Phil Collins, “Gloria” de Laura Brannigan, “What a feelin’” de Irene Cara y que conocimos de la película de “Flashdance”, o “Me dijeron” de Alejandro Lerner, son sólo algunos ejemplos de canciones que fueron famosas en algún momento, que llegaron a mis oídos y que se acoplaron a una cierta situación y a una determinada persona y ahora, al escucharlas en el radio en una estación de “oldies”, o encuentro el video en YouTube, el recuerdo se transporta a una cierta época, sea alegre o triste, el corazón se llena de ese particular sentimiento, y un dejo de nostalgia invade el ambiente a mi alrededor.

No niego que, en algunos casos, una sonrisa o una lágrima se llegan a escapar en esos momentos.

Pero hay también melodías que, más que ser de una persona o de un evento, tienen significado por sí mismas. Música que transmite energía, que alimenta al espíritu, un remanso de tranquilidad o la urgente necesidad de recibir ese choque de adrenalina que nos saca de la depresión o la desesperación.

Les comparto un secreto: soy de esas personas que, cuando están solas o cuando nadie está cerca para verlo a uno, si la música lo amerita, empieza a mover los brazos dirigiendo una orquesta invisible… el poder visualizar la ubicación de cada una de las diferentes secciones: violines, cornos, cellos, percusiones… y mover el brazo invocando a esa sección en particular y, siguiendo nuestra indicación y la partitura que tienen frente a ellos, y escuchar que reacciona como deseamos, de la forma en que deseamos, dando la intensidad o la dulzura que deseamos… del mismo modo en que el director que actualmente dirige a la verdadera orquesta lo hizo y que coincide plenamente con lo que uno desea.

Por ejemplo: la Séptima Sinfonía de Beethoven. El cuarto movimiento está descrito por el autor como “Allegro con brío”, yo lo describo, dependiendo de la interpretación como “allegro con una cantidad exacerbante de brío”, es decir, que tiene toda la energía imaginable, y que en cada compás, en cada “attaca” de los violines, o de los alientos, hay una marejada de notas y de fuerza que lo llenan a uno y, si uno se deja llevar por ese ímpetu, y recuerda sus clases de música de la escuela, podrá ver que el dirigirlo se da de manera natural…

Hagan la prueba…  acá les dejo una versión para su consideración:


Y, por el contrario, puede haber melodías que nos transmitan una infinita tristeza, que el devaneo de las notas nos apriete el corazón y nos sumerjan en un momento de desolación. Eso mismo logra Beethoven en el segundo movimiento de la misma Séptima Sinfonía. Júzguenlo ustedes mismos:


En contraste, el sentimiento que puede transmitir una melodía puede ser de alegría, pero no de esa forma embriagante que lo puede abrumar a uno, sino de un modo más armonioso, pacífico, jovial. Así lo consigue Bach en su Sexto Concierto de Brandemburgo, y en particular en el tercer movimiento. Acá se los comparto:


Y así podríamos citar muchos otros ejemplos de canciones o melodías que llevan una carga emocional que, si la sensibilidad está en la frecuencia correcta, puede llevarnos a una montaña rusa de sentimientos.

Y hay piezas musicales que tienen un significado especial por sí mismas y que, si la coyuntura se une a la música, se tiene un episodio inolvidable. Así me pasa con el Himno Nacional Mexicano.

Uno lo escucha desde la infancia, lo aprende en la escuela, lo canta todos los lunes en la ceremonia cívica de la mañana. Y lo escucha todo el mundo en los eventos oficiales, los Juegos Olímpicos cuando un atleta mexicano logra la medalla de oro, o cuando hay un campeonato mundial  de algo y participa el equipo de nuestro país. Hubo una época en que, justo a la media noche, las estaciones de radio y TV lo interpretaban, algunas para cerrar sus transmisiones, otras para marcar el final de día. Las notas vibrantes del himno le llegan a uno. Y cuando es el Grito el 15 de septiembre, adquiere otra dimensión.

Más cuando uno es quien da el Grito.

¿Recuerdan cuando platicamos del Grito en este mismo blog hace algún tiempo? Esa vez comentábamos  sobre la ceremonia y la oportunidad de haberlo dado. Ahora, esa experiencia se enriqueció al poderlo dar como Cónsul. El tener la bandera en mis manos, el repetir la arenga que se ha dicho por años y años invocando y exaltando a nuestros héroes, y el cierre diciendo con toda la voz que el alma, el sentimiento y la emoción: “¡VIVA MEXICO!!!”, seguido por los acordes del Himno Nacional, es una vivencia que nunca dejará mi recuerdo ni mi corazón.

Y el solo escucharlo, en cualquiera ocasión, hace vibrar las fibras más intensas del alma. El repetir, ya sea a toda voz, o en un sencillo susurro, las frases que forman sus estrofas, es algo que no puedo evitar…

¡Mexicanos al grito de guerra!
El acero aprestad, y el bridón
Y retiemble en su centro la Tierra
Al sonoro rugir del cañón

Sin embargo… hay otro Himno Nacional que me llega profundo en el alma… el Himno Nacional de Colombia.

Ese lo conocí desde la infancia en casa. Recuerdo siempre cómo lo cantaba mi madre, y de alguna manera ha sido parte de mis vivencias de niñez. No es porque fuera mi madre, pero lo cantaba con una voz que yo oía bella y melodiosa, nunca estridente, sino suave y acompasada. Con esa guía iba siguiendo el coro…

¡Oh, gloria inmarcesible!
¡Oh, júbilo inmortal!
En surcos de dolores
El bien germina ya
El bien germina ya.

Y la primera estrofa que fue la que mejor me aprendí:

Cesó la horrible noche
La libertad sublime
Baña las auroras
De su invencible luz.

La Humanidad entera
Que entre cadenas gime
Comprende las palabras
Del que murió en la Cruz

Me reencontré con este Himno Nacional de una manera inusual. En la Copa del Mundo en 2014, mientras veíamos el primer juego de Colombia contra no recuerdo quién, empezaron a entonar el Himno, no pude evitar ponerme de pie y empezar a repetir la letra que aprendí desde el nido de mi hogar. Los que estaban conmigo lo notaron y respetaron ese momento, sin hacer más comentarios. No dejo de decirles que, durante el juego, no me bajaban del “bogotano” y bromas del mismo tipo, que yo disfrutaba mucho.

Pero, al final del día, el Himno de Colombia movía una parte de mi corazón y de mi historia.

Para quienes no lo conozcan, esta es una versión que, aunque es sólo instrumental, incluye la letra para que traten de ir siguiendo la melodía:


La música es parte de mi pasado, de mi presente y de mi futuro. Me ha acompañado en los triunfos y las derrotas, en la alegría y en la tristeza, en los logros y el las pérdidas. Las notas que llegan a mis oídos y de ahí a mi mente, a mi memoria, a mi corazón, a mi intelecto, y que se dan en las condiciones adecuadas para lograr un lugar en mí, se quedan para siempre.

Con el tiempo y la ayuda de la tecnología, ahora he podido lograr darle un nuevo aspecto a esa música, al agregar imágenes que hacen visualizar la letra de una canción. Esa posibilidad la he reservado para ciertas melodías muy especiales y para ocasiones y/o personas excepcionales. Les entrego como despedida, el primer esfuerzo de este tipo, que lo hice pensando en la persona más importante de mi vida, y que quienes la conocen sabrán de quien se trata al final, o podrán leer el nombre cuando termine la canción. Deseo que lo disfruten.



Parte del menaje intangible que uno lleva cuando se está en el exterior.

31 agosto, 2015

Al otro lado del río

Cuando uno vive en el exterior, se tiene la oportunidad de ver las cosas desde diferentes perspectivas. Si bien es cierto que dicen que las comparaciones son odiosas, en realidad todos las hacemos, de una manera u otra.

Comparamos la ropa de la gente que se nos cruza por la calle, o los coches en el estacionamiento de una tienda. Uno ve en los periódicos o en las revistas la moda de tal o cual celebridad, y luego comentan que es mucho mas sofisticada o de mejor diseñador que la de otra celebridad. ¡Qué decir del Salón de la Moda! Escaparate de modistos de todos colores y sabores.

Pero cuando escalamos esa comparación a países, la cosa adquiere nuevos matices.

Ahí los mexicanos nos hemos caracterizado por decir que tal o cual nación es mejor que nosotros, o como decimos, se es "malinchista", es decir, que se le da un valor privilegiado a todo lo extranjero sobre lo nacional, sean autos, ciudades o aspecto físico. El origen del término es muy discutido, pero la creencia popular se basa en la figura de Malintzin, la mujer náhuatl o tlaxcalteca que ayudó a Hernán Cortés a comunicarse con los aztecas y que les sirvió de ayuda para conocer su manera de ser y permitir que se les pudiera conquistar. Se doblegó ante el extranjero (europeo, en este caso) por admiración, temor o cualquiera que fuera su razón o motivo, el caso es que sirvió a los españoles y se le identifica como sinónimo de servilismo y entrega al extranjero.

Y se ha tenido, por mucho tiempo, la costumbre de compararnos con Estados Unidos, el país al otro lado del Río Bravo, o Río Grande como ellos le dicen. Que si en Estados Unidos el agua de la llave es potable... que si en Estados Unidos las calles son más limpias...  Y así nos podríamos pasar un buen rato buscando y rebuscando ese tipo de comentarios.

Y la zona fronteriza entre México y el vecino del norte se ha convertido en una zona de convivencia, coexistencia y, a ratos, de confrontación. Se dice que el cruce Tijuana-San Diego es uno de los más activos y concurridos del mundo, con millones de cruces al día. Y los incidentes transfronterizos entre residentes del lado mexicano y guardias del lado estadounidense son un tema que, si bien no es de a diario, si se da con una frecuencia indeseada y de fatales consecuencias. El paso de transportes en ambos sentidos de la frontera en puntos como Laredo representa millones de dólares en comercio. Y por otro lado están los adolescentes, estadounidenses o de otras nacionalidades y que viven en ese lado de la frontera, que cruzan al lado mexicano para divertirse y consumir alcohol hasta perder el sentido, y que en su tierra no les es permitido por la edad. La "economía del reventón" es una realidad recurrente, especialmente en fines de semana largos o en "Spring Break".

De alguna manera me tocó vivir esta experiencia en mis tiempos en Santa Ana, California. Si bien no estaba justo en la franja fronteriza, estaba lo suficientemente cerca para hacer de Tijuana, Rosarito o Ensenada lugares de visita esporádica, cuando se hacia interesante el pisar suelo de la Patria. Recuerdo que la primera vez que fui a Tijuana, se podía ver desde el punto de cruce hacia el centro de la ciudad, y un asta enorme con una bandera mexicana monumental podía verse en el horizonte, y el lábaro patrio ondeaba majestuoso... Se me hizo un nudo en la garganta... Era la primera vez que veía una bandera nacional así desde mi regreso de China.

Ahora, por azares del destino, me ha tocado vivir en una zona fronteriza. Y, curiosamente, también con Estados Unidos, pero ahora del lado norte, es decir, con Canadá.

Leamington no es en sí una ciudad fronteriza, pero Windsor, a 45 minutos en coche, sí lo es. Y es donde vivimos. No encontramos una casa acorde a las necesidades en Leamington... entre tener dos adolescentes que reclaman tener espacio propio, mas el perro, las opciones se cerraron a un lugar y, finalmente, a una casa, que es en donde estamos ahora.

A diferencia de mi sede, la ciudad donde está nuestra casa es una ciudad industrial; no es muy grande, pero ha sido considerada la "capital automotriz de Canadá" por muchos años, a pesar de algunos descalabros en los tiempos recientes. Sin embargo, la historia de Windsor ha estado ligada a la de su vecina Detroit, tan solo separada por el Río Detroit, pero unidas por el Puente Ambassador y una historia de casi un siglo.

Han de saber que esta ciudad canadiense fue la fuente de alcohol ilegal de contrabando de su vecina estadounidense durante la época de La Prohibición. Y es parte de la historia anecdótica de este binomio geográfico.

Pero volviendo a la premisa que nos ocupa en esta ocasión, la gente de Windsor es ávida visitante de Detroit, al grado de que el equipo de béisbol favorito acá no es el de Toronto… sino los Tigres de Detroit…, y los cruces diarios para trabajo, compras, servicios médicos… son cosa de todos los días… Siendo honestos, el surtido de bienes y servicios de este lado de la frontera es menor al del otro lado del río… y es por eso que me uno (aunque sea muy de vez en cuando) a las multitudes que usan el Puente Ambassador para ir al extremo estadounidense cuando se hace relevante o necesario.


Sin embargo, y parafraseando la canción de Mecano, ahora que el dolar (canadiense) esta devaluado, son esta vez los estadounidenses los que cruzan a Windsor de manera abundante, ya que sus dolares (estadounidenses) compran mas del lado de Canadá, aunado al casino que tenemos acá, y que reporta ganancias por primera vez en muchos años, lo que da una idea de lo trascendente que este fenómeno económico ha sido para la ciudad automotriz de la hoja de maple…

La paradoja de ver qué es mejor… lo que está al otro lado del río.

No importa la perspectiva desde la que ese esté viendo, el pasto es más verde en el jardín del vecino. Y no es que digamos que es una visión equivocada, o parcial, o que demerite lo que uno posee… es simplemente donde encuentra uno lo que busca, lo que necesita, o ambos, que no necesariamente son lo mismo… Es un principio que no tiene un ejemplo estático, como podríamos pensar de E.U.A con sus vecinos al norte o al sur. Es, en realidad, cuestión de encontrar el perol con oro al final del arcoíris…

Del otro lado del río.

Historias que uno puede ver y compartir cuando se está en el exterior.


17 agosto, 2015

Las Alegres Comadres de Windsor

Cuando uno vive en el exterior, el lugar en donde vive uno lo marca, además del lugar, la gente que vive en él y convive con uno.

Para bien... y para mal...

Como en todo, una persona (o personas) pueden hacer que el paraíso se vuelva un infierno y, en sentido inverso, que el lugar más adverso se convierta en uno de los más añorados luego de haber partido.

Y como siempre es más grato hablar de las buenas experiencias que de las que no lo fueron, les compartiré dos ejemplos de sitios que fueron de especial significado por, entre otras causas, la gente con la que nos tocó compartir esos lugares.

Shanghai y Albuquerque.

Y no es porque los demás, incluyendo la Patria, hayan sido de experiencias tristes o dolorosas, pero esas dos ciudades tuvieron, y siguen teniendo, un lugar privilegiado en nuestros corazones.

Cuando llegamos a China en 1994, eramos dos recién casados que salían por primera vez de su casa y de su tierra para empezar la vida de un joven miembro del Servicio Exterior que llegaba a su primera adscripción. Al bajar del avión y empezar a recorrer las calles de una tierra desconocida e incomprensible, la sentimos hostil y difícil de sobrellevar. La gente gritando en las calles... los lugares de nombres indescifrables... la comida que causaba daño... la pestilencia... Todo lo necesario para pasar los peores años en mucho tiempo.

Todo lo contrario. La lloramos cuando nos fuimos. Y así lo ponderamos cuando nos preguntan de cuando estuvimos en Shanghai. El hecho es que en esos años del fin del milenio, conocimos amistades de los más diversos orígenes e idiosincrasias que formaron una red de compañía, comprensión, solidaridad, calidez, que hicieron que China cobrara un nuevo significado, y que comenzáramos a abrir más los ojos, el criterio y acogiéramos a ese país asiático como un lugar interesante, fascinante, lleno de sabiduría en sus más de 5,000 años de experiencia. Al final nos integramos al grupo de gente que le tomamos cariño a Asia, que la comprendemos a fuerza de haberla vivido día a día y que siempre estaremos gustosos de volver si la oportunidad lo permite. No así otras personas que hemos conocido y que, para ellos, ese tiempo fue una calvario indecible, una pesadilla.

Recuerdo de ese tiempo a una funcionaria de un consulado de Europa Occidental que llegó a Shanghai por una estancia corta. En ese tiempo las oficinas consulares nos juntábamos cada cierto tiempo en un grupo de trabajo y convivencia para intercambiar consejos útiles, contarnos las últimas incidencias y fortalecer la amistad. Resulta que esta funcionaria recién llegada fue a una de nuestras reuniones. Naturalmente todos la recibimos de muy buen grado, y siendo una persona no tan joven como los de la mayoría del grupo, se le tenía buena voluntad para que se integrara al grupo, sin importar la posible diferencia de edad. Cuando le tocó presentarse, su comentario fue de desaliento y desagrado por su nombramiento para China, y se alegraba de que sería sólo por una breve temporada, así como el quejarse de todo lo desagradable del lugar. Los demás nos vimos a los ojos y tratamos de darle consejos para que su estancia fuese lo menos difícil posible; luego coincidíamos al comentar por separado que a esa personita le esperaban unos meses de agonía hasta que llegara su orden del traslado. Los demás disfrutábamos lo que Shanghai tenía para ofrecernos y lo "adverso" lo convertíamos en anécdotas para nuestro grupo o para las familias o los amigos en la Patria.

China nos dio la oportunidad de conocer una de las regiones más interesantes del planeta, y nos dio a Rebeca, nuestra hija. Nos sirvió de punto de salida para visitar otros lugares como Tailandia y Malasia, aunque fuera sólo por unos pocos días, pero que nos dio la oportunidad tener un vistazo de esos países fascinantes y hermosos. Y nos enseñó que el Mundo tiene gente maravillosa, que nos acogió como sus amigos y que nos han acompañado en nuestro peregrinar por el planeta, porque ellos mismos viven su propia ruta de país en país, y saben y entienden lo que pasamos, lo que vivimos y lo que sentimos, porque también lo viven en carne propia. Aunque el oficio sea distinto, el destino errante nos une en una afortunada coincidencia y en un lazo de unión en donde quiera que estemos, y que ese vínculo ha persistido hasta el día de hoy. Gracias a todos ellos por subirse a nuestro barco y, a la vez, dejarnos ser pasajeros en el suyo. Ustedes saben quienes son.

Albuquerque fue también un caso de lugar limitado, pero que representó una experiencia maravillosa en nuestras vidas. Ya con Diego y Rebeca en nuestra familia, salimos de California hacia Nuevo México, un lugar pequeño y pobre en los estándares de Estados Unidos. Efectivamente, de salir de una zona de notoria prosperidad y abundancia, como lo era Orange County y Los Angeles, la Tierra del Encanto era árida, con pocos atractivos, sin grandes centros comerciales, ni lugares de ensueño y ¡sin Disneylandia! ni tantos otros lugares. Pero la gente que nos tocó conocer en Albuquerque nos mostraron que la comodidad y la vida agradable no necesariamente estaban atadas a la abundancia. En realidad el lugar nos ofrecía lo necesario para cubrir las necesidades reales e importantes e, incluso, el poder retomar pasatiempos o aficiones, y hasta abrazar nuevos. Para mí fue el modelismo, que lo había dejado casi desde la universidad y que, gracias a un club de aficionados a armar aviones, barcos, figuras y demás variedades del hobby, y que retomé gustosamente. Para Delia y los chicos fue el tejido, el karate (que para Delia y Diego fue una experiencia maravillosa y la añoran todavía) o el ballet para Reba. Todos tuvimos un espacio propio para desarrollar habilidades, experiencias pero, sobre todo, conocer gente y crear vínculos duraderos.

A diferencia de China, la gente de Nuevo México, salvo un par de colegas míos, han sido personas que residen y han hecho su vida en el lugar, que no saldrán de él, salvo que sea así necesario, y que abrazaron la vida allá como la que más les convenía para ellos y sus familias, y pienso que no hicieron mala elección. En más de una ocasión he pensado que Albuquerque sería un magnífico lugar para mi retiro. Es tranquilo, sencillo para vivir, el costo de vida es menos alto que en otras partes de EUA, no es pretencioso, pero sí orgulloso de su origen, que combina a los pueblos nativo-americanos que han vivido ahí por siglos, junto con la herencia hispana y novohispana de la época virreinal, con la presencia de la población estadounidense desde que fue anexada a ese país en 1847. Ya hemos platicado de esta historia en otra entrega anterior ¿Recuerdan cuando nos preguntábamos si era correcto ser latino o hispano? Esta mezcla de ingredientes a la vez tan disímbolos y que han sabido dar y darse espacio en este lugar, hacen de esta adscripción uno de los lugares que han ganado un lugar de privilegio en nuestro recuerdo y en nuestro corazón.

Ahora que llegamos a Canadá, la posibilidad de que nuestra estancia esté marcada con la gente que conozcamos acá se vuelve a dar nuevamente. Y pensamos que para bien.

Nuestro arribo fue favorable, y la gente de la oficina ha sido atenta y solidaria conmigo, el recién llegado. Y ha sido el camino para conocer gente de los nuestros por acá.

Nos hemos asentado en la ciudad de Windsor. De tamaño medio, resulta un contraste interesante con Leamington, sede del consulado, que es una pequeña comunidad agrícola, poco urbana y sí más rural, con una predominante presencia de campos de cultivo e invernaderos para tener cosechas a lo largo de todo el año, sin preocupaciones de temporadas o mal clima.

Windsor es una zona desarrollada, industrial, colindando con Detroit, Michigan, con quien tiene una historia unida por compartir uno de los Grandes Lagos, por el alcohol ilegal de la época de la Prohibición en los años 30's del Siglo XX y, más recientemente, por la industria automotriz. A diferencia de Estados Unidos, la población mexicana en Canadá es mucho menor, con un estatus legal en este país, en muchos caso son cónyuges de canadienses o de gente que se ha asentado en esta zona por su trabajo y que, con el paso del tiempo, han echado raíces y se quedan acá.

Fue curioso que, como parte de los encuentros que inicié a mi llegada a acá como cónsul,  fue conocer a la comunidad mexicana en Windsor. Y fue ahí donde pude ser presentado a un grupo de esposas de gente que vive en Windsor por diversos motivos: algunas están casadas con canadienses, otras son esposas de mexicanos o gente de otros países y que, por diversas causas, vinieron a parar a este puerto fluvial. Y fue sensacional ver a este grupo de mujeres simpáticas, agradables, cordiales y divertidas, el darme la bienvenida a Canadá y a esta ciudad a la que llaman hogar.

Y les he acuñado un nombre que, siempre respetuoso, me da la idea de la amistad y la cordialidad entre ellas que se ha forjado en muchos años de convivencia, fraternidad y compartir su amor por México pero gozando de las ventajas de Canadá. Son las Alegres Comadres de Windsor. Y me baso un poco en la comedia de Shakespeare, que en inglés se llama "The Merry Wives of Windsor" o " Las Felices Esposas de Windsor", que no se aleja de la traducción que yo ya conocía. Pero al pensar en ellas, no me imagino una comedia isabelina de enredos con un final feliz. Es asociar ese nombre, como arriba decía, a un simpático grupo de señoras mexicanas, muy cercanas a las edades de Delia y mía, y que coincidimos en muchas cosas: vivencias, anécdotas y ser de una época similar de nuestro México lindo y querido.

Pienso yo que es la fórmula perfecta para que este tiempo en Ontario, Canadá, sea también un período feliz en nuestras vidas en el exterior.

Ya el tiempo lo dirá.